Taiwán, un reto para China

*Desde Taipei: Una de las economías más ricas del mundo, Taiwan busca conjugar la inserción internacional con el pluralismo político y cultural.

Memorial Nacional Chiang Kai-shek, en Taipei

Memorial Nacional Chiang Kai-shek, en Taipei

Foto: Pierre-Michel Virot

El Partido Comunista chino (PCCh) tiene previsto celebrar su congreso quinquenal el 8 de noviembre próximo, y como acostumbra cada diez años, se aguarda la renovación de los nueve miembros de su máximo órgano ejecutivo, el Comité Permanente del Politburó, encargado de conducir por una generación al coloso de 1300 millones de habitantes. Acaso la gran asignatura histórica pendiente desde la creación por Mao Tsé-Tung de la República Popular de China en 1949, es qué hacer con Taiwán, la “isla rebelde” semejante a la Cuba antiestadounidense del mar Caribe, pero en el Océano Pacífico, inicialmente una dictadura al estilo “franquista”, fundada por el rival anticomunista Chiang Kai-shek, hoy una próspera democracia multipartidista. Reportaje en Taipei, capital de Taiwán, autodenominada República de China, la “Silicon Valley” del pujante capitalismo asiático.

La mayoría de los denominados “circuitos integrados” de las tecnologías de la información insertas en aparatos fotográficos, teléfonos móviles y computadores portables, son fabricados en Taiwán, cuya superficie apenas equivale a Holanda. Con 23 millones de habitantes domina el 90% del mercado planetario de los componentes de ordenadores, es la 18va. potencia comercial del Globo, quinta productora de mega yates, y bajo su licencia se confecciona el 70% de las microplacas (chips) de tarjetas de crédito y de identificación que agilizan la vida moderna.

Vigesimosexta economía más rica de la tierra, Taiwán cuenta con la ventaja suplementaria que el 98% de su riqueza es obra de pequeñas y medianas empresas, aventando los problemas que causan los monopolios en el devenir armónico de cualquier sociedad. No es, por tanto, extraño que ocupe el cuarto nivel de reserva de divisas en el mundo (395,1 billones de dólares), carente de deuda externa, con moneda propia, el dólar taiwanés, y dispone de liquidez financiera. Su población, pluricultural y multiétnica, profesa una diversidad religiosa y goza de coberturas universales de salud y jubilación, amén de educación primaria y secundaria gratuitas. El Estado es laico y comparte con el vecino continente, el mandarín, la lengua tradicional china. Sin embargo, los insulares han sido marginalizados de la comunidad internacional por exigencia del régimen de partido único asentado en Pekín, el cual impuso su segregación de Naciones Unidas en 1971. Apenas 23 Estados reconocen a Taiwán, pese a que sus ciudadanos pueden viajar sin visas a 150 países.

“Somos todos chinos, pero no queremos perder el pluralismo político, la alternancia con elecciones democráticas transparentes, y criticar libremente a los dirigentes”, coincidieron al unísono diversas fuentes oficiales en Taipei, aludiendo a lo esencial que no debería avasallar un hipotético ayuntamiento con los antiguos enemigos. “Coincidimos que China es un solo país, pero tenemos diferencias de apreciación sobre lo que eso significa”, precisó Che-chuan Lee, investigador en el ministerio encargado de las relaciones con Pekín. El debate se profundiza a consecuencia de la aproximación entre los dos gobiernos, impulsado por el actual presidente taiwanés, Ma Ying-jeou, quien ha comenzado su segundo mandato de cuatro años al despuntar 2012. Líder del Kuomintang (KMT, centroderecha), sucedió a dos períodos de la principal fuerza de oposición, los independentistas moderados del Partido Demócrata Progresista (DPP, centroizquierda), que pregona una identidad taiwanesa, reticente a una fusión con los comunistas de “la otra orilla” del estrecho.

