Alguna de las cosas que nos dejan los días de paro…

Trece días de paro de docentes estatales. Atracón de discursos. Nadie quedó afuera. Todos hablaron. Todos participaron directa o indirectamente del debate abierto por el conflicto docente. Un conflicto que se desarrolla principalmente en Provincia de Buenos Aires pero que alcanza con diferentes repercusiones, a algunas provincias más de Argentina. En varias no hay acuerdo salarial. En algunas hubo conciliaciones obligatorias. En otras, amenazas de paros y movilizaciones. En todas, el conflicto no está cerrado y difícilmente se cierre a lo largo del año con una pauta inflacionaria sin techo para el 2014. Es más la paritaria nacional con la que el gobierno se autofloreaba hasta hace muy poco, tampoco ha llegado a buen puerto: tal como ocurrió durante 2012 y 2013 nos encaminamos a un cierre unilateral por decreto del gobierno nacional ante la falta de acuerdo con los gremios.

No hablaré del crecimiento de la matrícula de educación privada en diferentes sectores sociales en todos los niveles educativos y en todas las jurisdicciones. Ni del monstruoso error en materia de asignación de mayores recursos invertidos en Educación por parte tanto de la Nación como de las provincias. Para lo primero hay excelentes y muy bien documentadas investigaciones publicadas en la web. Para lo segundo ya hemos abundado en diversas notas de este mismo blog. Me interesa sí, remarcar en la fase discursiva, un punto que frente al ruido de la pelea salarial parece pasar desapercibido para el oído de muchos… En estos trece días ha quedado al desnudo un discurso que viene naturalizando una fractura que por cierto es de larga data en Argentina, pero que en estos últimos 10 años se ha consolidado con algunas pocas acciones y muchas omisiones…

Escuché, leí, me enojé y hasta refunfuñé ante discursos “progres” muy preocupados por la pérdida de días de clases. El “no podemos darnos el lujo de que los chicos pobres pierdan 13 días de clases” o el “no podemos profundizar abismos de desventajas entre sectores favorecidos que van a la escuela privada y los sectores vulnerables que no tienen otra que ir a la escuela pública” estuvo presente casi de manera constante en radio y televisión…

Discursos filantrópicos, caritativos, casi misericordiosos, pero poco “progresistas”… En todos la base de “tiene que haber clases en la escuela pública porque allí van los pobres” sirvió, en mi modesta opinión, para naturalizar la idea de una escuela pública sólo para pobres, o como algunos lo llaman “sectores populares”, confundiendo lo “popular” sólo con “pobreza”.

Me parece que no se dan cuenta que esta enunciación confirma el abandono de la pretensión de socialización universal de la escuela, de necesaria heterogeneidad de sus matrículas, de pensar la escuela como espacio para el intercambio entre diferentes. Si es así, y confirmamos ese abandono, decididamente hemos transformado al Estado en un proveedor de Educación para pobres.

No digo que haya mala intención. No creo. Deseo que no lo haya. Pero si aplicamos este razonamiento a nuestras opiniones, a nuestras acciones (porque no, a nuestras omisiones) terminamos promoviendo aquello que decimos querer cambiar. Estamos abonando a la pérdida de una visión colectiva de la sociedad, a la de un destino común… Gobernantes, políticos de oficialismo o de oposición, algún académico, periodistas y hasta gremialistas repicaron como pajaritos carpinteros en cada intervención esa imagen: “escuela pública para pobres”. Aunque no lo dijeran con esas palabras… Aunque no buscaran decirlo…

¿Imagen real o espejismo? Les contesto con palabras de Guillermina Tiramonti: “No creo ser temeraria al sostener que ya no tenemos un sistema educativo sino un agregado institucional conformado por una serie de guetos, cada uno de los cuales alberga una población socio-cultural homogénea y que a su vez, instituye fronteras entre los diferentes grupos protegiendo a unos y aislando a otros”. No hace falta agregar más…
¿Producto del propio sistema educativo? No me animaría a afirmar taxativamente esto último. Con años de transformaciones profundas en la sociedad argentina, la escuela no podía quedar al margen, no tenía porque ser inmune…

Pero, entonces ¿está bueno robustecer desde el discurso liviano esa imagen en la sociedad? Sin dudarlo y sin temor a equivocarme, aquí sí doy un “no” rotundo.

