La muerte del cazador

Un breve cuento sobre la muerte de Morocho Patrocinio.

El fuego se elevaba por encima de los algarrobos. Las chozas estaban contagiadas de luz amarilla. y un humo blanco esparcía por el monte el inconfundible olor del palosanto.

Los niños jugaban con disimulo alrededor de la casa ardiente, los hombres hablaban en voz baja y las viejas lloraban. Por primera vez vi la imagen final del indio , sabía que era la forma de terminar con el duelo.

Recordaba cuando la voz de Morocho se imponía en las discusiones de la tarde, era la última que resonaba mientras los demás escuchaban. Morocho Patrocinio, hijo del viejo Patrocinio. Pescador y cazador como su padre, maestro de sus hermanos en el arte de oír bajo el agua el ronquido de un yacaré, el ruido de las pirañas o percibir bajo las turbias correntadas del Pilcomayo el momento exacto en que se debe levantar la red para atrapar un dorado.

No se equivocaba. Morocho era temido por caciques y delegados, respetado y oído, era el mejor cazador. Pero sufría por un animal herido, ayudaba a su viejo.

Por las noches contaba sus aventuras de caza. Contaba de los últimos tigres y de los últimos guerreros.

De los primeros curas y de los gringos. Sabía de batallas y sabía sembrar. Ya tenía más de cincuenta años cuando lo conocí. Juntos aprendimos la tarea de cazar yacarés, porque esta vez debíamos sacarlos vivos, sin dañarlos.

Morocho era el primero en entrar al agua, muy pocos lo seguían: Silvestre y Pedro Isauro, sus hermanos y Aurelio Martínez. Los demás miraban temerosos y en silencio desde la orilla. El yacaré nos unió en un trabajo común y luego en una amistad que terminó antes de lo deseado. Sus manos expertas estaban débiles al costado de su cuerpo, antes musculoso y ágil; ahora una sábana cubriendo la mirada perdida y la expresión de miedo. Estaba en el hospital, desahuciado.

Le llevé “queso gringo” como él decía y casi no lo probó. Luego seguí viaje recordándolo con tristeza. El que estaba en el lecho, humillado ya no era él. A los dos días me llamaron por radio para que lo pase a buscar.

Estaba con sus familiares en el pueblo sentado sobre un catre, vestido con un pantalón gris y camisa floreada. Lo ayudaron a pararse y a caminar, sus piernas abiertas no respondían. Comprendí su desesperación, se sentía indefenso, repentinamente inútil. Subió a la camioneta junto con Aurelio que lo sostuvo durante el viaje a su casa, ochenta kilómetros hacia el norte. Preguntaba de tanto en tanto donde estaba, luego se desvanecía.

Cuando pasamos frente a El Escondido pensé que había muerto. Súbitamente se incorporó, extendió su mano y mientras miraba fijamente el piso de la cabina, tomó la linterna de abajo del asiento e iluminó el sitio donde aún permanecía su mirada, -“ajliotaj” pichones – dijo bajo y firme para no asustarlos, como cuando desde la canoa en la noche, descubría un nido con crías de yacaré.

Sonreí al recordar que horas antes no había podido encontrar la linterna que guardo habitualmente en la guantera y el la tomo directamente. Luego se desvaneció por el resto del viaje. Todo el pueblo lo esperaba junto a su casa. Lo acomodaron afuera, sobre un catre de palo y cuero, junto al fuego.

El viejo Patrocinio me mandó a buscar a Pepe, el curandero.

Pepe vive a media legua, separado de “Quebracho”. Ya era de noche y nos recibió su mujer – Está cazando león para Cantalisio Elba – mientras señalaba con su cabeza la dirección. Llegamos hasta la casa de Elba, más cerca ahora, desde que el bañado inundó su rancho y tuvo que correrse al lado del camino.

Cientos de ojos rojos se abrían hacia ambos lados, huyendo de la luz del vehículo. Los perros ladraban sin cesar mientras las cabras alcanzaban ya a esconderse en el monte. Cantalisio Elba se acercó y nos dijo que Pepe estaba a la orilla del bañado. Pepe conoce como nadie a los leones (así le dicen al puma), y con su perrito negro los mata a pedido de los hacendados del lugar para evitar la pérdida de ganado.

