Una bastilla criolla

Por Hernán Marcelo Savini (@Jekan_oeste)

Generalmente los hechos históricos , a quienes contemporáneos fuimos, se nos presentan a veces difusos, en otros casos enormes, vívidos y equivocados . Quien escribe sufre una constante distorsión de sus recuerdos, un atemporal pinchazo profundo en la memoria.

 

 

Aquellos días de Diciembre del 2001 -a casi un año del fin del mundo- en que desde lo más profundo del bolsillo de la clase media se escuchaba el grito “¡Que se vayan todos! o ¡Argentina! .. Argentina en remplazo de los ahorros que ya no estaban, arremetía como un tropel furioso, indignado por el robo de su CBU.

 

Aquella Bastilla Criolla, Plaza de Mayo -Las patitas en la fuente… ¡ah no! eso fue cuando  los bolsillos estaban rotos-; ésta Plaza llego a pie y se volvió a pie a sus casas, a sus departamentos. El remolinar de furia, caballos, policías, cacerolas, corridas, innumerables ojos que por primera vez lloraban por el humo del gas sin consuelo, las marcas de las balas de goma que estigmatizaban cuerpos vírgenes de represión, otras balas que apagaron la luz de ojos criollos. La muerte siempre es injusta e irrefutable.

 

 

Un Jinete sin Cabeza, torpe cocoliche, abandonaba la Tapera Rosada en un gorrión metálico y el conurbano estallaba en sus calles, un Malón sin tarjeta de débito, rompía sus manos en los estantes de los supermercaditos de barrio, almacenes, comercios. Recuerdo un comercio de ropa deportiva en J.C. Paz donde la televisión mostraba en las paredes blancas del comercio huellas ensangrentadas de la manos del saqueo. Aquel brote en los barrios que jamás tuvieron futuro, ni CBU, en los que comer poco era una rutina menemista desde hacía una década y en donde el sonido de justicia de las cacerolas jamás se oyó en sus chaperios.

 

El recuerdo de aquella pueblada, de Buenos Aires en llamas: el 19 de diciembre 2001 nos encontraba a la familia Savini en nuestro barrio de crianza, Libertad de Merlo, en la Casa velatorio Pájaro Hnos. despidiendo a mi viejo, quien un día antes decidió, mientras su compañera dormía la siesta, dejar meticulosamente ordenados los papeles de Pami en la mesa del comedor, los servicios pagos, su DNI y una carta de trazo nervioso que jamás me atreví a leer, sentado en la misma silla en la que otrora felices, mateábamos escuchando a Zitarrosa, Gardel, Hernán Figueroa Reyes, Alberto Merlo bajo la sombra de un árbol de mandarina. De un estruendo dijo chau.

 

Las calles de mi barrio eran un caos, las corridas eran tales que tuvimos que cerrar la puerta de la sala velatoria por prevención. Amigos y vecinos de toda la vida corrían con bolsones de comidas, artefactos eléctricos, bebidas y la policía, esbirros de pobreza, arremetían sin piedad . El cortejo fúnebre hasta el Cementerio Santa Mónica lo escoltó un patrullero. El recuerdo de percianas rotas de almacenes era como la imagen de un hormiguero roto con las hormigas con palitos en las pinzas. Eran los barrios morochos, donde barrer la tierra es un trabajo infinito pero digno.

 

 

 

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