El cuadro falso, el puestito y el poeta

28/03/2011 – Por Gabriel Levinas

El sueño de todo marchand es llegar a encontrar, entre los trastos viejos de alguna compraventa, cubierto de polvo, un desconocido cuadro de Rembrandt. Negociar el precio como si se tratase de una baratija y, silbando bajito, llevarse a su casa la pequeña obra maestra.

Esto ha pasado muchas veces en la historia, por lo cual el deseo de que se repita resulta ser una fantasía siempre presente en la ávida mente de cualquier marchant. Es ella la clave del engaño con la que cuentan los astutos falsificadores. Y, claro, no hace falta entonces que un gran artista falsifique el Rembrandt, basta con tener a mano a un copista mediocre; la ilusión hará el resto y es así como por 3.000 o 4.000 pesos terminan vendiéndole un cuadro que no vale ni diez centavos. Difícilmente cualquier conocedor, incluso el mismo marchant que fuera timado, con un poco más de distancia y de frialdad, se tragaría el sapo.

Traigo a cuento esta comparación para poder ensayar una suerte de explicación que justifique los motivos por los cuales muchos y queridos intelectuales, periodistas y artistas del llamado progresismo nacional apoyan a un gobierno que ha vetado la ley de los glaciares, que permite el saqueo y destrucción del territorio con la minería a cielo abierto; que protagonizó la escandalosa compra de terrenos a siete dólares el metro cuadrado en El Calafate; la indudable relación entre el ex presidente Kirchner y el crecimiento alarmante del juego en todo el país; la constante apropiación de tierras a criollos y aborígenes en todo el interior por parte de empresarios ligados al poder; la destrucción de todos y cada uno de los organismos de control del Estado, y recientemente, como broche de oro, hemos visto cómo un gobierno de izquierda (según José Pablo Feinmann, para quien a la izquierda de Kirchner no hay nada) considera a la deuda externa como legítima.

Se ve que años de fracasos, desilusiones y esperanzas no realizadas consiguieron que una leve palmada en el hombro desde el poder los llevara a comprar el cuadro falso. Tantas frustraciones y desengaños políticos, tantas ganas acumuladas de que por fin aparezca un gobierno progre, que nos valore, que nos apoye en nuestros viejos sueños de una vez por todas. Ya estábamos poniéndonos grandes. Años esperando el cuadrito de Rembrandt y aparece Kirchner. ¡Y reivindica los setenta!

El Presidente fue el único que escuchó mis consejos, fue el primero en subvencionar mi proyecto cultural después de tantos intentos. Gracias a él nuestro diario, que iba hacia la bancarrota, hoy tiene más publicidad que La Nación. Me puso en Télam. Nadie como él habló de derechos humanos. Nadie como él descolgó el cuadro de Videla de la pared. Ataca a la oligarquía vacuna. ¡Cambió la ley de medios!”.

¡Pero, cumpa! Te olvidas de los fondos de Santa Cruz, de Skanska, de la valija con los 800.000 dólares, la desnutrición infantil…

Mira éstos no son honestos —me interrumpe un gran escritor argentino—, pero los otros, tampoco”; un par de meses atrás el escritor me había aclarado que se llamaba a silencio porque, si bien ya no estaba de acuerdo con la política del Gobierno (son indefendibles decía), tampoco quería hacerle el juego a la derecha.

Un diplomático muy cercano a la Presidenta, cuya presencia el gran escritor no había advertido, escuchó sus aseveraciones, no pudo contenerse y le contestó: “La moral y la honestidad son privilegio de los burgueses, de Perón también se decía que era un chorro”. Me quedé asombrado por tal conversación y, cuando me repuse de ella, recordé que ya otro alto funcionario político me había mencionado este nuevo argumento diseñado para evadir las acusaciones de corrupción: “¡Acá el asunto no es moral, es político!”.

Y sí, es un buen argumento pensé, es indudable que el asunto es político. El problema es que si mientras discutimos de política te afanan la billetera, eso ya deja de ser político.

Advertí también que el escritor no me habló más desde ese día, ya que, si bien es cierto que no quería hacerle el juego a la derecha, parece ser que su silencio tenía doble finalidad, y ésta era que el Gobierno no se enterara tampoco de su disconformidad. Ésta era sólo para amigos progres opositores, off the record, parte de la estrategia de empezar a tomar distancia de los, según sus propias palabras, “indefendibles”. Yo lo había expuesto antes de tiempo hablando mal de los K frente a un ultra-K; no era para difundir.

Nadie puede desconocer el peronismo, sus raíces nacionalistas y populares, su importancia en la creación de una burguesía nacional, la organización de la clase trabajadora y las reivindicaciones sociales. Pero esto no es eso. Néstor Kirchner no es Juan Perón. Amado Boudou no es José Ber Gelbard, Juan Manzur no es Ramón Carrillo. Hugo Moyano no es Cipriano Reyes. José Pablo Feinmann no es Arturo Jauretche. Horacio González no es Leopoldo Marechal. Y Orlando Barone no es Américo Barrios. Todo esto es algo así como algunos trazos, algo del barniz y mucho ocre, suficientes para que el marchand se confunda y compre el cuadro. Pero del nacionalismo de Perón queda muy poco. Esto, definitivamente, no es un Rembrandt.

Sin ánimo de comparar al kirchnerismo con el estalinismo, recuerdo una anécdota del gran poeta ruso Osip Mandelstam, quien leyó entre algunos amigos una poesía que deslizaba críticas al gobierno de José Stalin.

 

Tú debes mandarme

y yo estoy obligado a ser servicial,

al desdeñar el nombre y el honor

crecí enfermizo y me hice débil.

 

Prueba el método inventado,

sin rodeos, a la desesperada:

Soy un bolchevique sin partido,

como todos mis amigos,

como ese que no es mi amigo.

 

Por supuesto al poco tiempo Osip terminó confinado en los Urales. Sus amigos le suplicaron que escribiese algo para denunciar al régimen de Stalin, pero él se negaba sistemáticamente. “No hay que quejarse. Éste es el único país que respeta la poesía: matan por ella. En ningún otro lugar ocurre eso…”, repetía con ironía. Su prestigio fue creciendo al igual que el deterioro de su salud. Otra vez apresado, fue trasladado a Vladivostok. Ya en su lecho de muerte, sus amigos y ahora también su mujer volvieron a insistirle al respecto, y la respuesta del poeta fue: “¿No te das cuenta de que acá en Rusia uno de los pocos que saben leer poesía es José Stalin, por eso me metió preso, ¿cómo voy a hablar mal de él?”.

Los Kirchner pueden enojarse por una caricatura, pero jamás matarían por una poesía. Lo que nos queda por saber es si los integrantes de Carta Abierta serán capaces de reconocer la lista enorme de contradicciones y transgresiones éticas de los Kirchner y, sin soslayarlas, encontrar sustento intelectual y político para seguir apoyando a este Gobierno, con justificaciones que no tengan como único argumento que los otros son peores.

Saber si tienen la honestidad intelectual y el vuelo para darles el filo a sus palabras y, como Mandelstam, bancarse sus convicciones hasta el final. O si, como el Zelig de Woody Allen, cambiarán apasionadamente de discurso según quién les ofrezca otro cuadro de Rembrandt recién salido del horno. Vaya uno a saber; por ahora parece que simplemente le tienen mucho miedo al frío.

Comments

  1. Ale says:

    Esta nota pega. Si logran entenderla, no la perdonarán. Pero no esperaba menos de vos.

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