Tres mil seiscientos cincuenta días después. Una crónica a la muerte de Bolaño.

“Ahora soy poeta y busco lo extraordinario para decirlo con palabras comunes y corrientes”

Roberto Bolaño

Es el año 2005. Viene mi padre y me regala El gaucho insufrible, de Roberto Bolaño, a quien por entonces no conozco. Me lo da y dice recomendarlo porque, se supone, es muy bueno. Se queda callado y me doy cuenta –lo delata el “se supone”– de que lo compró para él y me lo regala porque debe haberle parecido una lisa y llana porquería (o una verdadera mierda, digamos). Y eso me alienta, por supuesto, y me lanzo a su lectura con perfecta predisposición. La vida entonces cambia rotundamente. Así como Enrique Vila-Matas advierte al lector en su primera novela (La asesina ilustrada) que puede morir –literalmente- al terminar de leerla, yo siento entonces que puedo vivir para siempre.

Con los días la sensación se va, no así el descubrimiento. Como muchos otros, entro de lleno en la máquina Bolaño. Pasan Los Detectives Salvajes, Estrella Distante, Amuleto, pasa Nocturno de Chile y Monsieur Pain, pasa Una Novelita Lumpen, los ensayos de Entre Paréntesis, el colosal 2666 y Los Sinsabores del Verdadero Policía. Después sus entrevistas, su poesía, los cuentos y el resto de su obra, que aun permanece inconclusa gracias a los baúles y archivos que guarda su familia.

Entre medio, desde aquel descubrimiento personal al día de hoy, hubo además una explosión en el mercado y un regadero pop de mitos rockanroleros y grafittis que lo elevaron (o apresaron) a la categoría de escritor de culto. El lugar me parece ingrato, pero es cuestión de tiempo hasta que deje el trono del fashion week literario (fashion decade sería más preciso), y llegue al verde pasto de los clásicos, donde un Ulises prodigioso le extenderá su mano y le pedirá, en un perfecto coitus interruptus, que le firme un póster de su cara. Yo, mientras tanto, me saco un pasaje a Barcelona y voy en busca de una crónica por los diez años de su muerte.

Diez años después

¿Quién fue, en verdad, Roberto Bolaño? La pregunta, hecha a diez años de su muerte (se cumplieron el 15 de julio), empieza a ser respondida lentamente.

Hijo de León Bolaño y de María Victoria Ávalos, nació en Santiago de Chile el 28 de abril de 1953. En el ´68 se mudó junto a su familia a la ciudad de Méjico, donde su padre trabajaba de camionero y madre de maestra. El joven Bolaño pasaba por entonces sus días encerrado en su cuarto dedicado de lleno a la lectura. “El salto de Chile a México me ha dejado casi indiferente. En Chile nunca tomé conciencia del país que habitaba. Y cómo iba a tomarla si todavía era un escolar pendejo que iba casi a regañadientes al liceo”, confesó en algún momento al periodista chileno Jaime Quezada, que entre el ´71 y el ´72 vivió en la casa de los Bolaño en la calle Samuel 27 del DF. En agosto del ´73 Roberto viaja a Chile con la intención de apoyar el gobierno de Allende pero con tan mal tino que apenas llega se sucede el golpe militar. Vuelve a Méjico y en esa segunda juventud por las calles del Distrito Federal suceden los encuentros fundamentales de su obra. Lo retratará luego en Los detectives salvajes, novela generacional en la que recupera la historia de su grupo de amigos y poetas que, completamente derrotados (“nuestro viejo & roñoso corazón de perdedores natos”), van quedando al costado del camino de la literatura. Pero no él, que pierde amigos en muertes de todo tipo pero no tenacidad. Pasados los 24 se va a vivir a Europa, y luego de trabajar en oficios varios (cuidador nocturno en un camping, vendedor, lavaplatos, vendimiador de temporada…), y vagar por Francia y España, se establece en Catalunya. Comienza a llevar cuentos a concurso literarios (el cuento “Sensini” retrata esta época y su encuentro con el argentino Antonio Di Benedetto), y poco a poco empieza a asumir que no solo será poeta sino también novelista, pero esto segundo solo para comer, porque se enamora y arma una familia y casi sin quererlo tiene que empezar a conseguir un sueldo. Entonces cede, y se dedica a ser poeta por convicción y prosista por necesidad. Se casa con Carolina López y tiene dos hijos: Lautaro y Alexandra, los herederos de su obra. Algunos años antes de morir se separará y pondrá en pareja con Carmen Pérez de Vega, quien será la encargada de internarlo y acompañarlo en los días finales.

