Del Peronismo solo queda el recuerdo

El peronismo vive de las glorias pasadas porque en el imaginario popular no existe otro partido que se ocupe de los pobres.

De aquel peronismo que en los años cincuenta amplió la ciudadanía a quienes hasta ese momento carecían de los más elementales derechos, solo queda el recuerdo, la épica, el discurso, la nostalgia de algo perdido. Y nada más.

Hace ya muchos años que el peronismo dejó de expresar los intereses y necesidades de los pobres. A pesar de sus promesas de inclusión y lucha contra la miseria, la realidad nos muestra, a través de datos precisos, que el movimiento que representaba a los humildes, ha decidido abandonarlos librados a su propia suerte. De aquel peronismo que en los años cincuenta amplió la ciudadanía a quienes hasta ese momento carecían de los más elementales derechos, solo queda el recuerdo, la épica, el discurso, la nostalgia de algo perdido. Y nada más.

El movimiento peronista ha olvidado las viejas consignas y las políticas concretas de inclusión por el trabajo y el acceso a la vivienda, la salud y la educación. Y las ha cambiado por planes sociales que mitigan, pero no resuelven la situación de extrema pobreza en que viven millones de compatriotas.

 El partido de los humildes se ha convertido en un partido de millonarios.

Hace ya un cuarto de siglo que el peronismo gobierna en la provincia de Buenos Aires. Es dueño y señor de ese territorio. Pero no ha logrado, siquiera intentado, resolver la situación de dos millones de personas que viven en la extrema pobreza, habitando casi mil villas miseria donde no hay agua, ni gas, ni cloacas, ni pavimento. ¿Escuelas? Escasas y de un pésimo nivel educativo. ¿Centros de salud? Pocos y con falta de recursos elementales.

La propaganda oficial, no obstante, abrumó durante los últimos 25 años con inauguraciones fantasmas. ¿Cuántas obras anunciaron Cafiero, Ruckauf, Duhalde, Solá? ¿Cuántas cintas cortaron para presentar hospitales que funcionan a medias, viviendas que al cabo de un año son una ruina, escuelas que carecen de maestros porque pocos se atreven a ingresar en zonas peligrosas?

El peronismo ya no es lo que alguna vez fue.

En el orden nacional son 19 los años de administración peronista y el fenómeno se repite en todas las provincias, especialmente en las del NOA y NEA, gobernadas por peronistas. Millones de personas viven en condiciones donde se acumulan carencias, necesidades y derechos vulnerados. La mayoría depende de subsidios de diferente tipo, administrados y distribuidos discrecionalmente por los distintos ministerios nacionales, los gobiernos provinciales y los municipios, en ese orden.

Solamente en La Matanza hay 42 villas y 27 asentamientos en donde viven –si es posible utilizar este vocablo– 139.871 personas. Entre ellos hay muchos niños que llegaron, y seguirán llegando a la adolescencia sin haber terminado la escuela primaria. En el distrito de Quilmes hay 16 villas y 32 asentamientos que congregan a 120.097 argentinos que no fueron incorporados al extraordinario crecimiento económico registrado en los últimos nueve años.

Casi el treinta por ciento (28.8%) no cuenta con retrete con descarga de agua, componente básico para el saneamiento y la higiene en cualquier hogar. En algunos sitios los habitantes deben caminar con un balde durante un buen trecho para llegar a la esquina donde una solitaria canilla surte de agua que en muchos casos proviene de napas contaminadas. El último censo nacional demostró que en el partido de Almirante Brown sólo el 16 por ciento de los hogares tiene conexión cloacal. El 32.4 por ciento de las viviendas ubicadas en el Conurbano Bonaerense no cuenta con acceso a la red de agua potable.

Sus habitantes están condenados a sufrir infecciones intestinales, problemas crónicos en la piel y los ojos, entre otras afecciones que, en el caso de los niños, tienen consecuencias para su crecimiento y desarrollo.

¿Qué fue de aquel peronismo que incorporó masivamente a los humildes y los dotó de un fuerte sentido igualitarista que difícilmente tenga parangón en América latina? ¿Qué fue de esa inclusión social que ni las dictaduras militares lograron revertir con sus políticas neoliberales y represivas?

