Recuerdos del argentinazo

Por Leonardo Grande Cobián

El  cacerolazo, la fiesta, la bronca, la represión. Memorias de una breve revolución. El relato de un lector.

 

 

El 19 de diciembre de 2001 arranca en mi memoria al mediodía, yo vivía en la esquina de Solís y Alsina, en el mal llamado barrio de Congreso que según la Lumi se llama Monserrat aunque ninguno de sus vecinos lo sepa. Efectivamente vivía a dos cuadras del Congreso de la Nación. Mi vieja tenía una mercería en Alberti y Alsina, cerca de Plaza Once. Por eso cuando entraron a circular las versiones de los saqueos en provincia y que podrían trasladarse a la ciudad (como de hecho ocurrió) los vecinos de grandes Cotos o Discos empezaron a correr la paranoia de “se vienen los saqueadores” y todo Once hasta Congreso a la tardecita era un desierto de persianas cerradas y gente mirando desde adentro cagada hasta las patas.

 

 

Fueron pasando las horas y estábamos preocupados por si mi vieja iba a estar bien o no y esas cosas, cuando cayó la noticia del Estado de Sitio, y ahí nos empezamos a dar cuenta de que la cosa venía en serio y pesada. Alrededor de la tele, después de cenar, creo que estábamos mirando a Lanata quien, como otros periodistas entró a agitar la convocatoria a Plaza de Mayo y el cacerolazo.

 

 

Como en varias oportunidades de mi vida, fue la muy poco trotskista de mi vieja la que prendió la llama de la rebelión. Mientras mi hermano y yo arriesgábamos miles de caracterizaciones y pronósticos muy sesudos, mi vieja terminó de lavar los platos cachó la olla más vieja que tenía y le entró a dar con saña desde la ventana de casa que daba a la calle. Así, sin mediar mucha palabra, como es mi vieja. No recuerdo bien, pero creo que la escuché decirnos algo así como “si yo fuese varón y tuviera la edad de ustedes me iba a la calle”. Con esa presión encima, mi hermano (sin ninguna experiencia militante y que políticamente había pasado de ser un alfonsinista traicionado a un chachoalvarecista traicionado) y yo (un pendejo pequebú de 24 años que hacía mis primeras experiencias en la política de la mano de la UJS de Filo) hicimos dos cuadras para meternos en la fiesta popular más grande de la que tengo memoria de haber participado (y ojo que soy bostero y las fiestas de masas no me eran, ni me son ajenas).

 

 

El Congreso era una Bombonera o el Obelisco después de ganar la Libertadores. Una enorme masa de personas de todos los colores, edades, ropas, etc. Abigarrada, no se podía caminar desde la escalinata tomada hasta casi Plaza Loria. El clima no era de la típica tensión de una movilización cuando sabés que vas a un enfrentamiento, para nada, era un gran festejo popular, nadie imaginaba la represión que se iba a venir: enfrentamos el Estado de Sitio celebrando nuestra rebeldía.

 

 

Recuerdo cómo fui testigo del nacimiento de la famosa canción “Que se vayan todos, que no quede ni uno solo.” Era como en la cancha pero sin la regimentación de la barra brava. Resulta que claro, contra el Estado de Sitio, Cavallo y De la Rúa los cantitos eran unánimes, arrancaba alguno con “Cavallo, hijo de puta, la puta, que te parió// Caaaavallo hijo de puta, la puta que teee parioooooó” le dabamos tres vueltas y cuando empezaban a cansarse las gargantas otro arrancaba “Chupete, hijo de puta, la puta que te pariooooooó” y así. Se ve que había muchos cantantes que tenían su pasado radicheta o bien que lo habían votado, entonces, como para que no queden como los únicos boludos, con una mezcla de vergüenza se acordaban de otro que no fuera radical o alianzista y empezaban “Menem, hijo de puta… la puta, que te parió”. Fue muy loco, porque espontáneamente la gente hizo un repaso por los últimos 30 años de historia política argentina y le cantamos a Alfonsín, a Duhalde, a Videla, a Martínez de Hoz y a todos esos hijos de puta. Creo que llegamos hasta Onganía. Y no había rispideces, peronistas, radicales, independientes, todo el mundo festejaba la ocurrencia y cantaba a voz en cuello ante cada nombre. Pero, como era de esperar, en algún momento la lista se hacía interminable, había apellidos muy difíciles para rimar, había grupos que se colgaban con un apellido mientras otros sacaban uno nuevo… se empezó a armar la torre de babel de las puteadas… hubo un momento de impasse, típico de la cancha o de grandes movilizaciones cuando pasa el ímpetu inicial de la humorada, porque la cosa ya perdió originalidad hasta que algún iluminado anónimo sacó una conclusión: TODOS eran unos hijos de puta y empezó con el “que se vayan todos, que no quede, ni uno solo” que se transformó en el himno de ahí en más de todas las movilizaciones hasta el 2003: era la síntesis de un diálogo anónimo entre las masas. Yo sentía que éramos un solo cuerpo comunicándonos, analizando y sacando conclusiones juntos, como cuando te comunicás con tu beba o tu perro, en un estado de conciencia diferente del verbal, qué se yo.

