Butch Cassidy y Sundance Kid cercados en la Patagonia argentina

Por Juan Gasparini* especial desde Cholila, Chubut.

La historia de los míticos bandoleros yanquis en las tierras patagónicas. Un proyecto que prometía convertir la antigua casona de Butch y Sundance, en atractivo turístico, sigue estancado en las sucesivas gestiones provinciales.

Parece que nadie es dueño de las 6 hectáreas donde hace un siglo se instalaran las cabañas de los famosos bandoleros estadounidenses, en los confines australes de Argentina. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) aprobó hace casi 7 años un préstamo para convertirlas en un atractivo turístico, proyecto supuestamente estancado por la ausencia de documentos de propiedad sobre esa parcela todavía sin nombre, herencia de un conflicto de 50 años que enredara a poseedores del predio y sus titulares formales. Las únicas pruebas materiales que perduran de la impronta sudamericana reflejada por los personajes que Paul Newman (Butch Cassidy) y Robert Redford (Sundance Kid) protagonizaran en el cine, dan la impresión de hundirse en la sequía de un ignoto paraje, a los pies de la cordillera de los Andes. Tres gobernadores sucesivos de la provincia de Chubut, Carlos Maestro, José Luis Lizurume y Mario Das Neves, y el flamante intendente que acaba de ser reelegido en Cholila, Miguel Castro, han fracasado en realizar la idea, gestada hace dos décadas. Historiadores y periodistas nacionales y extranjeros no desalientan. Cifran esperanzas en el nuevo gobernador, Martín Buzzi, que tiene 4 años de mandato por delante para llevarla a cabo.

“Es increíble, un banco quiere financiar la preservación del sitio en el que vivieran los más peligrosos ladrones de bancos del far west, y misteriosamente no se concreta”, lamenta Inés Mirta Toti Cea, descendiente de chilenos vecinos de los temerarios forajidos, quienes entre 1901 y 1905 residieran en el agreste norte de Chubut, bajo las falsas identidades de Santiago Ryan y Enrique Place. Los acompañaba Ethel Place, oficialmente la esposa de Sundance Kid, presunta mujer en concordia del triangulo amoroso, versión acreditada por el periodista ingles Bruce Chatwin, e insinuada por Katherine Ross durante la película que dirigiera George Roy Hill en 1969. Bella y de notable puntería, amazona, reivindicaba una formación de maestra escolar, trasmite Victorina Toly Acheritobehere, familiar del extinto Vicente Calderón, sumado al vecindario luego de la partida de los audaces pistoleros. (1)

Los tres jóvenes adultos desembarcaron en Buenos Aires procedentes de Nueva York en marzo de 1901. Debieron sentirse atraídos por los avisos aparecidos en diarios estadounidenses sobre la posibilidad de obtener tierras para quienes se radicaran a poblar aquel lejano sur, fechas en que la prestigiosa revista National Geographic publicaba artículos sobre la Patagonia. O acaso los influenció el tráfico de noticias entre las colonias galesas desplegadas en los dos países, animado por los trascendidos de la corriente migratoria norteamericana a la Argentina que fluyera desde la segunda mitad del siglo XIX. Por cierto, los dos hombres iniciaron los trámites para que el Estado les adjudicara dos mil quinientas hectáreas en un valle de la franja precordillerana de Chubut, cerca de la ciudad de Cholila, mientras la Corona de Inglaterra laudaba la disputa de las fronteras con Chile. Remarcables vaqueros y conocedores de las faenas ganaderas, se dedicaron a la crianza de vacunos y lanares, encajándole al legado de un tío la fortuna que trajeran consigo, un millón y medio de dólares al cambio presente, botín de los atracos que jalonaran los antecedentes de la pandilla salvaje que asolara los Estados Unidos. (2)

La pandilla salvaje (1900, Texas, por John Swartz) sentados a la izquierda, Sundance Kid y a la derecha Butch Cassidy

La pandilla salvaje (1900, Texas, por John Swartz) sentados a la izquierda, Sundance Kid y a la derecha Butch Cassidy