En el escenario político argentino no hay –al presente– ninguna alternativa que formule en su plataforma una radical modificación en la distribución del ingreso. Todos los argentinos nos hemos acostumbrado a convivir con la miseria: vemos circular por las calles a familias que abren las bolsas de basura para comer lo que otros han tirado. Vemos a chicos que acompañan a sus padres en ese ejercicio indigno como si esa escena fuera “normal”, parte de la vida cotidiana. Como si esos condenados no merecieran otra cosa que la existencia que llevan. La miseria ha sido incorporada a nuestros ojos, como un natural escenario urbano: hay autos que recorren las calles, hay árboles que dan sombra en las veredas, hay harapientos que arrastran sus miserias. Están ahí y allí seguirán estando para siempre. La aceptación del término para siempre es de una injusticia imperdonable en un país que, repetimos, ha crecido como pocas veces en su historia gracias a una situación internacional favorable que casualmente se produjo cuando el peronismo kirchnerista llegó al poder.

Y lo más patético de esta situación es que términos como marginación, desempleo crónico, pobreza estructural, de socialización, vulnerabilidad extrema, han perdido su dramático contenido, su verdadera significado, para convertirse en frías descripciones sociológicas que ilustran documentos, artículos académicos y debates públicos entre especialistas.

Quedan así congelados los seres humanos que están ocultos detrás del lenguaje técnico: los que recorren las calles en busca de comida, que viven junto a arroyos nauseabundos, que carecen de viviendas y solo reciben algunas prebendas cuando se acerca la fecha de las elecciones.

Y todo esto ocurre mientras se levantan banderas nacionalistas que reivindican solemnemente derechos territoriales teñidos de palabras como patria, soberanía y argentinidad azul y blanca. ¿Qué significa ese torrente discursivo para quien vive en territorios degradados por la pobreza? La patria es, para ellos, un concepto vacío de contenido, una abstracción que carece de sustento práctico en sus vidas cotidianas y se expresa en su imposibilidad de proyectar un futuro para ellos y sus hijos. ¿Cuál es entonces la expresión social de la palabra patria?.

No se come con la palabra patria. No se cubre de la lluvia ni de los calores, ni del frío, con la palabra patria.

En el año 2010 el 34,6 por ciento de los hogares urbanos de la Argentina seguían careciendo del servicio de red cloacal. Esa cifra se incrementa en el caso del Conurbano Bonaerense, donde el 55,3 por ciento de los hogares se encuentra en una situación de déficit. ¿Esto al cabo de un cuarto de siglo de gobierno popular? La pregunta viene a cuento porque el peronismo kirchnerista no se ha caracterizado por falta de decisiones políticas y económicas. Cancelar la deuda de diez mil millones de dólares con el FMI fue presentado como un acto de soberanía que presuntamente ponía fin a la dependencia. ¿Fue realmente así? ¿No había otras prioridades internas para resolver antes que quedar bien con el organismo internacional? ¿Cuántas viviendas decentes se podrían haber construido con esa suma?

“En la actualidad el Estado paga por una vivienda de 55 metros cuadrados, con infraestructura mínima, muy mínima, aproximadamente 220 mil pesos”, responde el ingeniero e historiador Israel Lotersztain, quien trabajó en la construcción de barrios populares.

Si multiplicamos esa cifra por mil, concluiremos que con 200.000.000 de pesos se pueden construir mil viviendas que albergarán a igual cantidad de familias. Si continuamos la progresión veremos que con dos mil millones de pesos se levantarían cien mil viviendas. ¿Hace falta seguir los cálculos?

Si con ese dinero se resolvía el derecho de los argentinos a una vivienda digna, ¿no era más justo priorizar a los pobres que satisfacer a los bancos del Fondo Monetario Internacional?

