A Verbitsky la Fuerza Aérea le pagó sus servicios a través de una mutual militar

Un nuevo documento precisa que recibió unos 60.000 pesos de hoy por revisar su primer trabajo siguiendo las “tratativas” con los aeronautas. Continuar leyendo “A Verbitsky la Fuerza Aérea le pagó sus servicios a través de una mutual militar”

La extraña desmentida del “Doble Agente” Verbitsky

Recurre a un jefe aeronáutico acusado de crímenes de lesa humanidad que desmiente cosas que el libro no dice y a un peritaje inválido según su propio criterio. Continuar leyendo “La extraña desmentida del “Doble Agente” Verbitsky”

Un espía de la dictadura en el ministerio de Agricultura

Un informe revela que Héctor Mario Espina, Jefe de Gabinete del Ministerio de Agricultura de la Nación, fue servicio del Batallón 601. Continuar leyendo “Un espía de la dictadura en el ministerio de Agricultura”

Angela Bravo: “Soy un producto del exilio y la dictadura”

Angela Bravo estudió cine documental en Chile y Bellas Artes en Estockholmo y Berlin. Ha realizado cortos que se han mostrado por diversos festivales al rededor del mundo. Su primer largometraje 11 de septiembre lo está produciendo y dirigiendo a través de su compañía Braza Film, pero busca la producción en sudamérica.

 

 

“El golpe forma parte de mi historia, sino fuera por el 11 de septiembre mis padres jamás se hubieran conocido, ya que fue la política que los unió, mi madre perteneciá a una familia “de derecha” de Viña del mar y mi padre “de izquierda” de Concepción”.
El padre de Angela militaba en el MIR (Movimiento Izquierdo Revolutionario), fue detenido y juzgado de terrorista con una pena de 30 años de prisión. Sin embargo, luego de cuatro años de encierro, la presión International de Amnesty le cedió un permiso de exilio, por lo que no pudo volver jamás a Chile. Es así como el padre y la madre de Angela se establecieron en Estockholmo, Suecia.

 

Vivir en una cierta burbuja, ajena a las raices personales, no es vida sencilla. Angela vivía en Suecia, pero hablaba en español, una manera de establecer recuerdos recurrentes de un país al que ninguno de los tres podía volver. La presión por asimilar conceptos tales como manifestación, exilio, causas políticas y demás, cuestiones atipicas para una familia normal, hizo que con el tiempo desee descubrir sus orígenes y se acercara a lo desconocido en puntas de pie.

 

En el 2001 viaja a Chile en busca del país prometido, el choque cultural fue muy bruzco al principio y decidió volver a terminar sus estudios de cine en Berlín. Puesto que en Berlín, se sentía más cómoda, sin límites, sin categorizaciones; su propio autoexilio.

 

Actualmente no le permite ni un bostezo a la busqueda cultural interna, decidió realizar “11 de septiembre” un largometraje que rescata las mejores declaraciones sobre la vida de algunos de los que sufrieron la dictadura militar encabezada por Augusto Pinochet desde 1973 hasta 1990 en Chile. Con un lenguaje actual, mostrando a través de la animación lo que contaron sus entrevistas. Eso lo que le permite una intimidad y anonimidad encontrada tratado de una manera creativa.

 

“Estoy entrevistando a chilenos con diferentes antecedentes, color politico y clases sociales a los que les cambió la vida radicalmente. De la noche a la mañana familias se separaron, otros desaparecioron y otros tuvieron que torturar”.

 

 

Once de septiembre from Angela Bravo on Vimeo.

 

 

Aparece derrepente una sensación de responsabilidad. Con toda la información sobre la mesa y los testimonios encontrados, Angela pudo entender lo que le habia pasado a su familia, cual es su origen. La responsabilidad de difundir lo sabido viene de la mano de la ignoracia de muchos de sus compatriotas, al no tener conocimiento sobre lo sucedido hace 39 años en su país ya que “la dictadura se encargó de borrar el cuestionamiento propio y eliminar a todas las personas que no creian que el neoliberalismo era la salvacion”.

 

Actualmente, las manifestaciones estudiantiles y las protestas sobre una educación libre resurgidas en Chile, a invocado a la represión militar vivida por sus antepasados. Con la diferencia de que “Los que luchaban contra de la dictadura ayer eran terroristas, hoy serian defesores de la democracia”.

 

Para la directora la interpretación de sus raíces fue esencial para poder proyectar hacia el futuro. “Hice mi autoexilio creativo en busca de mis sueños” concluye Ángela.

 

 

 

Ojos penetrantes

24/03/2011 – Por Gabriel Levinas

Recuerdos del 24 de marzo. Pequeña historia, parecida a las que con distinto resultado vivimos tantos argentinos en 1976

Por Gabriel Levinas

Recuerdos del 24 de marzo.