Nieta de Manuel José Cea, quien frecuentara a los delincuentes que sigilosamente rehacían su existencia como insospechables rancheros, e hija del fallecido Raúl Victor Cea, distinguido vocero de la memoria oral de la zona, Toti prepara la edición de las memorias de su padre. Las evoca en un tono pausado y didáctico, al amparo del centenario molino de trigo que asoma en la cabecera de sus campos, bajo las inclemencias del escándalo climático, azotados por vientos fríos, en la crudeza de un destemplado verano. Ha recopilado textos, fotos y mapas, de los cuales una muestra podía verse en el restaurante (parrilla) Butch Cassidy que poseía hasta que cerrara hace pocos meses en las inmediaciones del escondite de los bandidos yanquis, cuando intentaran redimirse ocupándose de tareas rurales.

De sus dos cabañas erigidas con maderas de cipres horizontalmente encastradas, hoy queda una sola en pie, inicialmente de tres habitaciones, destinada a la pareja de Enrique y Ethel Place, y dos construcciones de un solo ambiente, agregadas ulteriormente por los habitantes que los sucedieron, todo a la sombra de álamos y saucos. Los planos elaborados por el arquitecto Ramiro Porcel de Peralta, dictados por Cea en septiembre de 2001, testimonian de corrales y caballerizas protegiéndolos de cualquier ataque frontal y por el flanco izquierdo, vinculados por un túnel con el río Blanco y el arroyo que se le une en las inmediaciones, que los protegían por detrás y por el flanco derecho, también susceptible vía de escape fluvial hacia los lagos, bosques y montañas. “Sus cabezas estaban a precio y no solo temían que los atraparan los cazadores de recompensas, no hay que olvidar tampoco que en aquella época había mucho cuatrerismo y criminales que mataban y se llevaba los animales a balazos”, reseña Toti Cea.

Asimismo destaca que hubo una segunda cabaña, domicilio particular de Santiago Ryan. Responsabiliza al clan Sepúlveda de habérsela robado, apellido del peón chileno que ocupó el caserío dejado vacío en 1905 por sus fundadores. A estos últimos los delataron las cartas que enviaran al restringido círculo de allegados en Estados Unidos, transcribiendo la reconversión pacífica como adinerados emigrantes en la paradisiaca Patagonia, misivas interceptadas en las oficinas de correos norteamericanas por los detectives privados de la agencia Pinkerton, que alertara a la justicia argentina. Mauricio Sepúlveda, nieto del apropiador de facto de las emblemáticas construcciones, confirma la sustracción pero niega que él o sus antepasados intervinieran en cualquier infracción. Se refiere a los Cea con desdén, y replica secamente. Es alguien tal vez sometido a presiones que lo urgirían a ceder frente a las autoridades de la provincia de Chubut, obviamente interesadas en controlar el valioso lugar. “Dispongo papeles de la posesión de estas 6 hectáreas, ocupadas por mi abuelo desde la colonización y tengo el reconocimiento escrito de Simón Daher, el inmigrante de origen libanes que se hiciera con las tierras que ocupaban Place y Ryan al irse, así que me corresponden los títulos de propiedad, y no les voy a aflojar”, desafía.

No obstante, Sepúlveda admite que la gobernación de Chubut le paga un sueldo mensual de 1000 pesos (menos de 300 dólares) para mantener y ayudar a reparar la arruinada carpintería inmobiliaria. Ha evacuado el fabuloso espacio y permite la entrada de los visitantes. Se afinca en un villorio contiguo a orillas del río Blanco, en dirección a Cholila. De ronda cotidiana, descabalga, se saca el sombrero, y resume: “Si me dan una casa y un galpón para guardar la comida de los animales, acepto que hagan el centro turístico y lo manejen, pero el titular de las 6 hectáreas soy yo; sino, que me ofrezcan algo equivalente en otra parte de la provincia”.