 


Sigamos con los ejemplos: para Fútbol para todos se destinaron 900 millones de pesos por año. Y para la construcción de viviendas a cargo de la organización Madres de Plaza de Mayo se entregaron 675 millones. Esto significa 225 millones menos, más allá de la falta de controles que culminó con una estafa que el juez Oyarbide no se atreve a destapar porque salpicaría a más de uno. Fútbol para todos es dinero volcado en propaganda oficial mientras pobladores de asentamientos siguen viviendo a la intemperie. Esto da cuenta de las prioridades del oficialismo: distraer al soberano con deporte antes de brindarle servicios elementales.

Cuatrocientos millones costará el Automovilismo para todos. ¿Cuántas viviendas, servicios sanitarios o de energía se podrían construir con ese dinero? ¿O con los dos millones diarios que cuesta mantener Aerolíneas Argentinas, una empresa que usan quienes pueden pagar esos pasajes, más allá de que es una línea quebrada, insegura y mal administrada?

El peronismo perdió su antigua vocación de justicia social, más allá de la buena voluntad y honestidad de muchos que vuelcan sus energías en la lucha contra la pobreza.

Las transformaciones no se logran con propaganda. Se consiguen con recursos, con políticas públicas efectivamente inclusivas y con voluntad de cambio. Los recursos desbordaron en estos ocho años las arcas del Estado, pero faltó el impulso de terminar con la miseria en la que viven varios millones.

De otro modo, no se explica que el crecimiento de la población residente en las villas miseria del área metropolitana haya crecido en cinco años el 57,6 por ciento. Sin duda, ese crecimiento refleja también las migraciones internas. Pero ellas se producen, entre otros motivos, por la falta de perspectivas de vida digna en las provincias.

Si agregamos los subsidios que han enriquecido a empresas que brindan pésimos servicios el cuadro es desalentador: solo para Aerolíneas Argentinas el Estado desembolsó 2.439 millones de dólares entre 2008 y 2011. Ferrocarriles ineficientes, colectivos y subterráneos obsoletos son un ejemplo del despilfarro de recursos.

“En los últimos ocho años se ha construido un promedio real de viviendas de 32.500 por año -dice Lotersztain- lo que significa entre 15 y 20 por ciento menos que durante el menemismo. Si se suma a esto el natural crecimiento vegetativo y las migraciones en ese lapso tendremos un cuadro real”.

“Lo notable –agrega- es que con fondos genuinos, me refiero al Fonavi, se destinaron para viviendas, en total, tres mil millones de pesos. En el período de Alfonsín se gastó, en ese rubro, siete veces más”.

A estos datos debemos sumarle los aportes del Plan Federal, aproximadamente cinco mil millones de pesos anuales. Sin embargo, debe considerarse el alto grado de discrecionalidad en la utilización de esos fondos, ya que son manejados por los intendentes de acuerdo con la lealtad al poder y los favores que realizan.

El peronismo ha dilapidado la riqueza que Argentina recibió gracias a una situación internacional favorable. Cuando esta crítica se explicita, la respuesta oficial surge de inmediato: los programas sociales son numerosos y para ellos se destina una buena porción del presupuesto. Y es cierto.

La asignación por hijo es elogiable, el programa Argentina Trabaja es muy importante, todos los programas de ayuda son fundamentales y bienvenidos. Pero los funcionarios deben comprender que esos son paliativos, medidas que resuelven momentáneamente la situación de pobreza e indigencia. Mientras no existan políticas de redistribución efectiva de la riqueza social estos programas seguramente serán necesarios. Sirven para responder a una situación de emergencia que –y este no es un dato menor- se ha prolongado tanto en el tiempo que afecta a varias generaciones de argentinos. Pero no permiten superar y salir de la emergencia permanente. Y este, repetimos, ha sido el panorama de estos últimos ocho años, donde los ingresos nacionales fueron cuantiosos.

“Para el ideario republicano –explica Rubén Lo Vuolo- los gobiernos deberían aplicar políticas que promuevan la independencia económica de la ciudadanía, por ejemplo, promoviendo el acceso universal a las condiciones materiales necesarias para existir sin tener que estar pidiendo permiso y autorización a ningún poder arbitrario (…) Lo que tiene que hacer el gobierno es establecer mecanismos para que las personas accedan a esos derechos de forma igualitaria, universal y lo más incondicional posible”.

