Irán, Venezuela, EE.UU.: los extravíos del Pequeño Timerman

Desvergüenzas y olvidos del peor canciller de la democracia

Hector-Timerman-Canciller

 

El apoyo incondicional al gobierno de Nicolás Maduro, la recidiva de retórica antiimperialista a raíz de un informe de Estados Unidos y el penoso status del acuerdo con Irán muestran por enésima vez la duplicidad y la abismal ineptitud de Héctor Timerman, el peor canciller que tuvo la Argentina desde el retorno de la democracia.

Timerman accedió al gobierno de Néstor Kirchner gracias a su apellido y escaló en los de Cristina mediante una mezcla de operaciones mediáticas y actitudes cortesanas, como cuenta Gabriel Levinas en su libro “El pequeño Timerman”, pero su aporte a la política exterior del kirchnerismo fue nulo en el mejor de los casos y negativo en otros, como el del infausto “Memorándum de Entendimiento” que negoció con Irán.

La cerrada defensa que el kirchnerismo hace de Maduro es consecuente con su relación con el chavismo, pero ignora olímpicamente los derechos humanos, núcleo a partir del cual Timerman fantaseaba, al inicio de su gestión como canciller, hacer de la Argentina un referente internacional.

En cuanto a Estados Unidos, en respuesta al informe sobre narcotráfico y lavado de dinero, en el que el Departamento de Estado alerta que “las vulnerabilidades generales del sistema financiero (argentino)” exponen al país al riesgo del financiamiento al terrorismo, advierte el avance del consumo de paco en los sectores más pobres y resalta que “el extendido uso de efectivo “ facilita que (la Argentina) sea vulnerable al lavado de dinero”, Timerman dijo que Washington “no tiene derecho a emitir juicios de valor” sobre otros países. Sin embargo, la mayor parte del informe no consiste en “juicios de valor” sino en afirmaciones fácticas. Remanidas tal vez, pero penosamente ciertas.

Timerman fue así contra su propia historia. Su padre, Jacobo Timerman, salvó su vida y fue liberado por la dictadura gracias a informes de ese tipo y al activismo del gobierno de Jimmy Carter en materia de derechos humanos. Un año antes que su padre, él mismo había salido de la Argentina por consejo de la embajada norteamericana y con ayuda israelí, para residir los once años siguientes en EE.UU., primero con visa de estudiante, luego como “asilado político” y, finalmente, como ciudadano norteamericano. Esa red de contactos también le permitió realizar cursos de posgrado en la Universidad de Columbia, pese a no haber completado sus estudios universitarios en la Argentina.

En sus años en EE.UU., Héctor fue defensor nominal de los Derechos Humanos y trabajó en una editorial prestigiosa, honores a los que accedió gracias a Robert Bernstein, fundador de Human Rights Watch y CEO de Random House, quien editó “Preso sin nombre, celda sin número”, el libro que hizo de Jacobo Timerman una celebridad político-mediática en EE.UU. Tom, hijo de Robert Bernstein y actual chairman del Museo del Holocausto, fue quien le tramitó el “asilo político”.

El hoy canciller fundó luego “Latin America Finance”, para aconsejar a millonarios latinoamericanos cómo invertir en EE.UU. (una revista sobre cómo hacerlo en otros países de la región “sería una pérdida de tiempo, nadie en Paraguay está interesado en lo que sucede en Bolivia”, le explicó a The New York Times, a cuyas páginas accedía gracias a los Bernstein) y trabajó para Oppenheimer, un legendario banco de Wall Street cuyos servicios de “Wealth Management” ofrecía a millonarios sudamericanos.

Tras naufragar en todas esas actividades, Timerman regresó a la Argentina el día que Carlos Menem asumía su primera presidencia. Tenía expectativas, pero navegó en la intrascendencia como relacionista público y en marketing y publicidad. Luego, gracias a las movidas y el nombre de su padre, jugó al periodismo (ocultando, sin embargo, su antecedente más importante: la dirección del diario procesista La Tarde, entre marzo y agosto de 1976), coqueteó con el ARI de Elisa Carrió y logró, al fin, “vender” su apellido y supuesto talento e influencias a Néstor y Cristina Kirchner.