Para llevar a cabo el acercamiento, la formula de Ma Yin-jeou parece calcar el orden de prioridades de la construcción de la Unión Europea, es decir, primero una alianza económica, y recién luego la unidad política que selle la paz, mientras pregona públicamente acoger con simpatía las modalidades del proceso de reunificación de las dos Alemanias tras la caída del “muro de Berlín”, el 9 de noviembre de 1989. En los últimos cuatro años la reaproximación ha sido vertiginosa. Lo atestiguan las cifras del tráfico aéreo, después que en 2010 se regularizara el turismo, la cooperación industrial, judicial, educativa y agrícola, junto a la estimulación de las inversiones mutuas, la negociación comercial y el dialogo a través del estrecho: de los 26 millones de pasajeros que conectan anualmente con el extranjero vía los aeropuertos de Taiwán, “entre el 30% y el 40% se vincula con China continental”, afirmó Jackson Jai, de la división seguridad, en la Administración Aeronáutica Civil (MOTC). Su director general, Lee,Wan-Lee, puso el ejemplo que cien mil personas al mes no pueden viajar entre Shangai y Taipei por falta de plazas, no obstante los 588 vuelos semanales hacia quince ciudades de la “otra” china.

Esa contigua “orilla” se ha convertido en el principal exportador e importador para Taiwán, reconoció Amelia Day, directora de la División Comercial del Ministerio de Economía. Tal fenómeno de algún modo explica que un millón de taiwaneses residen y trabajan en China, recordando que 3 millones de turistas chinos han visitado Taiwán desde que se autorizaran los vuelos directos en 2008. Por cierto, la desaceleración del crecimiento de la economía de Pekín, la segunda del mundo -que se ralentizó, especialmente a raíz de la crisis de la deuda europea, bajando de un alza de 10,4% en 2010, a un 9,3% en 2011, cuyo declive en 2012 se frenaría en un 7,5%- ha tenido un impacto negativo en los índices de crecimiento de la economía taiwanesa, que de un 10% en 2010, cayó a un 4% en 2011, con previsiones de subir un 1,8% en 2012.

Pese a ello, la totalidad de las exportaciones e importaciones han progresado un 12% en relación al año anterior, ubicando a Taiwán en los puestos 17 y 18 de dichos rubros en la escala de la Organización Mundial de Comercio (OMC), disfrutando de un excedente comercial de 26,82 billones de dólares, con menos de 2% de inflación anual. En 2011, el Producto Interior Bruto (PIB) trepó a los 467 billones de dólares (20 mil dólares per cápita) y las inversiones en proyectos de desarrollo anunciadas por el gobierno, planificadas para terminar de realizarse en 2016, superan los 135 billones de dólares.

Descubierta por los holandeses en 1624, aventureros españoles establecieron una base en 1626, a quienes se atribuye el primer nombre de la isla: Formosa (por “hermosa”). Los holandeses retomaron el control en 1642, siendo expulsados veinte años más tarde por los chinos. Anexada en 1895 por la colonización japonesa, hasta la derrota nipona en 1945 al concluir la Segunda Guerra mundial, Taiwán fue devuelta a China por decisión de los vencedores: Estados Unidos y Gran Bretaña. Al perder en el conflicto interno contra Mao Tsé-Tung en 1949, Chiang Kai-shek se replegó con 1,2 millón de personas a Taiwán, reinstalando allí la original República de China. Trajeron consigo los tesoros imperiales de artesanías, pinturas, caligrafías, bronces y porcelanas chinas que se exhiben en el Museo Nacional del Palacio en Taipei, y atraen la curiosidad de los turistas de “la otra orilla”, al igual que el Memorial Nacional Chiang Kai-shek. Sus sucesores del Kuomintang (KMT) gobernaron bajo la Ley Marcial hasta 1987. Opositores reprimidos por reclamar la democratización en 1979, organizaron en 1986 el Partido Demócrata Progresista (DPP), que triunfara en la segundas elecciones presidenciales libres de 2000, aupando hasta el 2008 en el poder a Chen Shui-bian.

La recuperación en ese año de la Presidencia por el KMT de Ma Ying-jeou, no solo trajo aparejado el deshielo con China ya evocado, sino también la expansión de los lazos económicos bilaterales en la región, particularmente con seis miembros de la ASEAN (Tailandia, Malasia, Indonesia, Filipinas, Singapur y Vietnam) además de Japón, India y Nueva Zelanda. Para contrarrestar el aislamiento provocado por su alejamiento de la ONU, antes que la Asamblea General le otorgara el escaño chino a Pekín hace 41 años, Taiwán ha conseguido ser admitida por la OMC en 2002, y conquistó el estatuto de observadora en la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 2009. Stephen Shu-Hung, ministro de Medio Ambiente, sostuvo que su país está en condiciones de firmar la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), que acata el Protocolo de Kioto para reducir voluntariamente los gases de efecto invernadero (GHG), y acepta las metas de los demás convenios sobre sustancias que agotan la capa de ozono, el tratamiento de desechos, la utilización de tóxicos y pesticidas, la vigilancia de fauna y flora silvestres, la contaminación marina y la diversidad biológica.

