Once: la denuncia que faltaba

En la tragedia de Once, no solo murieron 51 personas y 700 resultaron heridas. En medio de la desesperación, integrantes de las Fuerzas de Seguridad, la justicia y los oportunistas de siempre, les robaron dinero, celulares y hasta un anillo de boda a las víctimas. 

 

El dato no es menor. El robo de pertenencias a los fallecidos es otra cara de la tragedia de Once. Mientras que familiares de las víctimas buscaban a sus parientes, las pertenencias de sus cuerpos eran ultrajadas sin piedad. ¿Es posible imaginar que existió un plan ideado por algún referente de las Fuerzas de Seguridad? La similitud de los relatos demuestra que no se trató de la viveza de una única persona pues, no se trató de una excepción sino de una situación regular que padecieron ocho familias entrevistadas para esta investigación.

 Cabe aclarar que, los familiares no realizaron las denuncias correspondientes pues, en el momento de descubrir el faltante de dinero u objeto de valor de su pariente fallecido, tenían otros motivos más urgentes para ocuparse. Así lo recuerdan Viviana, la hermana menor de Carlos Garbuio y su tía Elisa Ojeda, Carlos era un joven de 31 años que tomó el tren Sarmiento en Ramos Mejía rumbo a su trabajo en el centro porteño como de costumbre. Hacía poco tiempo que Carlos convivía con su novia y llevaba orgulloso, en el dedo anular de su mano izquierda, su alianza que atestiguaba el compromiso asumido. “Lo que no está, lo destruyeron”, le contestaron a Graciela, la madre de Tatiana, una joven de 24 años que fue parte de las 51 víctimas fatales.

“Es real suponer que esto no fue un caso aislado” sentencia José Pontiroli, padre de otra joven muerta quien reconoció a su hija por un tatuaje luego de idas y vueltas. “Al día siguiente de la tragedia, hablé con el comisario responsable de la 5º y me dijo que las pertenencias estaban en la departamental de ferrocarriles” recuerda Pontiroli con indignación. El 24 de febrero se dirigió al lugar señalado con la esperanza de encontrar las pertenencias de su hija quien, esa mañana, había viajado a Once para comprarse algo de ropa, “un jean y una camperita”. En la morgue judicial, le confirmaron al desconsolado padre que “las pertenencias no están, alguien las debe haber robado”.  La hija de Pontiroli, nunca llegó a los locales de ropa y el dinero que iba a gastar, jamás apareció entre sus pertenencias. El momento en que se le fue sustraído, es un misterio que nadie tiene respuesta. Casualmente, muchos de los 51 muertos en la tragedia, fueron asaltados pero ¿en qué momento?

 Otra familia denuncia que su hija tenía en su bolso personal o en el bolsillo de su jean, un celular Black Berry que había comprado 72 horas atrás. El celular no apareció pero ante el reclamo constante de su padre, en la comisaría 5º le devolvieron, dentro del bolso de su hija, “otro celular roto y viejo”. Los cosméticos importados que llevaba dentro de sus pertenencias también se evaporaron como por arte de magia. El padre sentencia: “Que Dios los castigue”.

 La pelota se la tiraba la policía a los bomberos y éstos últimos echaban responsabilidades en los rescatistas. “Le lloré a un oficial que me dijera dónde estaban las pertenencias de mi hija para encontrar la célula de ella y ni siquiera se apiadaron de mi desesperación” concluye otro padre gritando de bronca. La familia de Garbuio agrega que Carlos, esa mañana iba a comprar luego de su jornada laboral, unas entradas para ir al teatro. “Esa plata la tenía, en un bolsillo, fuera de la billetera por temor a un asalto”. Ese dinero, entre 500 y 700 pesos, tampoco apareció. A Carlos lo asaltaron luego de dejar este mundo. “Tuvieron la viveza de ser prolijos, lo que estaba fuera de la billetera, se lo sacaron todo” explica la hermana de Carlos.

 Muchos de los familiares de Once quieren confiar en la investigación del Juez Bonadío. Otros han perdido la confianza en la justicia. Algunos se entusiasmaron con la quita a la concesión de la línea Sarmiento a TBA y festejaron que uno de los Cirigliano fuese detenido. Algunos perdieron la fe, otros están llenos de bronca y dicen que no pararán hasta que “todos los responsables de tanto sufrimiento paguen por lo que hicieron”. La madre de otro joven, fallecido esa mañana que, por temor a represalias, cuenta su historia en estricto off recuerda el momento en que fue recibida por la Presidenta de la Nación. Fue 48 horas después de la trágica mañana en Casa Rosada: “Me abrazó y lloré sobre su hombro. En ese instante, me dijo como si nada: ‘Estos chicos, todo por llegar primeros…’ ” Ella también apoyaba la nefasta teoría del saliente secretario de Transporte, Juan Pablo Schiavi quien, en conferencia de prensa –sin preguntas- había declarado que el número de víctimas había sido mayor por la costumbre de los pasajeros de ubicarse en el primer vagón del tren. La madre no quiso escuchar nunca más un discurso de la Presidenta.

 La hermana de Carlos Garbuio, Viviana, se indignó cuando vio por televisión los aplausos de diputados, senadores y funcionarios cuando Schiavi dejó su cargo. Se animó a encararlo a Agustín Rossi: “No entiendo qué aplaudieron el otro día”, le recriminó. El diputado del oficialismo le contestó imperturbable: “Lo aplaudí porque fue un gran compañero”. Hoy, la hermana de Carlos, dice que perdió la fe en todo, inclusive en Dios.

 A todos los une el dolor de haber perdido un ser querido. También, el deseo de querer volver el tiempo atrás. Pero hay cosas de las que no se vuelve: Ni de la muerte ni de robar a los que perdieron la vida. Imperdonable.