Venezuela: ¿Madura el knock-out?

Durante los últimos días, Venezuela atraviesa imponentes manifestaciones callejeras, denuncias de vandalismo, heridos, muertos, acusaciones cruzadas e intentos de ruptura del orden constitucional.

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El parcial abandono de la derecha venezolana a la vía democrática y al respeto de las instituciones legales vigentes, las diferencias metodológicas y tácticas entre los líderes de la oposición, las consecuencias de una economía estancada y los límites y desafíos del proceso bolivariano son las claves de esta situación.

 

Todo 13 tiene su 14 
El 11 de abril del año 2002, las fuerzas militares venezolanas desalojaron al por ese entonces presidente Hugo Chávez de su cargo, y con el apoyo de los sectores empresarios nucleados en Fedecámaras y parte del complejo mediático local e internacional, ubicaron al empresario Pedro Carmona como presidente interino.

La respuesta popular no se hizo esperar demasiado, y luego de dos días de confrontación en las calles de Caracas, diferentes interpretaciones sobre el origen y los causantes de los incidentes y una enorme atención internacional, Hugo Chávez regresó al Palacio de Miraflores el 13 de abril, y desde allí en adelante anunció sistemáticamente medidas que profundizaron las características del proceso venezolano que más irritaban a la derecha local.

“Todo 11 tiene su 13”, se leía pintado en cientos de muros de los barrios caraqueños, como advertencia bolivariana a aquellos que quisieran volver a intentarlo.

El 13, el año, no el día de abril de 2002, fue el año donde el hasta entonces presidente Chávez dejó la vida, luego de un intenso combate contra un cáncer que fue avanzando de manera imparable. También fue el año donde la sucesión bolivariana se encarnó en Nicolás Maduro; donde Henrique Capriles estuvo aún más cerca de acceder a la presidencia que en las elecciones anteriores (en octubre de 2012, Chávez obtuvo el 55% de los votos contra el 44% de Capriles, en abril de 2013, Maduro aventajó a Capriles por tan sólo un punto, 50% a 49%); y también fue el año donde la expectativa de la Mesa de la Unidad Democrática -el espacio que nuclea a gran parte de la oposición venezolana- se centró en obtener victorias significativas en las elecciones municipales de diciembre, para darle un golpe simbólico y real al poder electoral del PSUV.

El Gran Polo Patriótico, cómo se denomina a la alianza entre el PSUV y otros partidos chavistas, retuvo el 50% de los votos (contra un 40% de la MUD), y se quedó con 240 de las 337 alcaldías en juego. La expectativa opositora en terminar 2013 con una victoria sobre el chavismo se derrumbó.

Luego de las municipales, en las que la oposición había depositado numerosas expectativas, empezaron a aparecer con mayor nitidez una serie de discusiones y diferencias en torno a qué estrategia seguir para enfrentar al gobierno venezolano. Éstas se acrecentaron y aceleraron a comienzos del 2014, motorizadas por el agravamiento de una conflictiva situación económica que se manifestaba a través de un fuerte proceso inflacionario, el desabastecimiento de algunos productos esenciales y la brecha cada vez mayor entre el tipo de cambio oficial y el paralelo respecto al dólar estadounidense.

 

La salida

 

Leopoldo López Mendoza tiene 42 años, un título de Harvard, fue alcalde del Chacao -ubicado en el área metropolitana de Caracas- desde 2000 a 2008 y estuvo implicado en los sucesos del 11 de abril de 2002. María Corina Machado fue recibida en el Salón Oval por George Bush en el año 2005, cuando al por entonces presidente norteamericano le interesaba conocer “la perspectiva de la sociedad civil en cuanto a los valores democráticos en Venezuela”, actualmente es diputada de la Asamblea Nacional, fue precandidata presidencial por la Mesa de la Unidad Democrática y se ha declarado ferviente seguidora de las ideas de Margaret Tatcher.

Estos dos dirigentes fueron los que impulsaron con mayor fervor las manifestaciones callejeras del 12 de febrero, a las que denominaron “La Salida”, para reclamar por la liberación de los estudiantes detenidos, la inseguridad, la inflación y el desabastecimiento, entre otros temas. “La Salida”, como se proponían los manifestantes en Caracas y en el resto del país, buscaba empujar al gobierno de Nicolás Maduro a una retirada anticipada del poder.