 

 

Después vino el “¡vamos a Plaza de Mayo!” que la mayoría acatamos instantáneamente y, de nuevo, como una caravana festejando el mundial nos fuimos de carnaval por Callao hasta Corrientes y de ahí hasta la Plaza. Las avenidas eran ríos humanos que afluían hacia Congreso y Plaza de Mayo, sin yuta a la vista, la ciudad era nuestra. Miles de familias, autos bocineando, era un carnaval.

 

 

No sé si porque yo era muy nuevito o porque no estaban tan difundidos los teléfonos celulares pero en ningún momento contacté a ninguno de los compañeros del Partido; nos íbamos cruzando en la calle, me acuerdo de haberlo cruzado al japonés y decirle “che, qué onda, qué hacemos” y que pasó caminando diciendo “no hay nada definido para ahora, tamos tratando de organizar una buena marcha mañana”, pero así, de paso.

 

 

Llegando a la Plaza mi hermano, seis años más sensato que yo, y que tenía algo de experiencia en represiones de tanto seguirlo a Boca me dice “che, por qué no volvemos? Esto se va a pudrir?” y yo le respondí con una frase que demuestra que nací destinado por la misma estrella que los grandes dirigentes de la revolución mundial a la clarividencia política: “no te hagás drama, acá no va a pasar nada, De la Rúa no va a ser tan tonto de comerse el costo político de tirarle gases a unas viejitas con sus nietos como esta!” porque justo pasaba al lado nuestro una señora muy vieja, de un metro sesenta, con sus lentes, sus canas y sus millones de arrugas disfrazada con una vincha celeste y blanca, armada de una cacerola chiquitita y una cuchara de madera y con su nieta que tendría 9 años de la mano. Creo que terminé de tirar la frase con una mueca de desprecio por la ignorancia política de mi hermano y voló el primer gas desde la policía acantonada en la entrada de la Rosada hacia donde estábamos nosotros.

 

 

Retrocedimos como siempre en estos casos, medio caminando y medio corriendo, medio de espaladas y medio de frente, hasta que de los gases pasamos a los tiros y ahí le dimos más a la corrida que a la caminata. Cuando reagrupamos por Diagonal Norte yo quería quedarme y mi hermano seguir hasta casa. Mientras debatíamos veo a la viejita, que se ve que había ido a refrescarse un poco, que vuelve en dirección a la Plaza con un pañuelo en la boca al grito de “hijos de mil putas!!”. Y así, durante 20 minutos la vieja se metía en la nube de gases y reaparecía para tomar aire y se volvía a meter. De la Rúa se había animado a pagar el costo político de gasearla, pero la viejita no se iba a doblegar tan fácil.

 

 

Al final decidimos volver a Congreso, tranqui, todavía con la conciencia de cuando volvemos del Obelisco de festejar la copa, porque incluso siempre llega un momento en que la barra la pudre y la yuta decide “despejar” la zona. Así que estábamos en esa, caminando y cantando. En algún momento por Callao tiran que Cavallo renunció y no dábamos más de alegría. No sé si era cierto o un bolazo, per alcanzó para que, después de los gases en Plaza de Mayo, la mayoría retomó Congreso y era una fiesta enorme. Ya entrada la medianoche vemos que al fondo de la Plaza, para el lado de Paraná o Montevideo, empiezan a apostarse motos de la Federal con sus respectivos infantes armados. Mi hermano vuelve a la carga con el “vamos a casa que se pudre” y yo, que si bien ya me había bajado de mi nube de “gran cuadro” a la realidad de que mi hermano tenía más razón, la verdad que no tenía ninguna gana de irme. Así que llegamos a este acuerdo: volvíamos a casa pero yo iba para usar el baño y el para tomarse algo fresco y luego volvíamos a la plaza, aprovechando que éramos vecinos privilegiados del centro del mundo.

 

 

Entramos a casa, mis hermanas creo que dormían  y mi vieja nos esperaba viendo la tele semi dormida. Mi hermano va a charlar con la vieja y a seguir la transmisión de la tele y yo voy al baño de urgencia. Entre paréntesis, era muy loco, porque veíamos la tele en estéreo, claro, filmaban lo que pasaba en Congreso y nosotros lo escuchábamos en vivo y en directo porque los cantos llegaban a escucharse en mi casa.

 

 

Y bueno, no bien me siento en el trono se escuchan (en la tele) las primeras detonaciones de gases y balas en Congreso, el tipo que cae ensangrentado por la escalinata y las corridas y luego, los sonidos toman un cuerpo más cercano, claro, mi esquina estaba en una de las salidas laterales de la Plaza y la gente corría a pocos metros de las ventanas de nuestro depto de primer piso a la calle. Se escuchaban primero los gritos de la gente y la carrera en el cemento y , minutos después, el paso de las motos de la federal y los balazos de goma en las paredes y las persianas. Salí del baño y veo a mi hermano cuerpo a tierra con mi vieja y los acompaño en la actitud.