Con todo, de las indagaciones del historiador Marcelo Gavirati se desprende que la cabaña personal de Butch Cassidy está a buen recaudo. El dato puede verificarse en las proximidades, contrastado por la fotografía exclusiva que se ofrece en las ilustraciones de esta crónica. Se la observa abandonada en un terreno perteneciente a Eloiza Leál, casada con Luis Alberto Sepúlveda, quizás de igual ascendencia que Mauricio. Su devolución al emplazamiento legítimo formaría parte de la complicada negociación que acaso se libra entre los Sepúlveda y el poder público de Chubut, cuyas intenciones definitivas para solucionar el litigio con un particular intransigente, continúan siendo un enigma desde que el BID aprobó el financiamiento del plan turístico en julio de 2005. En ese contexto la Secretaria de Turismo provincial anunció el incremento del acerbo patrimonial y cultural de Cholila con las mentadas viviendas, que serían restauradas y abiertas a la gente con carteles explicativos al estilo de los que orientan en los parques de reservas forestales, amen de playa de estacionamiento para vehículos, sanitarios y dependencias administrativas. (3)

Prácticamente nada de lo prometido se ha concretado y, por el momento, es azaroso localizar el sitio. De la ruta nacional 40 que corre a lo largo de la Patagonia, hay que desviar por la ruta provincial 17, que actualmente está siendo asfaltada. Casi llegando a Cholila, divisándose una subcomisaria de policía, se impone torcer por un camino de ripio que conduce a la Casa de Piedra, el hospedaje con menú de te galés, servido por la antes mencionada Victorina Toly Acheritobehere, que recuperara la silueta docente otrora impresa por Ethel Place entre sus conocidos. Y ahí nomas, se ve un percudido cartel atado al alambrado que reza Butch Cassidy. Antecede una precaria garita en desuso, sin duda erigida para brindar informes a los peregrinos, muda invitación para adentrarse a cielo abierto en el escenario romántico y aventurero de unos singulares pioneros de América.

Pese a que la tranquera está cerrada con candado, se la puede saltar, y marchando unos minutos a traviesa de una loma se descubre la polvorienta guarida que tanto se resiste a los estragos del olvido. El espectáculo es conmovedor: paredes que amenazan desmoronarse o violadas con clavos que apuntalan la madera desfalleciente, algunas recompuestas con flamantes injertos que lastiman los antiquísimos troncos de cipreses, recintos malolientes por el secado de cueros de bestias colgados de tirantes. Alambres corroídos penden por doquier y osamentas resecas participan silentes en la desoladora ceremonia, agitada por los rumores de los cursos de agua, y por la euforia de los silbidos del viento, sacudiendo las flores blancas de los saucos.

De sus primigenios locatarios pueden recabarse significativas pistas a pocos kilómetros de allí, en el Museo Leleque, inaugurado en el 2000, iniciativa de la Fundación Benetton. La exposición permanente se levanta en una antigua pulpería y almacén de ramos generales. Recoge la milenaria saga de los patagónicos, sus indígenas autóctonos, el arribo de los conquistadores europeos y la violencia que caracterizó la expansión de la República Argentina. Para congregar las ovejas que dan hilo a las ropas de su etiqueta, en 1991 los Benetton adquirieron en derredor las 3000 hectáreas de la vieja y británica Compañía Tierras Sud Argentino. Expurgando sus libros contables, Gavirati encontró los asientos de transacciones comerciales efectuadas por Santiago Ryan y Enrique Place entre octubre de 1901 y junio de 1904, cuyas páginas se exhiben en una vitrina del museo, junto a los carabinas que se usaban en aquel período. Resultan el indicio palpable que precedió a la huida, situada en mayo de 1905, a causa que los relacionaran con el asalto al Banco de Londres y Tarapacá, en Río Gallegos, la capital de la aledaña Provincia de Santa Cruz, cometido tres meses antes por dos individuos que se comunicaban en ingles, excelentes jinetes y hábiles con las armas. Las fichas con los pedidos de captura difundidas desde hacia dos años por los agencia Pinkerton, y la similitud de los perfiles con quienes cometieron el delito, precipitaron la fuga. (4)