Al cabo de esa secuencia de mediocridades, las sobreactuaciones, zigzagueos e imposturas más notables del canciller tienen que ver con el Memorándum de Entendimiento con Irán para investigar el atentado a la AMIA, que en 1994 segó la vida de 85 personas en Once.

Timerman comenzó a negociar “públicamente” ese acuerdo (en secreto había empezado veinte meses antes) el día del Perdón de 2012 y lo firmó el día del Holocausto de 2013. Semanas después, como si el tiempo apremiara, la mayoría kirchnerista lo aprobó en el Congreso contra la opinión de la comunidad judía argentina (blanco, aunque no única víctima, del atentado) y de los partidos de oposición.

Desde entonces, el acuerdo ha quedado en un limbo jurídico. El parlamento iraní no lo trató, aunque Irán lo considera aprobado, según le dijo el canciller de ese país, Javed Zarif, al propio Timerman, que se contentó con la respuesta. Pero no ha habido intercambio de instrumentos ratificatorios ni se avanzó en ninguno de los pasos previstos en el Memorándum, incluido el moralmente más aberrante: la formación de una “Comisión de la Verdad” a partir de un acuerdo firmado con un gobierno negador del Holocausto.

En su reciente discurso ante el Congreso, la presidenta Cristina Fernández ensayó un gambito político: defendió nominalmente el acuerdo, pero admitió la falta de avances y le pasó a la comunidad judía y a la oposición la responsabilidad de una propuesta para conseguir la declaración judicial de los imputados iraníes por el atentado.

Mientras, hay un reacercamiento con Israel: en la segunda mitad de marzo Timerman recibirá a una delegación de alto nivel del gobierno de Benjamin Netanyahu. Uno de los temas a resolver es la compra de 14  cazabombarderos israelíes, a un costo de hasta 280 millones de dólares, según precisó el periodista Hernán Dobry en el diario Perfil.

Desde septiembre pasado, cuando el “Grupo de los Seis” (los cinco países miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, más Alemania) alcanzó un “acuerdo interino” para negociar con Irán respecto del programa nuclear iraní y, eventualmente, levantar las sanciones contra Irán, Timerman repitió que la Argentina se había “anticipado”.

“Nos criticaron por negociar, pero fíjense cómo nos imitan”, parecía ser el argumento, que regurgitaron algunos lenguaraces kirchneristas.

El argumento no resiste el menor análisis. El G-6 comenzó a negociar con Irán (que concluirá en julio), al cabo de un embargo comercial y financiero que asfixió la economía iraní. Los gobiernos kirchneristas fueron parte de esa movida, hasta que en 2011, Cristina y Timerman se abrieron unilateralmente.

En el segundo semestre de 2006, en el que la Argentina integró como miembro no permanente el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el gobierno de Néstor Kirchner votó a favor las dos resoluciones de la ONU (1696 y 1737, de julio y diciembre de ese año) a partir de las cuales se edificó el régimen de sanciones a Irán. Antes, la justicia argentina había ayudado a crear el clima (las votaciones fueron abrumadoras: 14 a 1 y 15 a 0) con las acusaciones a los funcionarios iraníes.

Otro gesto fue cuando, en julio de 2007, Néstor Kirchner decidió a último momento no concurrir a la asunción presidencial de Rafael Correa en Ecuador, para evitar al presidente iraní, Mamoud Ahmadinejad,  y otro dos meses después, cuando exigió ante la Asamblea General de Naciones Unidas que Irán cumpla con los exhortos judiciales y envíe a los acusados a Argentina. La entonces senadora, primera dama y candidata presidencial, Cristina Kirchner, acompañaba y asentía.