Aurelio bajó a buscarlo। Pepe apareció enseguida con un cuerpo de puma en una mano, estirado por tres varillas y un rifle en la otra सु hijo levantó al perrito y volvimos a “Quebracho”.

Pasamos primero por la casa de Pepe para dejar al perro, el cuero, el rifle y levantar una bolsa en la que guarda sus herramientas de curación Luego fuimos a buscar vino a mi casa. Pepe necesita el vino para acelerar su trance.

Cuando entramos “la mary”, una leona que Morocho solía pasear orgulloso por la casa, se intranquilizó. Corría alrededor de un poste de quebracho mientras maullaba sin perder de vista a Pepe. – Sabe que somos contrarios – dijo sonriendo.

Cargó las botellas de vino y se fue caminando despacio, a empezar su trabajo.

Mary se tranquilizó. Después de cenar fui a acompañar a Morocho.

De lejos se oía cantar a Pepe. Había hecho otro fuego un poco más lejos con grandes troncos. Más de un centenar de hombres, mujeres y niños rodeaban el catre, en silencio.

Perros, gallinas y algún chancho con sus cuchis caminaban entre la gente; algunos hablaban en voz baja.

El viejo Patrocinio, nervioso, sospechaba de alguna ojeada o maleficio.

Más y más aborígenes venían de todas direcciones y distancias para acompañar a Morocho. El cazador se inclinó hacia adelante y comenzó a hablar; todos callaron।Contó primero su niñez de pescador en el Pilcomayo, su aprendizaje।Por momentos parecía un hombre delirando en su lecho de muerte, pero el delirio se organizaba en la narración cronológica de su vida, sus historias de caza, las persecuciones, las heridas, su enfrentamiento con el tigre।Paso a paso su vida transcurría a través de los hechos más importantes, detallados de forma tal que podía aprenderse de ellos como sobrevivir en el monte y en el río।Entre las pirañas que le robaron parte de su talón y el paisano muerto por un oso hormiguero, la maravillosa historia de Morocho derrochaba ternura, valentía y dignidad। Pepe continuaba su monótono canto y se podía oír a ambos sin que uno moleste al otro. Los niños escuchaban atentamente, los más viejos movían sus cabezas asintiendo, reconociendo o demostrando, en algún caso, su participación en la historia. Aveces comentaban y agregaban opiniones a las enseñanzas de Morocho. Toda la noche habló, luego durmió un rato y al mediodía siguió con sus relatos, pero en realidad creo que seguía dormido mientras hablaba.

Bajó el sol y más gente vino desde Pozo de Maza, La Brea, El Algarrobo, El Potrillo. Pepe no podía detener el avance de Morocho hacia la muerte. El tiempo se acababa, la historia era contada inexorablemente. Consumía en eso sus últimas energías.

Con la misma fuerza que vivió, ahora moría. Cuando escuché que me nombraba – Un día llegó el gringo de los yacarés -, y comenzó a relatar detalle de historias que reconocí como propias, sentí orgullo y dolor. Estaba terminando ya su historia y su vida. Lo envolvimos vestido en su manta, y luego en un nylon negro que usaba para cubrir parte del rancho durante las lluvias.

Lo cargamos en la camioneta para llevarlo al camposanto.Cancio Vega, viejo amigo de Morocho, cavó la fosa. Pedro Isauro lloraba como un niño. Aurelio ayudó a Cancio a cavar el pozo, y en el fondo, hacia el costado otro hoyo más pequeño.Los demás buscaban ramas para poner sobre su tumba.

Acomodaron el bulto negro junto al tocadiscos, sus botas, pantalones, camisas, cuchillos y el mate. Todas sus cosas fueron instaladas junto a él y luego con las ramas protegieron “la puerta” del hoyo del costado.

Luego echamos la tierra en el foso y encima de ella cada uno puso ramas. El fuego estaba terminando de consumir la casa del indio. Las chozas recuperaron su color habitual. La noche, sin viento, dejaba oír como los perros cuidaban sus territorios, como los cabritos buscaban a sus madres. El olor del palosanto se hacía cada vez menos intenso desalojado por el aroma habitual del monte.

El bulto era demasiado pequeño. No era posible que estuviese allí, Morocho era más grande.

Comments

  1. daniela says:

    me emocionaste gaby. gracias por tan buen relato.
    damos pena por acá, no ?

  2. Gustavo says:

    Muy buen relato.