El trío se deshizo del ganado y vendió rápidamente las cabañas a la empresa chilena Cochamó, que adosaría una cuarta pieza a la casa matrimonial, según se percibe hasta ahora. Partieron a Valparaiso. Ethel subió a un barco rumbo a San Francisco, al tiempo que sus dos hombres, al filo de los 40 años, habrían retornado a las expropiaciones de los dineros de los demás, reincursionado en la Argentina. El 19 de diciembre de 1905 les imputan haberse alzado a los tiros con el contenido de una caja del Banco Nación de Villa Mercedes, en la Provincia de San Luis. La prensa se hizo eco, facilitando el rastrillaje. Por entonces, y debido a leyes de consentimiento fronterizo mutuo entre Argentina y Chile, fue prohibido que ciudadanos de un lado tuvieran bienes raíces en el otro. Cochamó abandonó la inversión en Cholila, dejándola a merced del puestero Sepúlveda y sus parientes. Ninguno de ellos es ajeno al añadido de otras dos edificaciones, con el reciclado de las maderas de los vaciados corrales y caballerizas. Menos de la sospecha que planea sobre lo acontecido con la morada de Butch Cassidy.

Tratando que no los alcanzara la persecución, los fugitivos cruzaron a Bolivia. Pasaron a llamarse George Low y Frank Smith. Volviendo al sueño redentor de reincidir en la legalidad, descubrieron tierras para insertarse honradamente en la producción agricologanadera de Santa Cruz de la Sierra. Necesitados de los fondos para comprarlas, el 3 de noviembre de 1908 encañonaron a un convoy de empleados de una sociedad minera que transportaba los salarios de sus obreros. Arrebataron las alforjas, una mula color café, y salieron disparando.

No prefirieron ir hacia el sur, que lindaba con la Argentina. Treparon al norte, y en el pueblito de San Vicente, les cayó la fuerza represiva de la ley. Desconocían la veloz propagación que dos delincuentes hablando en inglés y una mula color café eran objetivos militares del Ejército. A los tres días, serían abatidos parapetados en un albergue, después de un intenso tiroteo con dos soldados y un inspector de policía. Las exhumaciones del antropólogo forense Clyde Snow en 1991 fueron vanas, pero las cartas mediante las que espasmódicamente daban cuenta de sus peripecias, cesaron bruscamente. Para Toti Cea y Marcelo Gavirati, eso significa la certeza de la muerte física, corroborada por las investigaciones de los escritores estadounidenses Daniel Buck y Anne Meadows. (5)

Ethel Place no habría querido presenciar o sucumbir en el epílogo de lo que terminó en tragedia, diluyéndose en los pliegues de la leyenda. Acorralados por la burocracia argentina, pareciera que los míticos Butch y Sundance se niegan a desvanecerse. Los acosa la negligencia y la codicia. Y acecha la corrupción de los que menosprecian el legado ancestral de uno de los hermosos y fértiles rincones del fin del mundo.

Notas

(1) Bruce Chatwin, En la Patagonia, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1979.
(2) Marcelo Gavirati, Buscados en la Patagonia, La Biblioteca/Patagonia Sur Libros Editores, tercera edición, Argentina, 2007.
(3) Propuesta de préstamo para programa de mejora de la competitividad del sector turismo (Argentina, 33 millones de dólares, de los cuales 100 mil dólares son para cubrir los gastos del centro Butch Cassidy y Sundance Kid en Cholila), Banco Interamericano de Desarrollo (BID), 5 de julio de 2005, www.iadb.org
(4) Roberto Hosne, Barridos por el viento, Editorial Guadal, Argentina, 2007. Hipólito Solari Yrigoyen, Patagonia, Las estancias del desierto, Secretaría de Cultura de la Provincia de Chubut, 2006, Argentina.
(5) Anne Meadows, Digging up Butch and Sundance, St. Martin’s Press, 1994, Estados Unidos. Donna Ernst, The Sundance Kid. The life of Harry Alonzo Longabaugh, Oklahoma University Press, 2009, Estados Unidos.