Han desaparecido casi todas las instituciones que se caracterizaban por enmarcar la vida de niños y jóvenes. Excepción, y aunque maltrecha, queda la escuela. Pero bajo esta premisa de la que venimos hablando, la escuela se convierte sólo en espacio de contención o minimización del riesgo que genera una población juvenil socialmente expulsada. Ahora si en vez de eso promoviéramos heterogeneidad convirtiríamos a la escuela en la creadora de posibilidades de intercambio social y cultural de las nuevas generaciones

Y así, estoy seguro que cambiaríamos la posible legítima preocupación por la “pérdida de trece días de clases para los pobres”, por la aceptación de que el verdadero problema es que no haya clases en una escuela… en cualquier escuela… por cualquier motivo… O nos ofuscaríamos frente a una escuela que aunque cumpla los 180 o 190 días de clases poco a poco se convierte en un fraude…

En todo caso, y si se “animan a nadar en aguas un poco más profundas”, ¿por qué no admitir que el verdadero obstáculo es la misma pobreza? Sin pobreza seguramente habría menos diferencias entre escuelas… Algo que parece no percibir el autodenominado “progresista”…

 

Nota de extraída del blog de Flavio Buccino

El disco rígido femenino

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Hay muchos estereotipos de mujeres, actualmente sería erróneo generalizar las actitudes femeninas. Sin embargo, todavía existe este tipo en particular: esa mujer con mucha memoria, esa amiga que nos recuerda cada tanto por qué nuestro ex es nuestro ex, y no seguimos juntos. Esa mujer que recuerda diálogos enteros y archiva en un mirochip las peleas, las escenas y las palabras.

La relación de las mujeres con las palabras es algo que nos supera a nosotras mismas. De la palabra no hay vuelta atrás, y eso lo sabemos muy bien.

“¿Me querés? ¿Cómo me queda este vestido? ¿Puede ser que haya engordado? ¿Te gusta esa chica?”, simples preguntas que hacemos sabiendo que su respuesta describe el tipo de hombre con el que nos hemos metido. Luego de cualquiera de esas preguntas puede venir el silencio, el peor de los ruidos para nuestras cabezas. O puede venir la respuesta equivocada, el peor de los desastres. En ese momento tomamos cualquier tipo de frase que no nos haya gustado y la archivamos en nuestro disco rígido para sacarlo a la luz en algún momento, en alguna discusión oportuna.

Las palabras que nos lastiman son armas perfectas para poner sobre la mesa y hacer jaque mate; “vos de eso no te acordás, pero me lo dijiste hace tiempo, en esta situación y yo me lo acuerdo muy bien”.

Una vez mi novio me dijo que estaba gorda. A partir de ese momento deje de escuchar sus halagos. No me importaba si el pelo lo tenía lindo o esos zapatos me quedaban bien. Tampoco me afectó lo suficiente como para bajar de peso, estaba segura que ese tipo estaba equivocado. Sin embargo esa palabra me quedo dando vueltas, me dolió, y la tengo archivada en mi cabeza. Qué mejor recuerdo que una palabra hiriente para olvidarme de alguien. Qué mejor recuerdo que una frase desafortunada para saber que no quiero volver a llamarlo nunca más.

Las mujeres rememoramos mucho mejor los recuerdos emocionales intensos. Recreamos momentos puntuales y hasta maldecimos tener memoria para cierta información innecesaria. Conocemos a un tipo casado y lo peor que nos puede pasar es que nos hable de su actual mujer. Esa información la retenemos sin querer y se convierte en algo horrible. Quizás no nos acordamos del cumpleaños de un amigo, pero retenemos el nombre de esa mujer que ni conocemos, sabemos por qué se casaron y por qué siguen juntos. ¿Es necesario saber eso? No. ¿Lo recordamos? Sí. ¿Por qué? Porque las mujeres tenemos el karma de la memoria emocional selectiva.

Mi más humilde consejo a los hombres: deben tener cuidado con lo que dicen, nombres de ex novias, nombres de actuales novias, críticas a nuestras familias o amigas, experiencias sexuales anteriores, defectos físicos.

Las mujeres que se acuerdan de una frase lejana e hiriente corren con una ventaja, tratan de no tropezarse siempre con la misma piedra. Mientras tanto, ustedes hombres, sigan así, sin saberla fecha del aniversario. Ya se van a acordar de nosotras cuando faltemos.

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