Malvinas: las armas eran de Israel

Por Hernán Dobry

El autor de “Operación Israel” indaga a partir de testimonios y documentos, cómo Israel proveyó armamento al gobierno militar de Galtieri para la guerra de las Malvinas. Vínculos desconocidos entre altos funcionarios de la diplomacia israelí y militares argentinos.

 

 

 

Israel fue el país que más apoyó a la Argentina durante la guerra de Malvinas para vencer los bloqueos de armas a la que la habían sometido Gran Bretaña, la Comunidad Económica Europea, el Commonwealth y los Estados Unidos. Incluso, envió a dos de sus técnicos a instalar equipos en las islas.

 

Cuando el gobierno de Leopoldo Fortunato Galtieri debió salir en busca de algún proveedor que la abasteciera de los equipamientos que precisaba para seguir afrontando los combates, allí estaba Israel dispuesto a ofrecerle todo lo que tuviera a su alcance.

 

Así, le vendió armamentos por cerca de 173 millones de dólares (equivalentes a 403 millones de la actualidad), que incluyó aviones Mirage IIIC y A-4E Skyhawk, sistemas de alerta radar, camperas de abrigo, munición, misiles Shafrir y equipos de comunicación.

 

Todas estas operaciones salen a la luz, por primera vez, en el libro Operación Israel: El rearme argentino durante la dictadura (1976-1983) (Ediciones Lumiere), que este autor acaba de publicar.

 

Sin embargo, la decisión de Jerusalén de apoyar a la Argentina no fue tan simple ya que podía comprometer su relación con Inglaterra, quien era un comprador más importante y estable de sus productos que Buenos Aires y tenía una comunidad judía mucho mayor y poderosa.

 

La excusa para calmar a los británicos era que estaban cumpliendo los contratos previos al comienzo del conflicto y que iban a honrarlos ya que, en eso, se jugaba su imagen como vendedor a nivel internacional.

 

La decisión fue tomada en persona por el primer ministro Menajem Beguin y comunicada al presidente de Isrex, Gad Hitrón, y a su jefe Aaron Dovrat, cabeza del grupo Clal (ambos argentino-israelíes), en un encuentro que mantuvieron en Jerusalén tras una reunión de gabinete, cuando promediaba el conflicto.

 

“Hitron y Dovrat se pasaron ahí como tres horas esperando tener una entrevista con él. Finalmente, (el canciller Yitzhak) Shamir los hizo entrar. Estos dos le empezaron a explicar que las Malvinas son argentinas y que los ingleses y qué se yo. Beguin los interrumpió y les dijo: ‘A mí me vienen a hablar mal de los ingleses ustedes. ¿Esto se va a usar para matar ingleses? Kadima (adelante). Eso sí, por supuesto, me lo hacen todo bien’. – afirma Israel Lotersztain, vendedor de Isrex Argentina, la representante en Buenos Aires de las compañías fabricantes de armamentos israelíes -. Dov (Gruner) desde arriba va a estar satisfecho de esta decisión que tomé. Era específicamente por su amigo al que los británicos habían ahorcado en la cárcel de Akko. Le saldó la cuenta. Odiaba a los ingleses más que a cualquier otra cosa. Todos se habían olvidado, pero él no”.

 

Las palabras del primer ministro habían sido claras: los vendedores debían hacer las cosas bien. O sea, tenían que encontrar un país que estuviera dispuesto a triangular las armas o que pudieran aducir que eran parte de contratos preexistentes.

 

El único que estuvo dispuesto a jugarse de esta forma fue Perú, para lo que los miembros de su Fuerza Aérea (FAP) le firmaron a la Argentina órdenes de compra y certificados de destino final en blanco. Esto significaba que Buenos Aires podía adquirir, a su nombre, cualquier cosa que necesitara, lo que involucraba directamente en el asunto.

 

“Las negociaciones las realizaron el agregado militar argentino (comodoro Andrés Dubós) y Lami Dozo. Luego, Luis Guterson (de Isrex Argentina) viajó a Lima para recoger los papeles – resalta Lotersztain -. Yo llenaba las órdenes de compra en blanco que nos habían dado firmadas y selladas por la Fuerza Aérea Peruana y certificados de destino final, junto con el informe del agregado militar israelí en Perú. Hay que tener bolas para firmar órdenes de compra en blanco, tenés que ser macho”.

 

Voluntarios en acción

El apoyo de Israel a la Argentina no sólo se materializó a través de la provisión de armamentos, sino que, también, lo hizo con personal que viajó especialmente a cumplir sus tareas en las islas Malvinas.

 

A finales de abril, el Ejército se dio cuenta de que los ingleses estaban escuchando todas las conversaciones que tenían entre Puerto Argentino y el continente, dado que los cifradores con los que contaban para encriptarlas eran obsoletos.

 

Entonces, le pidieron a Isrex Argentina si tenía alguno para ofrecerles. A los pocos días, los israelíes le habían enviado (no quisieron vendérselos) los tres que necesitaban a préstamos, para colocarlos en las islas, en Buenos Aires y Comodoro Rivadavia.

 

El problema llegó cuando los militares se percataron de que no sabían instalar esos equipos y corrían el riesgo de hacerlo mal y que no cumplieran con sus funciones. Entonces, le solicitaron a la empresa si podía conseguir algún especialista que realizara esta tarea.

 

En seguida, el personal de Isrex Argentina le puso a su disposición a Ioram Guidot y a otro de nombre Ika, dos ingenieros de la firma Tadiran (la fabricante) que estaban dando capacitaciones en Buenos Aires de otros aparatos que le habían vendido.

 

“Cuando me preguntaron qué opinaba sobre que la gente de Tadiran viniera a instalarlo les dije que sí, ya que era una forma de que se involucraran. Vinieron ellos mismos y lo instalaron en el Centro de Comunicaciones Fijo en Malvinas”, afirma el coronel (R) Abelardo Acevedo, de la Agrupación de Comunicaciones 601.

 

La movida era arriesgada ya que si se filtraba la información podía desatarse un escándalo internacional. Por eso, llegaron de incógnito a las Malvinas junto a los equipos, acreditados como periodistas. “Uno de ellos era flaco y alto. Viajaron en un Hércules de incógnito, acreditados como periodistas”, destaca el coronel (R) Carlos Stricker.

 

El problema fue que la guerra avanzaba y los técnicos no regresaban a Buenos Aires. Finalmente, Ika volvió promediando el conflicto, pero Guidot siguió allí, en parte, por decisión propia. Recién diez días antes de la rendición lograron sacarlo y llevarlo al continente.

 

“Ioram Guidot era un loco de mierda. Estaba desesperado para que volviera y lo hizo diez días antes de que la pista de Puerto Argentino dejara de operar – concluye Lotersztain -. Si se hubiera quedado ahí, los ingleses lo hubieran agarrado. No me quiero imaginar qué hubiera pasado si agarraban como prisionero de guerra a un israelí”.