Durante varios días, previos y posteriores al 12 de febrero (donde también se conmemora oficialmente el Día de la Juventud), las manifestaciones se extendieron, de uno y otro lado; la presencia de los líderes del oficialismo y de la oposición, buscando convocar y convencer a sus seguidores se hizo permanente; y las campañas de difusión -las ciertas y las difamatorias, usando imágenes de conflictos en cualquier otra parte del planeta- se extendieron a las redes sociales y los medios de todo el mundo.

 

Mesa de la desunión golpista

 

Cuando parecía que iba a suceder lo contrario, el intento de apurar la retirada del gobierno venezolano por la fuerza, empezó a mostrar sus límites a la hora de agrupar a los sectores opositores. Una combinación de diferentes visiones políticas, las habituales disputas por la conducción y el protagonismo en el espacio opositor y necesidades coyunturales, aceleraron e hicieron públicas las diferencias en torno a las manifestaciones y sus consecuencias.

Por un lado, Leopoldo López y Corina Machado radicalizaron sus llamados a la confrontación e incluso hicieron explícito el deseo de ver eyectado al PSUV del gobierno venezolano. López se entregó a la justicia, luego de varios días de clandestinidad, buscando un hecho simbólico fuerte, que mostraría la persecución política del gobierno de Maduro hacia él. Habrá que medir las consecuencias de su encarcelamiento, con el correr de los días.

Mientras que Henrique Capriles, el principal opositor político al chavismo hasta ahora, y quien había logrado unificar a los sectores más importantes de la oposición, fue moderando y mesurando sus intervenciones, llegando a declarar que “no están dadas las condiciones para una salida anticipada de Maduro” y diferenciándose públicamente de los llamados de Leopoldo López a aumentar la confrontación.

Para el gobernador de Miranda, la debilidad de las fuerzas opositoras pasa todavía por las dificultades a la hora de incorporar a los sectores populares a los reclamos, que se mantienen predominantemente en los sectores de clase alta y clase media. Capriles quiere esperar -por lo menos por ahora- a dirimir la continuidad del país en las elecciones, donde se mueve más cómodamente. Su intención es seguir capitalizando el descontento hacia el chavismo en términos electorales, evitando el surgimiento de liderazgos igual de opositores en las posiciones políticas, pero más radicalizados en la metodología que adoptan.

 

¿La salida?


En el artículo “Chávez, el legado y los desafíos”, que Boaventura de Souza Santos publicó luego de la muerte de Chávez, el intelectual brasilero esboza algunos de los límites que hasta ese momento había expresado la revolución bolivariana, e instaba a superarlos para consolidar la continuidad del proceso que, según él, había contribuido “a consolidar la democracia en el imaginario social. La consolidó donde es más difícil que sea traicionada, en el corazón de las clases populares”. Algo de eso también interpreta Capriles en su moderación circunstancial.

Uno de los desafíos era superar el histórico modelo económico venezolano, anclado en una economía rentista-extractivista, dependiente casi exclusivamente de los beneficios del sector petrolero. Luego de más de 15 años de gobiernos chavistas (con 17 elecciones nacionales realizadas, entre presidenciales, legislativas, constituyentes y referéndums), la necesidad de desarrollar un modelo alternativo, que incorpore valor agregado a la producción local, que enfrente al proceso inflacionario que afecta a los sectores que menos tienen, y que busque limar en lo profundo los límites de una producción nacional que incluso no llega a suministrar la totalidad de los bienes para abastecer las necesidades básicas de la población, sigue siendo el Talón de Aquiles de un fenómeno político que incorporó a millones de venezolanos que habían sido excluidos a lo largo de su historia.

La oposición venezolana intenta acelerar los tiempos de una “salida”, aprovechando un momento en que estas dificultades se traducen en carencias para un amplio espectro de la población, que obviamente incluye a los sectores populares que han sido la base sustancial de apoyo al chavismo. El gobierno, por su parte, resiste y contragolpea buscando desnudar las intenciones antidemocráticas de una oposición que, desde la llegada de Hugo Chávez, nunca logró legitimarse mayoritariamente por la vía de las urnas.

Pero paralelamente es fundamental que el gobierno bolivariano ponga el mayor empeño en la búsqueda de soluciones para problemas estructurales, que vuelven una y otra vez a producir negros nubarrones que descargan tormentas cada vez más fuertes sobre la democracia venezolana.