Cristina repitió el reclamo ante la ONU tres años más, y en 2009 y 2010, por sugerencia de Timerman, entonces embajador en EE.UU., que lo consideraba un recurso de “diplomacia creativa”, agregó el gesto de que la delegación argentina  se retirase cuando hablara el presidente iraní.

En una carta a Cynhtia Arnson, directora del programa Americas del  Wodrow Wilson Centre, el foro bipartidario más prestigioso de Washington, Timerman condenó el “discurso ofensivo, odioso y antisemita” de Ahmadinejad, destacó el gesto de la delegación argentina de desairar al presidente iraní y reprodujo párrafos del discurso de Cristina sobre la irrenunciable posición argentina.

 

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Sin embargo, en enero de 2011, el propio Timerman inició una negociación secreta con Irán, a instancias del embajador argentino en Siria, Roberto Ahuad, señalado como “contacto” argentino de Hezbollah, organización sospechada de la autoría material del atentado a la AMIA.

Detrás de este zigzagueo hubo al menos dos ambiciones: aumentar las ventas a Irán y lograr un saldo bilateral más abultado, y convertir a la Argentina en un mediador internacional de las potencias con Teherán si las sanciones no lograban impedir que Irán se pusiese a tiro de elaborar su propia bomba atómica. Brasil y Turquía habían buscado mediar hasta 2010 y luego desistieron.

Las sanciones, sin embargo, dañaron severamente la economía iraní y forzaron a Teherán a negociar. La elección, a mediados de 2013, del “moderado” Hassan Rohani, fue la oportunidad para hacerlo. El negociador, a partir de septiembre de ese año, fue el nuevo canciller iraní, Javed Zarif, quien había sido embajador de Irán en la ONU cuando la Argentina votó a favor de las resoluciones 1696 y 1737.

Zarif conoce muy bien el zigzagueo kirchnero-timermaniano. Además, el principal interés de Irán en el acuerdo era el levantamiento de las “notas rojas” de Interpol, para que sus funcionarios acusados pudiesen circular libremente por el mundo. No habiéndolo logrado, su interés en el acuerdo, siquiera como juego, se desvaneció.

Al respecto, es interesante observar en qué posiciones están hoy algunos de los acusados por el fiscal Nisman y cuya captura pidió el juez Canicoba Corral: Ali Fallahian, ministro de Inteligencia iraní al momento del atentado a la AMIA, es miembro de la “Asamblea de Expertos” de Irán; Mohsen Rezai, entonces comandante del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica, integra el “Consejo de Expeditividad” y fue candidato presidencial en 2013; Moshe Rabbani, que como agregado cultural en Buenos Aires presuntamente armó una “red terrorista” en América Latina, seguiría las mismas actividades en otros países de la región; Ahmad Vahidi, entonces líder de la fuerza Qud del Consejo Revolucionario iraní, fue luego ministro de Defensa y Rohani lo ascendió a director del Comando Conjunto y del Centro de Defensa Estratégica de las FF.AA. iraníes; Ahmad Reza Ashgari, antes miembro del Consejo Revolucionario y luego tercer secretario de la embajada en Buenos Aires, es ahora “investigador” de la cancillería iraní; Ali Akbar Velayati, canciller iraní al momento del atentado, fue candidato presidencial en 2013, es “Asesor Especial” del líder espiritual de Irán, el Iman Ali Khamenei, y encabeza del Centro de Inteligencia Estratégica del “Consejo de Expeditividad”; y Akbar Hashemi Rafsanjani, presidente iraní al momento del atentado, encabeza el “Consejo del Discernimiento”, que asesora al supremo líder Khamenei.

En la división de tareas del gobierno iraní, Zarif está a cargo de las negociaciones con el G-6, Rohani hace las veces de “policía bueno” y busca atraer inversiones (concurrió, por ejemplo, al Foro de Davos y logró promesas de inversión de petroleras como Chevron, Exxon y Conoco) y el líder supremo, Khamenei, hace de “policía malo”, con sus diatribas contra Occidente y sus llamados a una “economía de la resistencia”.

