El dato es que no hay datos

La ausencia de estadísticas oficiales, reglas del juego poco claras y las dificultades en acceso a la información acentúan la polarización.

 

Toda competencia deportiva requiere de ciertas reglas por todos conocidas para poder desarrollarse y llegar a buen término.
Del mismo modo, los índices de inflación, datos duros confiables o marcos legales son la base necesaria imprescindible para que se llegue a algún consenso o acuerdo.
Desde hace un tiempo, y como nunca antes, se nos impide a los periodistas y, por ende, a la sociedad toda, el acceso a la información de los datos estadísticos o de cualquier índole que reflejen la actividad estatal: licitaciones, presupuestos, gastos de las reparticiones, listas de empleados, salarios, etc.
Las reglas y hasta el tamaño de la cancha son alterados de manera errática y con un plan inescrutable que parece ser dictado por los humores o las necesidades coyunturales.
Muchos funcionarios e intelectuales, quienes paradójicamente siguen llamando “El Proyecto” a este proceso, no se animan a emitir sus opiniones o a identificar a los problemas públicamente. Tal vez porque teman que luego puedan ser desmentidos desde la Rosada a partir de una decisión impensable en el pasado reciente.
La carencia de datos duros confiables y aceptados por todos exacerba la subjetividad. Las discusiones se transforman en disputas entre fanáticos de dos clubes de fútbol que interpretan un accidentado penal.
El dato es que no hay datos.
En los once documentos de Carta Abierta (el grupo de intelectuales que apoyan al Gobierno) no aparece un solo dato duro o estadístico. Tampoco cuando hablan de monopolios o poderes concentrados los identifican con nombre y apellido.

 

Pero como es imposible hablar de logros sin decir alguna cifra, podemos escuchar casi semanalmente a nuestra Presidenta tirando números y aseveraciones difíciles de verificar.
“Construimos 1.250 escuelas nuevas”. “Nadie construyó más escuelas quenosotros”. Las 1.250 escuelas son en realidad 1.050 y no son todas nuevas. El 65% preexistían y fueron trasladadas a construcciones nuevas y algunas sólo fueron refaccionadas de alguna forma. Esa cifra aparentemente impresionante, si fuera cierta,es insuficiente para cubrir las necesidades educativas y fue triplicada en el período 1984/1994 en el que se construyeron 5.000 nuevas escuelas.
Uno de los ejemplos más interesantes respecto de las cifras oficiales con las que se construye “el relato” lo podemos encontrar en la Formosa de Gildo Insfrán.
Esta Provincia acusa 2,2% de desocupación. Un dato envidiado por países como Noruega y Finlandia que pertenecen, tradicionalmente, al grupo de los de menor desocupación del planeta. Ellos tienen tres veces más desocupación.
Quien haya tenido la oportunidad de viajar por las tierras del vinal y los yacarés sabe que puede ser que la Provincia esté mejor en algún aspecto que 20 años atrás, pero deberá contener la risa si piensa en el índice ostentado por el Gobierno por respeto a los miles de niños y ancianos que mueren todos los años por problemas de nutrición, falta de agua potable o enfermedades curables.
Para teatralizar un poco la situación, me imagino la siguiente escena: una apacible tarde de otoño a las orillas de un río del sur, un conocido constitucionalista vestido con impecable equipo de color caqui intenta pescar con una liviana caña deportiva una trucha arcoiris.
A unos metros de distancia, un lugareño con una gruesa caña, un cordel anudado en la punta, un anzuelo encarnado en su extremo con un pedazo de salamín.

 
Eso no es correcto  -dice en voz baja el constitucionalista-. Esa forma de pescar no es justa para el pez, la caña debe ser más fina, no se debe usar carnada. El pez debe tener la chance de escapar, de pelear en igualdad de condiciones.
Yo no estoy haciendo deporte, señor. Tengo que alimentar a mis 5 hijos-le responde el lugareño al tiempo que pega velozmente con un palo corto a la trucha en la cabeza para guardarla en su bolsa.


Y mientras ambos discuten sobre cómo debe pescarse, aparece repentinamente un camión de la Presidencia de la Nación con un cartel que dice “Pescado para todos”.
Se bajan dos jóvenes de la Cámpora, y sin decir agua va, tiran dos cartuchos de dinamita al río. Tras la explosión, cientos de peces muertos quedan flotando.
Los recogen, los cargan en cajones al vehículo y se van hacia el pueblo cercano a repartir el pescado.

 

 

* Texto completo de nota publicada en Clarín el 21/04/2012