Es, de todos modos, durante su matrimonio con Carolina cuando el reconocimiento llega a su literatura. Luego de algunas publicaciones menores, el editor Jorge Herralde lee un manuscrito suyo y le propone publicarlo. Roberto responde con cierta pena que se había comprometido con Seix Barrial por ese libro (“La literatura Nazi en América”). Herralde, viejo zorro en estos menesteres, le pide que le avise cuando tenga algo nuevo. Pasa menos de una semana y Bolaño se presenta en la misma oficina con “Estrella Distante”, su primer éxito y probablemente el mejor libro para entrar a su literatura. A partir de entonces la relación con el editor nunca se cortará. Más tarde llegará la primera obra maestra, el ya mencionado “Los detectives Salvajes”, que cosecha el premio Herralde y el Rómulo Gallegos. Su segunda obra fundamental y sin dudas la más importante (“la primera obra maestra del siglo XXI”, dijo Herralde), es “2666”, un bodoque de más de mil páginas de pura literatura. “Allí Bolaño logra la novela global”, dice el mejicano Juan Villoro en referencia a la universalidad y a la presencia del mundo entero en la novela. El mundo entero y un puñado de freaks que buscan al escritor Benno Von Archimboldi.

Sus últimos años los pasa viviendo solo en un departamento de la Costa Brava y escribiendo furiosamente, a sabiendas de que una insuficiencia hepática feroz lo estaba llevando a paso ligero hacia la muerte. Celina Manzoni, una de las primeras estudiosas de su obra, plantea que tal vez la cercanía de la muerte –o la conciencia de esa cercanía- es lo que dio tanta potencia a su prosa, como si al saber que se está apagando el reloj uno no tuviera tiempo más que para lo fundamental. Y lo fundamental, para Bolaño, no era otra cosa que la literatura.

Es por esos años, también, cuando su perfil público empieza a conocerse. Transita por entrevistas televisivas y responde siempre con calma. Dice cosas como que le hubiera gustado ser detective de homicidios para volver a la escena del crimen sin tener miedo a nada, dice que espera que su literatura entre en la casa de quien lo lea y abra y puertas y ventanas y después se vaya, dice cuando le preguntan si cree en la inspiración o en el trabajo que cree en el trabajo pero que cuando llega la inspiración uno se da cuenta de que el trabajo es una verdadera mierda. Trata y maltrata a los grandes consagrados del mundo de la literatura. Acribilla a Isabel Allende (“una ecribidora”), se burla de boom y de los gestos barrocos de Vargas Llosa y García Márquez. Recupera a decenas de escritores “menores” y hace culto de uno de los más luminosos poetas de Latinoamérica: Nicanor Parra. Su obra ensayística, aunque breve, funda las bases de lo que vendrá a fuerza de una honestidad tan brutal que varios de sus contemporáneos lo detestaban. Darío Jaramillo, por caso, dijo que le parece “un escritor de un solo truco”, y el colombiano Fernando Vallejo opina (u opinaba hace varios años), que Bolaño era “dueño de una prosa demasiado simple, de tipo: yo Tarzán, tu chita”. Muchos más son los que creen que fue el último gran escritor de Latinoamérica, entre ellos la crítica norteamericana Susan Sontag, que hace años escribe artículos que, digan lo que digan, terminan siempre con una sentencia simple: hay que leer a Bolaño.

