Los medios ya no son lo que eran

Convergencia tecnológica y audiencias: dos temas ausentes en el debate sobre medios en Argentina.

medios

 

 

Pasó la audiencia convocada por la Corte a raíz del juicio de Clarín por la aplicación de los artículos de desinversión de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y seguimos hablando de eso como si fuera la “Ley de medios”. Lo que confirma que a cuatro años de la sanción de esa ley seguimos sabiendo bastante poco de su alcance y que regula apenas una parte de lo que hoy son los medios. Seguimos hablando mucho de propiedad y licenciatarios y poco de acceso y usuarios. Y si bien aparece bastante la palabra “monopolios” (así, en un plural que contradice el concepto), seguimos sin saber a ciencia cierta cuántas licencias en concreto existen en la Argentina, y cuánto de esas licencias audiovisuales representan el mercado de medios. La primera pregunta no pudo ser respondida con precisión por los representantes del Estado en la audiencia, con lo que seguimos sin saber qué porcentaje de las licencias que tiene el demandante representan el monopolio que acusa el demandado. Eso a pesar de que la ley 26.522 establece en su artículo 57 (que no está objetado por ningún juicio que impida su aplicación) que debería estar accesible a toda la ciudadanía un “Registro público de licencias y autorizaciones”. La segunda es todavía más incierta. Sobre todo porque muchos de nuestros consumos mediáticos no provienen ya de los canales de distribución que usábamos el siglo pasado.

La funcionaria elegida por el gobierno para ejercer el cargo de “Defensor del Público” presentó como base de su defensa de la posición del Estado algunos comentarios que se reciben en el sitio de la autoridad de aplicación. Sin embargo, es difícil establecer la representatividad de esos comentarios. Antes bien, conocemos que los programas más denunciados en el Comfer, antes, y la Afsca, ahora, son los que gozan de más altos niveles de audiencia. Y que esas señales estatales que, según la funcionaria, los públicos demandan que sean distribuidas por cable, no están en las preferencias masivas, a pesar de que desde 2010 se distribuyen gratuitamente por el sistema de TV digital abierta. Claro que todavía no conocemos qué cantidad de ciudadanos prefieren el sistema abierto satelital, aunque sabemos que los niveles de suscripción a sistemas pagos siguen siendo los más altos del mundo.

Tan ocupados en legitimar una política pública que hace cuatro años es ley, y por tanto, ya no admite más discusión que la derivada de su cumplimiento (“Dura lex sed lex” dice el adagio preferido de los juristas), que parece que en Argentina lo único que importa es la televisión por cable. Justo cuando sabemos que la televisión ya no es lo que era, como nos cuenta Kevin Spacey, protagonista del último éxito de la industria de entretenimiento, que no es televisión, ni cine, ni internet, porque es todo eso junto. El discurso del actor circuló en las redes y muchos citaron algunos fragmentos pero creímos que venía bien traducirlo completo y sumarlo a la discusión sobre los medios que se reactivó la semana pasada con las audiencias de la Corte. Especialmente porque el debate sigue girando alrededor de la emisión (¿quién tiene el cable/la licencia?) cuando lo que plantea Spacey es que la cuestión es el uso (¿qué hacen las audiencias?). Nos recuerda también que ya es irrelevante la discusión del dispositivo porque se ve televisión en pantallas que no siempre son las del televisor. La apropiación de las series que hacen hoy los usuarios es la señal de su éxito (páginas de fanáticos, comentarios en las redes, piratería, son indicadores del interés mucho más de lo que puede decir el índice de rating) y nada de eso se vio con ninguna de las series que se impulsaron con el propósito de renovar la pantalla. La conversación en las redes sobre las nuevas propuestas televisivas estatales es bajísima: por ejemplo, el canal tenía 354 suscriptores en agosto de 2012, y apenas duplicó esa humilde cifra un año después. Que la prioridad estatal sea la instalación de antenas de televisión y no de telefonía celular o de internet, que es donde convergen todos los medios, también confirma que sigue invirtiéndose más en la emisión que en la conversación y la libre circulación de contenidos. A pesar de que el señor Spacey nos cuenta que esto último es lo que define los medios. Dejamos la traducción de su discurso para abrir el debate, especialmente alrededor de dos preguntas:

 

* ¿Qué lugar tienen los públicos en el modelo de industria audiovisual que se promovió desde las políticas públicas en Argentina en los últimos años? ¿Hay algún ejemplo que pueda sumarse al modelo de medios del que habla Spacey?