Esa dinámica puede seguirse por internet. De hecho, está enteramente pensada hacia afuera. En Irán, un país cuyos ciudadanos no pueden acceder ni a Facebook ni a Twitter, Khamenei, Rohani y Zarif tuitean de lo lindo.

Zarif lo hace en inglés y sigue cuatro cuentas, incluídas las de Rohani y Khamenei. Rohani tuitea en inglés y farsi, y sigue cinco cuentas, incluidas las de Zariff y Khamenei. Y Khamenei tiene dos cuentas: una para tuitear en inglés y otra para hacerlo en farsi. Cada una de ellas sigue dos cuentas: la del mismo Khamenei en el otro idioma y una que lleva el nombre del extinto Imán Ruholla Khomeini, el líder de la revolución islámica de 1979, con frases en inglés y en farsi. Por caso, el 17 de febrero pasado, a 25 años de la orden original, la cuenta de Khomeini tuiteó (¿o retuiteó?) desde el más allá la fatwa (sentencia de muerte) contra Salman Rushdie, el autor de los “Versos satánicos”.

En una oportunidad, en Nueva York, David Keyes, director ejecutivo de Advancing Human Rights, organización de defensa de los Derechos Humanos, logró abordar a Zarif y le planteó cómo los iraníes no podían acceder a Facebook ni Twitter, pero sí él y otros funcionarios. “Es la vida… (that’s life)”, le respondió el canciller iraní, que, al igual que Timerman, realizó estudios de posgrado en Estados Unidos.

¿En qué entra nuestro canciller, a todo esto? El lunes 3 de marzo, en Ginebra, en el marco de la presidencia argentina del Grupo de Apoyo a la Comisión Internacional contra la Pena de Muerte, Timerman leyó un discurso dedicado enteramente al caso de Víctor Saldaño, “el único argentino condenado a muerte en el mundo”, por homicidio. Saldaño, de 41 años, lleva 18 años en Texas, EE.UU., en el “corredor de la muerte”.  

Existen buenas razones para oponerse a la pena capital, incluída la de no darle esa potestad a Estado, y el caso Saldaño, que sufre de esquizofrenia aguda, lleva de entrada el estigma de la “discriminación étnica”. Lo extraño es que, en un foro internacional, no en uno bilateral con EE.UU., Timerman, con lujo de detalles escabrosos, se limitara a ese caso e ignorara el status de la pena de muerte en el resto del mundo.

Días antes, en una farsesca “conferencia de prensa” con su par venezolano, Elías Jaua, Timerman había enfatizado el absoluto apoyo del gobierno argentino al de Nicolás Maduro en Venezuela y repitió una y otra vez el argumento de Jaua de que el chavismo había ganado 18 de 19 elecciones y que Maduro fue elegido por el voto popular, sin referir siquiera sutilmente las decenas (tal vez centenares) de muertes, las violaciones de derechos humanos y la represión salvaje por parte de fuerzas estatales y paraestatales venezolanas. El gobierno de Maduro no sólo mata, sino que lo hace al margen de la ley.

Horas después del discurso de Timerman en Ginebra, Irán ahorcó en la prisión de Isfahan a Farzaneh Moradi, una joven de 26 años, por el asesinato de su esposo, con quien se había casado cuando tenía 15 y de quien tuvo un hijo a los 16. Hijo a quien la joven no había visto nunca más desde su arresto, seis años antes.

 

Pedido desesperado de la familia de condenada a pena capital

Pedido desesperado de la familia de un joven iraní a punto de ser ahorcado

 

La organización de Derechos Humanos Iranian Human Rights calcula que sólo en el primer bimestre de este año Irán ejecutó, mayormente mediante ahorcamiento, a 145 personas. Advancing Human Rights (también fundada por Robert Bernstein, el mismo que ayudó a los Timerman en Estados Unidos) calculó a su vez que entre agosto de 2013, cuando el “moderado” Hassan Rohani asumió la presidencia, y fines de enero pasado, Irán ejecutó 300 personas.