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Su lugar en el mundo

La librería ahora es una habitación más bien rectangular cargada de libros apilados en secciones anárquicas que en nada ayudan al cliente. La librera, una mujer de 50 o 60 años, habla por teléfono atrás de un mostrador/estante que apila ejemplares de autoayuda. Se toma sus minutos para explicar la proporción perfecta de anchoas en tal ensalada y cuando corta, casi enojada conmigo por haberla esperado, me mira y pregunta en catalán qué estoy buscando. No sé cómo se dice eso en catalán, pero entiendo lo que dice porque es como si dijera exactamente eso pero con tono afrancesado. Le digo que busco algo de Bolaño, algún ensayo, un librito de poemas, lo que tenga, si es que tiene. Me mira raro. ¿Si tenemos algo de Bolaño?, repregunta, y se ríe como sorprendida, aunque no en serio, digamos que forzando la risa de sorpresa porque entiende que corresponde sorprenderse con mi pregunta. “Cómo no vamos a tener nada de Bolaño, hombre, si este es su pueblo”, dice finalmente la encargada de la librería de Blanes, donde Roberto Bolaño eligió vivir los últimos (o no tan últimos), años de su vida. Donde eligió vivir a secas, vivir y morir, que es lo mismo que elegir vivir para siempre. Blanes, una pequeña ciudad de 40 mil habitantes en la Costa Brava, al norte de Barcelona y de España, una pequeña ciudad que, como él mismo dijo, contiene “un pasillo débilmente iluminado que sin duda conduce al infinito”. Allí, en la librería de esa misma ciudad, Roberto Bolaño solía comprar y encargar libros. Me lo cuenta la vendedora, que asegura que es constante el peregrinaje de admiradores y cazadores de mitos. Me dice que claro que tiene libros de Bolaño, pero solo logra sorprenderme con un ensayo de Wilfredo Corral sobre las traducciones de la obra del escritor. Le pregunto por Carolina López, única esposa de Bolaño y madre de sus hijos, y me dice dónde encontrarla, pero luego Carolina no querrá hablar para este periodista porque hay mucho revuelo alrededor de ella y de los libros venideros (es la dueña de los derechos), y prefiere mantenerse en silencio. Entonces me dedico a recorrer Blanes y a mirar un rato el Mediterráneo, donde lanzaron sus cenizas, como si éstas pudieran venir a hablarme o fueran de pronto a posarse en mi hombro por algún viento epifánico para bañarme con la gracia. Como sea, hago las visitas de rigor y subo al tren de regreso a Barcelona. A los pocos días tendré una entrevista con Jorge Herralde, fundador y director de la Editorial Anagrama, además de amigo,  editor, y en algún punto descubridor de Roberto Bolaño.

Una entrevista

Jorge Herralde tiene 77 años y una usina cultural imparable creada a través de los libros. Es el fundador de la editorial más prestigiosa de habla hispana, Anagrama, la que tiene libritos de colores, o los amarillos tirando a beige, o los negros de ensayo, o los bordó bien brillosos. Fue el primero en publicar en español a Nabokov, a Bukowski, a Antonio Tabuchi, y a muchísimos otros más. Hoy solamente dirige el imperio ya que lo vendió (“por razones de edad”), pero quedó a cargo.

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Su oficina queda en una zona tranquila y alejada de Barcelona y es pequeñísima. Está instalada en el segundo piso de un edificio residencial, como si fuera una oficina de contadores medio pelo del microcentro pero con la diferencia de que es la sede central del gran sueño de muchísimos escritores en español. Después de varios pedidos de nota, muchos mails protocolares y algunos llamados molestos, su secretaria me concede la entrevista, asegurándose primero de que realmente soy un periodista y no un joven escritor en busca de ser publicado. Me dan una fecha y la dirección. Llego puntual. La recepción está pelada. Me explican que pocas semanas atrás se incendió. Nada grave. Atravieso unos carteles de libros y me recibe el señor Herralde. Entre otras cosas, hablamos de Bolaño.

-Herralde, ¿cómo explica usted el fenómeno extra literario que se generó alrededor de la figura de Bolaño?

-Bueno… Un autor que ha tenido el impacto que generó Bolaño tras su muerte (un impacto que no se genera a menudo en ningún país ni idioma), es un generador de leyendas impresionantes, y de todo tipo de mitomanías. Una de esas leyendas por ejemplo es que murió muy pobre y desconsolado. Eso es mentira. Por eso mismo escribí un pequeño libro que se llama “Para Roberto Bolaño”, para terminar con ciertos mitos que no tenían fundamento. Para conocer desde la boca del caballo, como se dice, la verdadera historia editorial de Roberto, al menos en su etapa final. Ya en vida él fue un autor consagrado, donde las angustias económicas que había padecido ya no las tenía. Había sido publicado en Inglaterra por una gran editorial y en Estados Unidos en una editorial pequeña pero prestigiosísima  como es New Direction, que publica de lo mejor de la literatura internacional. Además Susan Sontag había dicho que era El autor que había que leer, y eso le había hecho una fama importante.

-Y además, la fama estrictamente literaria, la de los lectores digamos

-Claro, es que ella llevó a la otra. Cuando publicó Los Detectives Salvajes tuvo un gran impacto. Y se dijo, entre otras cosas, que Ulises Lima y Arturo Belano eran como los Kerouac y Neal Cassidy de On the road… Eso contribuyó a la leyenda. Luego hubo una leyenda falsa propiciada por su tendencia a la escritura autobiográfica. Él escribió un cuento en donde el narrador era un yonki, y esto generó que en Estados Unidos se hablara de que él también era un yonqui… No había aparecido aún el libro Entre Paréntesis (NdR: compilado de ensayos de Bolaño al cuidado de Ignacio Echevarría), donde él habla de este cuento y deja en claro que su vida no era así. Creo de todos modos que estos son incidentes menores y que la potencia de su obra ha barrido por valor propio.