Al tiempo, Taiwán despliega una ofensiva significativa en el plano de los derechos humanos, quizá su manera de avanzar hacia un mayor reconocimiento y tal vez asumir una participación comprometida de seguimiento de las grandes decisiones de la humanidad en materia de libertades públicas y derechos individuales. A pesar de estar imposibilitada de ratificar los instrumentos de Naciones Unidas por no ser Estado parte, mediante leyes votadas en el Parlamento local y aprobadas durante la gestión del Presidente Ma -quien fuera ministro de Justicia en 1993- su gobierno ha asimilado en su legislación el contenido de los dos Pactos fundadores de la ONU, el de los Derechos Civiles y Políticos, y el de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales, y la Convención sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW). Otras quince convenciones de Naciones Unidas respecto a derechos humanos están al estudio de absorción, en paralelo al compromiso de acoplarse progresivamente a la recomendación de la ONU de abolir o establecer moratorias a la pena de muerte, una condena penal que, en los sondeos de opinión, reúne el 82% de respuestas favorables para mantenerla, según Shou-Huang Chen, viceministro de Justicia. “Se aplica exclusivamente en casos muy graves y en otros propiciamos penas de sustitución”, aseguró Kuo, Ming-Li, alto cargo del Ministerio Fiscal.

Entre los antecedentes del Presidente Ma Ying-jeou están haber estudiado derecho en Taipei, y obtenido un doctorado en la célebre Universidad norteamericana de Harvard. Nació en Hong Kong e integró la task force que viene negociando los tramos finales de un acuerdo definitivo con Pekín, experiencia que lo sitúa en una posición inmejorable para tomar decisiones irreversibles. Es de imaginar que no quiera para Taiwán lo mismo que lo concertado para su nativa Hong Kong en 1997, y para Macao en 1999, ex colonias del Reino Unido y Portugal, que serán incondicionalmente restituidas a China al cabo de 50 años de autonomía. Le debe preocupar la suerte reservada al Tíbet, con territorios invadidos y reprimidos sistemáticamente por Pekín, desde el exilio en 1959 del dalaï-lama Tenzein Gyatso, en Dharamsala (India), a quien no le sirvió de nada abandonar la reivindicación de la independencia del Tíbet ante el pleno del Parlamento Europeo el 15 de junio de 1998, (Premio Nobel de la Paz 1989), y solicitar a cambio una autonomía, petición que fue rechazada por los dignatarios del PCCh.

Sobre todo el Presidente Ma Ying-jeou no puede ignorar que de las encuestas reveladas por su propio gobierno, emerge el deseo preponderante de sus conciudadanos en conservar el status quo y dejar para más adelante resolver sobre la reunificación o la independencia. Su fórmula de mejorar la integración económica con respeto mutuo manifiesta estar guiada por “la prioridad a Taiwán en beneficio de los taiwaneses”. En ese contexto la alternativa de los extremos resultaría inviable pues la reunificación inmediata provocaría un levantamiento masivo, y la declaración de independencia sería inaceptable para China “Popular”, que apunta a Taiwán con 1300 misiles balísticos.

La búsqueda de la solución parece orientarse a que China digiera una confirmación de facto de la independencia de Taiwán, aunque no sea formalmente declarada. Ningún gesto tendría que provocar la ruptura con China. Tampoco menospreciar la identidad taiwanesa. El modelo a construir da la impresión de promover una integración de “dos áreas” en un destino común, vale decir un solo país, cuya virtud tendría por objeto reunir sin reunificar, con garantías a Taiwán de preservar sus instituciones, la soberanía democrática y el respeto de los derechos humanos, en línea con los estándares de la ONU. Semejante labor requeriría concesiones mutuas, donde nadie pierda la credibilidad, un consenso que termine plasmado en un “tratado de paz”. Arduo programa.