 

* ¿A qué atribuye que sigan sin incluirse dentro de la discusión de acceso a los medios las tecnologías de comunicación como internet?

 

 

Discurso de Kevin Spacey en el Festival Internacional de Televisión “The Guardian” de Edimburgo, celebrado el 22 de agosto de 2013 sobre la serie de Netflix “House of Cards”:

 

Es un alivio para algunos de ustedes que no sea alguien con un trabajo importante en medios dando este discurso para obtener un trabajo aun más importante en medios.

“House of Cards”, creativamente, sigue el modelo empleado aquí en Gran Bretaña, donde la industria de la televisión nunca consideró que valiera la pena el esfuerzo de producir un piloto. Presentamos “House of Cards” a las principales cadenas televisivas y a todas les interesó la idea, pero todas querían que hiciéramos un piloto primero. Y no fue por arrogantes que ni a David Fincher (productor ejecutivo), ni a Beau Willimon (creador y productor), ni a mí nos interesara someter la idea a una audición, sino porque queríamos comenzar cuanto antes a contar una historia que iba a llevar mucho tiempo relatar. Estábamos creando una historia sofisticada, de muchas capas, con personajes complejos que irían revelándose durante el tiempo, con relaciones que necesitarían espacio para desarrollarse. Hacer un piloto consiste en describir en cincuenta minutos todos los personajes, crear clímax arbitrarios y fundamentalmente probar que lo que estás haciendo va a funcionar. Netflix fue la única cadena que dijo “Creemos en ustedes y tenemos información que nos dice que nuestro público va a mirar la serie. No hace falta un piloto”. Para tener una idea, el año pasado se hicieron 113 pilotos de los cuales 35 fueron elegidos para salir al aire, 13 fueron renovados pero la mayoría de ellos no pasaron. Este año se realizaron 146 pilotos, de los cuales 56 se convirtieron en series –aunque todavía no sabemos con qué resultado. El costo de estos pilotos fue de entre 300 y 400 millones de dólares por año. Eso hace que el contrato de “House of Cards” por dos años sea muy rentable.

Claramente el éxito del modelo de Netflix con el lanzamiento de la primera temporada de “House of Cards” en una sola entrega, probó una cosa: que la audiencia quiere tener el control, quiere libertad. Si tienen ganas de devorar la serie de una vez, como lo han hecho con “House of Cards” y muchas otras, deberíamos permitírselo. No puedo decirles cuánta gente me ha parado por la calle para decirme: “Gracias por sacarme tres días de mi vida”. Con esta nueva forma de distribución demostramos que aprendimos la lección que la industria de la música no quiso aprender: denle a la gente lo que quiere, cuando lo quiere, en la forma en que lo quiere, a un precio razonable, y es probable que prefieran pagarlo a robarlo. Bueno… algunos seguirán robándolo, pero creo que le podemos sacar un pedacito a la piratería.

Yo sostengo que en la próxima década, o en las próximas dos, va a desaparecer cualquier diferenciación entre las plataformas. ¿Trece horas de serie miradas todas juntas es algo muy distinto a una película? ¿Definimos a un filme como algo que debe durar dos horas o menos? Obviamente es algo más que eso. Si estás mirando una película en la televisión, ¿deja de ser una película porque no la estás mirando en un cine? Si mirás una serie de TV en tu Ipad, ¿ya no es una serie? El dispositivo y el enlace son irrelevantes. Las etiquetas son inútiles excepto, quizás, para agentes, gerentes y abogados que utilizan esas categorías para cerrar negocios. Pero para los jóvenes no existe diferencia entre mirar “Avatar” en un Ipad y mirar Youtube en un televisor o ver “Game of Thrones” en una computadora. Todo es contenido. Es solo una historia. Y las audiencias se manifestaron: quieren historias. Mueren por ellas, reclaman que les demos eso. Y ellos hablarán de ellas, devorarán esas historias, las llevarán en el ómnibus o a la peluquería, se las impondrán a sus amigos, las tuitearán, las comentarán en blogs, en Facebook, harán fanpages y Dios sabe qué más. Se comprometerán con ellas con una pasión e intimidad que ningún éxito de taquilla podría soñar. Lo único que hay que hacer es dárselo. El fruto codiciado está ahí, más atractivo y jugoso de lo que nunca ha estado. Sería una vergüenza que no lo tomemos.

Quiero dejarlos con las palabras de un buen hombre, que creó puentes entre arte y negocio, el señor Orson Wells, que dijo una vez: “Odio la televisión, la odio tanto como al maní. Pero no puedo parar de comer maní”. Gracias.