-Es un escritor que además genera, al menos a los jóvenes, muchísimas ganas de escribir.

-Sí, es cierto, da estímulo a jóvenes escritores. Algunos de esos estimulados son muy buenos por cierto. Y otros… bueno, está el inevitable problema de los epígonos con poco talento, ¿no? Otros dos casos notables tal vez hayan sido Bukowski y Thomas Bernhard, que a poco de publicarlos a ambos y tener éxito, la cantidad de manuscritos a la manera Bukowski o de Bernhard que recibimos ha sido notable. Es decir que son escritores muy contagiosos… Pero de esto no los debemos hacer responsables a ellos sino a los epígonos.

-Opinador de literatura como era, ha dicho por ejemplo que “la literatura del siglo XXI pertenecería al argentino Andrés Neuman y a algunos de sus hermanos de sangre”. ¿Qué opinión le merece esto y sus apreciaciones en general?

-Bolaño por un lado era muy crítico y leía a sus contemporáneos, lo cual no es tan normal en los escritores. Era un escritor omnívoro, leía todo. Autores vivos, autores muertos… Y era implacable con los consagrados, porque creía que se habían dejado llevar por el mercado, o que sólo habían pensado en eso; y luego era más bien benévolo, quizás demasiado benévolo, con algunos escritores contemporáneos. Yo recuerdo entre sus predicciones más acertadas su interés por autores como Vila-Matas y Javier Marías aquí en España, en Méjico por Villoro y Daniel Sada, por Rodrigo Rey Rosa; por Alan Pauls, Rodrigo Fresán y Aira en Argentina, en Chile por Pedro Lemebel… Todos ellos autores muy respetados y muy buenos.

-Su opinión de Neuman no lo convenció tanto veo

-Bueno, yo a Neuman lo aprecio y he publicado algunos títulos suyos, pero creo que es joven aun. Es muy ambicioso pero joven, creo que no llega a la altura de estos que he nombrado antes.

-Volviendo a la obra de Roberto, ¿podemos esperar algo para estos diez años de su muerte? ¿Alguna obra especial? ¿Algún nuevo título que se haya encontrado en sus archivos y se esté editando?

-Bueno, por el momento no, al menos que yo sepa. Pasa que después de la muerte de Bolaño fue Ignacio Echevarría el que se ocupó de editar su obra, pero finalmente su relación con Carolina López se truncó e incluso yo mismo estoy al margen de lo que haya por venir. Mi trato es con Andrés Wylie, el agente actual de Bolaño, y aun no me dijo nada. Al parecer hay muchísimo material. No sé si material terminado o no, pero hay mucho. No digo que sea como Pessoa, pero es un escritor con muchísimas obras póstumas. Así que probablemente haya más cosas por publicar, fragmentos por lo pronto y seguramente correspondencia, que debe ser emocionante.

Un homenaje

Patti Smith le escribió una canción y se la cantó en un escenario frente a miles de personas mientras su hijo, con una mata de pelo increíble, tocaba trabajosamente la guitarra intentando acompañar el homenaje. Patti Smith tranquilamente podría haber sido un personaje de Bolaño, no hay pruebas concretas de que no lo sea, un personaje lanzado a este mundo junto al fotógrafo Robert Maplethorpe, un personaje que se descubre poeta y termina en su tardía adultez cantando canciones acompañada del hijo del escritor que la inventó, que por caso se llama Lautaro Bolaño. Eso podría suceder, sin dudas, si Roberto aun estuviera vivo. Pero no. Su muerte ha terminado con esa ficción y con todas, aunque esto, claro, no es más que otra leyenda inventada bajo la dictadura de su ausencia. Sus últimos momentos pasaron durante la noche que iba del 14 al 15 de julio del año 2003, en el Hospital Universitario Valle de Hebrón de Barcelona. No perdió el pelo, ni los dientes, ni el valor, como si el valor valiera algo, como si el valor fuera a devolverle aquellos lejanos días de Méjico, la juventud perdida y el amor. Entró en un coma y así, vaya uno a saber pensando qué, Roberto Bolaño Ávalos murió en silencio. Y todo el resto es literatura.

Roberto-Bolaño