La democracia, dos años antes de la democracia.

Cartas editoriales publicadas en la edición especial de El Porteño al inicio de la democracia


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El Porteño nació por necesidad. Un grupo inicial de tres personas: Miguel Briante, Jorge Di Paola y yo, decidió vencer la impotencia que provocaba la realidad y disputarle espacio a la dictadura.

En cierto sentido no estábamos solos, existían ya Humor y Nueva Presencia. Pero en otro estábamos indudablemente solos: la incertidumbre, el miedo, así nos lo hacían sentir. Pero éramos (somos) lo bastante inconscientes como para intentarlo. El proyecto era dar espacio a la cultura en el sentido más amplio y anti-elitista posible. Incorporando casi obsesivamente todo aquello que estaba marginado, olvidado y prohibido.

Pero la situación política no era fácil de evaluar y, de todos modos, evaluar era irremediablemente censurar. Debíamos meter una cuña, que el principio no fuera notada y después, Dios diría.

Los aborígenes eran el principio, y fueron desde el primer momento, una de las preocupaciones fundamentales de El Porteño. El motivo era claro: fueron los primeros desaparecidos de América. Los más marginados y perseguidos. Eran y son, física y culturalmente, eliminados. Por eso fueron nuestra primer tapa.

La reconfortante sensación de haber estado a la vanguardia del periodismo argentino (y sin que esto signifique mucho. por el bajo nivel general) no alcanzaba a tapar la amarga sensación de haber comenzado con la revista cinco años tarde. La línea de la revista no era comprendida por muchos, la Argentina no estaba acostumbrada a encontrar en un mismo medio formas diversas y hasta opuestas de pensamiento. Para nosotros la democracia empezó antes. Ese fue el único real mérito de la revista.

Muchos ya no trabajan con nosotros; otros se incorporaron más tarde; pero todos mostraron un amor por su trabajo que El Porteño nunca pudo recompensarles. La inseguridad, el miedo. la bomba que destruyó la redacción, eran contrarrestadas por reconfortantes adhesiones de amigos y cartas de nuestros lectores.

Hoy, dos años y medio después de la idea inicial. El Porteño parece distinto y, sin que esto sea falso, El Porteño es la misma idea inicial más el compromiso que nos impone una realidad que necesita de cada uno de nosotros para conseguir desterrar la intolerancia. La tortura, la desaparición, la represión sexual, la cultural y todos los mecanismos de que se valen aquellos que hablan de libertad y nos imponen la dependencia .

Este número especial tiene por objeto mostrar a quienes no nos siguieron desde el principio algunas de las mejores notas que fuimos realizando desde octubre de 1981, cuando viajamos junto a Alfredo Baldo y Alejandra Lutteral a El Impenetrable Chaco, para hacer nuestra primara nota a los indios matacos, que salió a la calle en enero de 1982. Sabemos que la tarea que nos espera no va a ser fácil. Sabemos que hoy, en medio de una prensa milagrosamente democrática y humana, El Porteño queda tapado en un mar de revistas que se dedicaron durate años a mostrar como desayunaba Videla con su familia, o las actividades del subversivo Timerman junto a las dietas prácticas para adelgazar, mientras en las cárceles, en las prisiones, en los campos de concentración del régimen se torturaba y se eliminaba sistemáticamente a la oposición.

Hoy esas mismas revistas, más algunas otras, con todo su aparato económico y político siempre conspirativo detrás, hablan de derechos humanos. de libertad y de justicia.

Pero la gente, el pueblo tiene memoria.

Gabriel Levinas

 ………….

A mediados de 1980. decidí cumplir mi amenaza de dedicarme de lleno a la literatura y abandoné el periodismo y puse una librería que enfrentaba, patio por medio, un bar. Las tardes se demoraban en ese patio, los amigos, y hasta el champán. Aquellos que no habían podido escaparse de las redacciones pudieron haberme envidiado; hubo buenas charlas sobre literatura pero -corrido por algo que no conocía; la bicicleta, los vencimientos, los espasmos de Martínez de Hoz- cerré un sábado del final del invierno del 81 e inmediatamente sentí (o reconocí que había sentido todo ese tiempo) la nostalgia de una redacción. Me apuraba, también la plata, pero algo me decía que no estaba para volver a alguno de los medios habituales cómplices de la dictadura, y que algo -un espacio, un agujero- rondaba el aire. Viejo amigo de la literatura y otras revistas, frecuentador de la librería, Jorge Di Paola -tan poco dado como yo a trabajar metódicamente- produjo un reencuentro con Gabriel Levinas, quien (como yo con la librería) había cerrado su galería de arte. Ahí, en el perfecto espacio ̇único de la ex Artemúltiple que supo albergar, en momentos nada redituables, lo más avanzado de la plástica nacional- planeamos una revista mínima, para circuito cerrado. Pero nos fuimos a ver a los indios y yo escribí -creo- la nota más libre de mis años de periodismo, una nota donde la información no perjudicaba mi necesidad de relato, mi íntima necesidad de escritor.

Salimos; la gente vio otra cosa. Levinas ha evocado, ya, las peripecias de nuestro crecimiento y algunos momentos claves: las Malvinas, las primeras amenazas, la bomba. Las cosas que hicieron que nuestra solidaridad fuera cada vez más honda entre nosotros y con el pueblo. A los 24 números de aquel de enero de 1981, -de los cuales hacemos esta antología- dejo de ser, nominalmente, el Jefe de Redacción de El 
Porteño, para intentar, una vez más, volver a la literatura. Pero ahora 
sé que tengo un lugar donde volver, no sólo en el sentido físico de que
 exista El Porteño -donde siempre voy a seguir ensayando mis notas-
sino con la certeza de que ahora sí existe un espacio que pertenece a 
nuestro periodismo, a nuestra cultura. Un espacio nuevo del cual no 
somos del todo inocentes, que contribuimos a inventar.

Miguel Briante

Comments

  1. Jorge says:

    Levinas,un capo total!!!un fuerte abrazo desde Corrientes.

  2. ezequiel says:

    ¡Me formé desde pibe (tenía 10 años) leyendo El Porteño! Mi viejo era fanático y todavía tengo los números empaquetados y me acompañan en cada mudanza. Veo la tapa y recuerdo a muchos que han pasado por su redacción y no deja de sorprenderme el camino que han elegido algunos. Si me lo decían hace 20 años no lo hubiera creido.
    Un saludo gigante, Levinas!