Keyes, el director ejecutivo de AHR, recordó esa cifra cuando el régimen islámico ahorcó, el 27 de enero, al poeta y activista Hashem Shaabani,  acusado junto a otras 13 personas de “Moharebs” (enemigos de Dios) y amenazar la seguridad nacional por criticar el tratamiento de Teherán a los iraníes árabes de la provincia de Juzestán.

A diferencia de la joven Farzaneh Moradi, que podía haber sido “perdonada” por la familia de la víctima (algo que pocas veces sucede; la pena de muerte está culturalmente incorporada a la sociedad iraní), el caso de Shaabani y sus 13 discípulos era inapelable. Se trataba de una blasfemia, un crimen contra Dios y el Estado, que en el régimen iraní están personificados en su líder espiritual, el Iman Khamenei.

De todo esto, el canciller no dijo palabra. Mientras tanto, varios funcionarios del actual gobierno iraní siguen acusados por la justicia argentina como autores intelectuales de la voladura de la AMIA, que el propio Timerman, cuando dirigía la revista “Trespuntos” y jugaba al periodista, definió como “el más brutal ataque antisemita desde el Holocausto”.

Según tratados internacionales, la del canciller es, después de la del presidente de la Nación, la palabra oficial de un país ante el resto del mundo. Timerman es la segunda voz de la Argentina ante más de 200 países y más de 7.000 millones de habitantes.

Una voz de memoria frágil, un obsecuente de lealtades cambiantes, un canciller de ineptitud abismal, una persona de desvergüenza infinita.

Comments

  1. Ernesto says:

    Así como una periodista genial como Graciela Mochkofsky escribió “Timerman”, un estupendo libro sobre un gran periodista, da la impresión que “El pequeño Timerman” sólo podía ser encarado por un personaje menor, motivado por algún despecho, quizás.

    Resulta curioso el ensañamiento de Levinas con Héctor Timerman, hombre con el que profesaba una relación de amistad. De un día para otro, Levinas le arroja cientos de páginas coléricas al devaluado canciller, que se encuentra en caída libre y sin posibilidad de poner los brazos para amortiguar los golpes.

    Si Timerman es “el peor canciller de la democracia”, ¿quién fue el mejor? ¿Cavallo, Di Tella, Caputo? Cada uno de ellos le hizo más daño a la Argentina que el Sr. Timerman, más allá de su endeble gestión en política exterior.

    El última instancia, el “satánico” Memorándum de entendimiento con Irán no tiene ningún efecto negativo sobre la Argentina. Tan solo abre una posibilidad de avance mínimo en la investigación del Mossad y la CIA, perdón, del fiscal Nisman. La “aberrante” Comisión de la Verdad no tiene ninguna injerencia directa sobre la Justicia argentina. Lo único que va a hacer es un informe con recomendaciones -no vinculantes- sobre el proceso. Un mensaje al mundo sobre la causa. Eso dice el acuerdo. ¿Es estéril? Probablemente si. Pero no perjudicial, como otros tratados firmados en los años ’90, por los cuales hoy debemos desembolsar cientos -cuando no miles- de millones de dólares en el CIADI.

    Por otro lado, no leo una sola línea criticando la vergonzante actitud de CFK. A un año de impulsar, y prácticamente imponer el memorándum en el Congreso, dice que quiere buscar otras opciones, y que de haber algo mejor, ella misma denunciará su propia política exterior. Una calamidad. El debate, y la búsqueda de alternativas, debe ser antes de aprobar el memorándum, no una vez ya aprobado. Por eso es una desgracia nuestra política exterior, hay muy poca seriedad. Como en algunos artículos de plazademayo.

    Saludos.