Murió Julio Ernesto Vila

ACTUALIZADO


EL RECUERDO DE OSVALDO PRINCIPI

 

Se extraña el comentario de Julio Ernesto Vila durante las noches de boxeo por la pantalla grande. No sólo se nota la ausencia de sus aportes estadísticos procedentes de un cerebro superior a una máquina, sino que también falta su análisis directo, crudo y preciso. Hoy, a los setenta y tres años, está alejado de los medios y no se traiciona: “Nunca pensé que el boxeo terminaría tan degradado en mi vida, mi luto seguirá hasta el final, esto no tiene vuelta”. Así, resignado, vive un periodista de boxeo, uno de los mejores de la historia, que dejó una huella imborrable y una trayectoria genial.

Vila nació el 18 de junio de 1938 en Villa Dolores (Córdoba). Hijo de un farmacéutico y una directora de escuela, el destino pareció indicarle desde el inicio que su vida estaría ligada al periodismo. Como si fuera un cuento, su padre lo inscribió, por puro instinto, en el Círculo de periodistas deportivos cuando Julio sólo tenía tres años. “El destino es así –dijo alguna vez-. Soy absolutamente fatalista, al lado mío Discépolo era optimista”.

Julio Ernesto era un niñito de seis años cuando su madre falleció. En 1945, entonces, él y su padre se trasladaron a Buenos Aires. El 24 de mayo, según recuerda el propio protagonista, observó su primera pelea, en el Luna Park. “Ese día Senatore noqueó a su rival en el décimo round, recuerdo hasta el color de su pantalón”. En ese entonces Vila no lo sabía, pero el boxeo y el periodismo formarían un cóctel perfecto que le significaría su medio de vida.

Pedante y honesto, el hombre que comenzó a vincularse al boxeo como aficionado pronto hizo realidad el presagio de su padre y empezó a escribir en la revista Nocaut Mundial y a aparecer en diferentes radios porteñas, siempre en la especialidad. Ya por esos días se mostraba como un periodista osado que se erigía como una eminencia en estadísticas. “Tengo una memoria prodigiosa. Por algo en la Federación de box, cada vez que alguien va a buscar algún récord, le dan mi teléfono. Soy la última palabra, si no lo tengo yo no existe”.

Su carrera fue avanzando y los poderosos comenzaron a verlo como una amenaza. Una típica reacción ante la presencia de un periodista que salte la página. Es así como el legendario Tito Lectoure, dueño y promotor del Luna Park, comenzó su propia guerra contra Vila. “Él no me tragaba, yo trabajé veintidós años en el Luna pero haciendo periodismo para la gente. Él dictador (así llama a Lectoure) pretendía que yo me pusiera en la fila de los alcahuetes que le chupaban las bolas desde el ‘32”.

La bola había crecido y el enfrentamiento también. Vila opinó que el mítico estadio era un monopolio y Lectoure lo declaró persona no grata en 1978, algo que, para un periodista de boxeo, era similar a no poder volver a trabajar. “Roberto González Rivero y José Sulaimán, el presidente de la Federación de Boxeo, fueron mis ángeles protectores. Por ellos no me morí de hambre. Los demás colegas me dieron la espalda. Me dejaron solo”.

Con el correr del tiempo, Vila fue admirado por ese público al que según él se debía. Su voz y su cara (también su pluma) aparecieron en diversos medios hasta que se hizo comentarista de cada velada que televisaba TyC Sports los fines de semana. “Soy el periodista de boxeo más creíble de norte a sur y de este a oeste. Mi nombre es sinónimo de decencia. Soy el que más sabe del tema en dos siglos en la Argentina, y seguramente en Latinoamérica”.

Un día, después de observar la degradación que enfrentó el boxeo a medida que pasaron los años, Julio Ernesto decidió abandonar los medios. Su casa había sido visitada por Bonavena, Acavallo y Gatica, entre otros. Se había deleitado con Nicolino Locche y Justo Suárez, “El Torito de Mataderos”. Nostálgico, decidió que ya no quería soportar un espectáculo tan malo. “Me fui del boxeo porque ya no toleraba más la basura que transmitíamos”, dijo, y pegó el portazo. Frases como “el Boxeo dejó de ser pasión porque no hay figuras”, “A Nivel Nacional el Boxeo ya no existe y a Nivel Mundial, no creo que dure más de un cuarto de Siglo” y “Narvaez con Acavallo no puede ni comenzar, lo partía al medio”, no llaman la atención. Después de todo, vienen de Julio Ernesto Vila.

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