El encuestador Otaegui que predijo el triunfo de Storani y fue echado por Grondona

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Hoy gran parte de las decisiones que se adoptan en la política se apoyan en encuestas. Y a juzgar por la tremenda ineficacia en el pronóstico de resultados electorales -lo que equivale a una muy pedestre y errada lectura de la realidad-, cabe presuponer que las decisiones pueden ser tan fallidas como la metodología que les da basamento.

La historia valorable de las encuestas políticas no empezó hace más de veinte años. Antes, era tan rudimentaria la tecnología y tan artesanal la manera de auscultar el sentir de la sociedad, que apenas si se aproximaba en la percepción acerca del tipo de perfume o de jabón que elegiría la gente. Tanto, que la victoria de Raúl Alfonsín sobre Italo Luder en 1983, a la salida de la dictadura, no fue pronosticada por nadie y en aquella misma noche de aquel domingo 30 de octubre era más la sorpresa por un resultado inesperado que la alegría por el triunfo radical.

En los diez años subsiguientes, la ausencia de encuestas serias ahorró a las encuestadoras de algunos papelones que hubieran sido tan memorables como cantados: nadie imaginaba que Carlos Menem venciera a Antonio Cafiero en la interna peronista de 1988. Una mayor cultura político-institucional y una reconversión de la política militante hacia la política gerencial fue abriendo paso a la profesionalización de la actividad: aparecieron las consultoras de imagen y las encuestadoras, quizás para ocultar las propias deficiencias de la clase política.

 

En 1993, cuando la encuestología comenzaba a presentarse como una suerte de oráculo infalible del que la política no podía prescindir, un episodio conmocionó al mundo de la sociología. El periodista Mariano Grondona, contaba con un encuestador -Javier Otaegui- que pretendidamente le otorgaba cierta modernidad a un programa anquilosado en la opinión de siempre los mismos. Venían las elecciones parlamentarias que debían ratificar o condenar el rumbo heterodoxo e ideológicamente travestido del menemismo, y mientras todos los encuestadores pronosticaban un contundente triunfo de Alberto Pierri en la provincia de Buenos Aires, Otaegui machacaba con la sorpresa que significaría la victoria del radical Federico Storani. El encuestador, para más datos lisiado y condenado a una silla de ruedas lo que le daba un aspecto de cierta inteligencia superior, anunciaba que su dictamen venía de la mano de una nueva forma de encuestar, utilizando las llamadas telefónicas, una novedad en un país que hasta ese momento tenía tantos teléfonos como playas nudistas hay en la Antártida. Otaegui no acertó y Grondona lo sacrificó: era una época en la que, al parecer, los errores no se perdonaban. . Otaegui nunca más hizo encuestas políticas.

Fue el final de la carrera de Otaegui como encuestador. Probablemente hoy haya puesto una inmobiliaria, tenga un cafe, un maxikiosco o enseñe sistemas. Otros como Artemio tienen la suerte de vivir de la teta del estado

 

Hoy  las equivocaciones parecen ser definitivamente perdonables. “¿No será que dentro de la actividad de un encuestador también está incluida la tarea de mentir?”, se preguntó el periodista Fabián Doman en la noche de la elección santafesina, al tiempo que se iba conociendo que la performance del cómico Miguel Del Sel superaba todos los pronósticos de todos los sondeos.

FUENTE INTERNET RESUMEN

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