Sin embargo, “el poder político y económico ha profundizado su potestad para decidir quién recibe y quién no recibe servicios sociales, asignaciones familiares o asignación por hijo, subsidios por servicios públicos, beneficios de los programas de empleo”.

No es republicana esta forma de organización de la sociedad. Tampoco progresista. Al respecto, Roberto Gargarella señala que “filosoficamente, dejaría de lado el tema progresismo, porque mas allá del auto discurso eso no existe. Me parece que encaja muy bien con lo que se puede llamar conservadurismo popular, o populismo conservador”.

A esto se suma un problema que está estrechamente vinculado con la injusticia: la corrupción. No son temas disociados entre sí; el modelo instrumentado desde el gobierno no cierra sin un alto nivel de corrupción que lo sustenta.

¿Cómo explicar el desmesurado enriquecimiento de los empresarios del transporte sin relacionarlo con funcionarios como Jaime, secretario del área durante la presidencia de Néstor Kirchner, hoy procesado pero en libertad gracias a una justicia que no es ajena a maniobras de esa naturaleza?

¿Cómo explicar las millonarias ganancias que producen los casinos y el Hipódromo entregados a Cristóbal López, un amigo personal del poder que apenas pocos años atrás era desconocido para la opinión pública y que ahora, además, acaba de comprar un banco en una carrera ascendente que no tiene límites?

¿Cómo entender el formidable patrimonio que exhiben quienes dirigen los destinos de la nación, dueños de propiedades en las zonas más caras del país? Carecen del mínimo pudor y adquieren, a la vista de todos, departamentos en Puerto Madero y usan vehículos ostentosos mientras ejercen funciones públicas. Dirigentes políticos, dirigentes sindicales, empresarios que viven del Estado, dueños de casas de juego, de empresas aéreas que nunca tuvieron ni un solo avión, se mueven en un mundo de riquezas mientras propagandizan un modelo popular y nacional.

El peronismo se ha vuelto millonario. Hace rato que se ha vuelto millonario: los Menem, Duhalde, Scioli, Kirchner, De la Sota, también los Cafiero, los Ruckauf, por nombrar apenas un puñado, nada tienen que ver con Frondizi, Illia, Cámpora o Alfonsín, que murieron dejando casi vacías sus cuentas bancarias.

La justicia, en tanto, mira para otro lado mientras algunos jueces imitan la ostentación de riqueza de aquel peronismo menemista. ¿Cómo un juez puede comprar un anillo de 250.000 dólares sin que sus pares le quiten sus fueros y lo juzguen? ¿Cómo otros jueces pueden servir de fuerza de choque para beneficiar a monopolios oficialistas que compiten contra otros monopolios no oficialistas, violando jurisdicciones? ¿Cómo funcionarios pueden recibir salarios que superan los salarios del llamado primer mundo?

El proceso de degradación de la política ha llegado a límites alarmantes y es tolerado por una opinión pública que cree que eso es inherente al Estado. Que nunca se va a cambiar, porque así es la vida.

El aeropuerto de Miami desborda de argentinos que compran artículos electrónicos, igual que en épocas de Martínez de Hoz, igual que en épocas de Cavallo.

Quizá sea ese el secreto de una sociedad complaciente.

Pero a esa sociedad, a la clase dirigente, a los militantes honestos y de buena voluntad, hay que recordarles una pregunta sencilla que parece haber sido olvidada: ¿Cuál es el principal objetivo de la acción política en el marco de un sistema democrático?

 Hay solo una respuesta posible: que los pobres vivan dignamente, que sean efectivamente sujetos de derecho y accedan a educación y salud de calidad, vivienda digna, a un medio ambiente sano, a un transporte eficiente, que se les garantice seguridad ya que son las primeras víctimas de la violencia y el gatillo fácil. La política debe servir para que todos los miembros de una sociedad tengan asegurada una vida digna de ser vivida y para esto no se necesita retórica, patrioterismo y propaganda, se necesitan buenas políticas, buenas decisiones, buena voluntad y adecuada asignación de los recursos.

No existe ningún otro objetivo que supere esta premisa. Y aquel viejo peronismo igualitario parece haberlo olvidado.

 

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