El pesimismo es una horrible manera de entender la vida. Es como guarecerse de la tormenta en un día soleado bajo un alero oscuro. Absurda forma que algunos tienen de perder el tiempo, sus días. Digo esto por las dudas, para que nadie crea que lo que sigue parte de un sentimiento así.

Hacen ya  35 años del golpe de estado de 1976.

Recuerdo nerviosos Falcon en la noche del 24 de marzo pasando a toda velocidad por la calle Corrientes. Verdes, grises, blancos.

Recuerdo —un par de meses más tarde— el ruido de los pasos en las escaleras primero y los fuertes golpes en mi puerta después.

No tocaron el timbre.

Los esperaba, sabía que subían, conocía bien mi edificio. Vienen por mí, pensé.

Era más de la una de la mañana. Hice a tiempo para encender un cigarrillo.

Ellos tomaban posición en el pasillo, en las escaleras mientras yo tranquilizaba a mi mujer, Paula, que lloraba junto mí desnuda.

Me levanté mientras me ponía una camiseta, me acerqué a la puerta y antes de abrir les avisé a los que acechaban afuera: “Voy a abrir el cerrojo de arriba”. Luego les dije: “Ahora voy a abrir la llave de la cerradura de abajo”. Sabía que un ruido mal interpretado podía significar mi muerte.

Por fin avisé que ya estaba abriendo la puerta y mientras lo hacía —sin esperar a que la puerta quede franca— la punta de una Itaka se levantó hasta mi pecho y me empujó varios metros hacia atrás hasta la cocina.

Todavía conservaba el cigarrillo en mi mano.

Mientras la Itaka y el policía asustado que la sostenía me llevaban por ese corto recorrido, más de una docena de policías uniformados entraron rápido, nerviosos, mirando hacia todos lados armados con ametralladoras, pistolas y más Itakas.

Golpeaban afanosamente el piso y las paredes buscando cosas ocultas.

Encendieron la luz de la pieza de Bárbara que tenía poquitos meses.  Mientras tanto,  Paula no dejaba de llorar, temblaba, mientras sostenía la frazada a la altura del cuello con sus manos. Luego entraron más policías y algunos hombres de civil.

La paraguaya —divina— se levantó enojada y mientras maldecía a los policías apagaba nuevamente la luz de la pieza de Bárbara que el policía volvía a encender. Ella gritó tanto, que al final uno de los de civil después de revisar la pieza dijo: dejá que la apague. Bárbara pudo seguir durmiendo.

Cuando constataron que no había resistencia avisaron a otro tipo que esperaba afuera que podía entrar.

El tipo, de impermeable y traje gris, cincuentón, pelo ondulado y entrecano me miró de reojo mientras revisaba meticulosamente todo el contenido del living. Los cuadros, los libros, los objetos, los adornos.

Entró en nuestro dormitorio y le preguntó a Paula: “¿por qué llorás?”. “Me da miedo que estén con armas en la pieza de la nena” alcanzó a responderle entre sollozos.

Después volvió hasta donde yo estaba, me miró fijo mientras yo sentía el calor del cigarrillo.

El tipo me miró fijo, a los ojos, hasta el alma. En esa mirada había más peligro que en la Itaka que aún seguía apuntando a mi pecho.

“Esto tiene más pinta de fumata que de subversión” sentenció.

Yo levanté un poco la mano del cigarrillo que ya estaba quemándome los dedos y le dije: “Parisiennes… livianos”.

“No te hagas el vivo pibe”, me contestó. Sentí alivio.

Inmediatamente hizo un gesto con la cabeza y en segundos mi casa se vació otra vez.

Todo duró lo que tarda un cigarrillo en consumirse, hasta quemar el filtro.

En ese escaso tiempo, la suerte, el señor de los ojos perforantes, los gritos de la paraguaya ordenándoles que apaguen la luz para que no jodan a la beba, el cigarrillo que prendí mientras los esperaba… no sé qué, algo salvó mi vida, mi familia.

Así vivimos mientras tantos murieron.

Mañana es 24 de marzo otra vez. No hay peor día, no lo hubo jamás en toda nuestra historia.

Hoy, 35 años después, hay más de 160 organizaciones de derechos humanos disputándose entre sí pequeños espacios de poder. ¡160!

Tenemos una izquierda dividida en mil, sin capacidad de incidir en el curso de las cosas verdaderamente importantes que se nos escapan de las manos como el agua, cada día.

Algunos asesinos están presos, pocos. Y algunos más lo estarán próximamente, otros pocos más. Hay quienes se dejan engañar con eso.

Pero si miramos el país, lo que queda de él y cómo quedamos nosotros, podemos concluir que nos ganaron.

Por ahora, nos ganaron.

Y  a ese tipo de los ojos penetrantes —si aún vive— le quiero decir algo: ¡Aprendé a mirar!