 

Así, con mucha rabia contra ese gobierno que se iba cagándodnos a tiros termino el 19 para mí.

 

 

Pero al otro día fuimos a la batalla con más conciencia de lo que hacíamos y más organizados. Me convocaron a la movilización de Congreso a Plaza de Mayo que habían lanzado organizaciones como el Partido Obrero a las 12hs. en Congreso. Creo que estábamos con la AGD de Filo y el Suteba Matanza (imposible no recordar a Romina del Plá si uno participó de una lucha con ella). La columna se empezó a armar cuando llegaron las noticias de la represión a las Madres en Plaza de Mayo con lo cual decidimos ir rápido para allá por Avenida de Mayo. Cuadras antes de llegar a 9 de julio nos topamos con la federal reprimiendo para “limpiar” Avenida de Mayo y decidimos reagruparnos para llegar a Corrientes y entrar a la Plaza por Diagonal Norte.

 

 

Quiero decir esto, aunque mi voz no se escuche, mi más sincero repudio y rencor para quienes como Pino Solanas en su documental sólo registran gente suelta y banderas argentinas en la jornada del 19 y 20. Yo viví junto a miles de compañeros la hermosa experiencia de combatir ORGANIZADAMENTE y concientemente contra estos hijos de puta en la enorme y combativa columna de la izquierda en Diagonal Norte. Estuvimos horas enteras aguantando esa posición combatiendo contra la Federal haciéndoles imposible quebrar ese flanco, por donde pasaban necesariamente la brigada montada de la rebelión popular que fueron las motos del Simeca que entraban y salían de la Plaza manteniendo el hostigamiento sobre las fuerzas represivas. No lo digo por mandarme la parte, yo no tiré un cascote, no sé como mierda se hace, sólo me eligen para el cordón de seguridad cuando no queda otra y por descarte, no era lo que se dice un combatiente. Pero estuve en esa columna y sentí que eso era la revolución, no el carnaval de la noche anterior o la desbandada trágica y mortal de Av. De Mayo y 9 de Julio o la de Cerrito. Era un cuerpo compacto, ordenado, sabiendo lo que hacía, intentando tomar una posición sin regalarse, midiendo, caracterizando. Ahí se veía el sentido de organizarse en un partido revolucionario. Recuerdo que muchos/as compañeros/as de Filo, que defendían posiciones “horizontalistas” y “autonomistas” en contra de los partidos ese día andaban pdidendo por favor que los dejaran entrar en la columna del PO, único lugar donde se sentían seguros.

 

 

Y esa seguridad y entereza en un momento tan delicado a mí me la transmitían nuestros dirigentes. A riesgo de sonar como un cholulo o un estalinista, tengo vívido el recuerdo de compañeros como Chiquito, Solano, Villamil o mi preferido, Juan Ferro, que en esos momentos en medio del combate no se les mueve un pelo, andan caminando como si estuvieran en la playa, relajados, tranquilos, aunque se note que tienen todos los músculos en tensión. Cuando confiás en la capacidad política de tus dirigentes todo el cagazo se va y aceptás órdenes con alegría, en tu lugar de batalla hasta que se termine. Y terminó con un enorme festejo porque el pueblo en la calle había terminado con once años de un régimen de miseria y entreguismo, porque yo creo que todos los que estuvimos en ese día sentimos que no habíamos tirado sólo a De la Rúa, sino que le habíamos puesto un tope a toda la década menemista.

 

 

Claro que no era tan consciente de todo, como por ejemplo de los 33 compañeros que cayeron ese día por la represión cobarde del Estado en todo el país; como que era la segunda vez en la historia constitucional argentina que, después de Juárez Célman en 1890 un presidente elegido legalmente caía en medio de una rebelión popular; como que sería un enorme límite que el “que se vayan todos” tuviera totalmente claro quiénes eran los hijos de puta, qué había que hacer con ellos, pero ni puta idea de con qué reemplazarlos y tantas otras cosas que fuimos aprendiendo después de lo que habíamos hecho esos dos días.

 

 

Pero sí recuerdo que llegué a casa, agarré mi vieja edición de la Historia de la Revolución Rusa de León Trotsky, que había leído y estudiado varias veces en esos años de acercamiento juvenil a la lucha de clases, releí el prólogo y sentí que por primera vez lo ENTENDÍA REALMENTE porque esas palabras de Trotsky ahora sentía que las podría haber escrito yo o cualquiera de los que estuvimos en ese lugar, porque explicaba lo que sentíamos, lo que acabábamos de hacer:

 

 

“El rasgo característico más indiscutible de las revoluciones es la intervención directa de las masas en los acontecimientos históricos. En tiempos normales, el Estado, sea monárquico o democrático, está por encima de la nación; la historia corre a cargo de los especialistas de este oficio: los monarcas, los ministros, los burócratas, los parlamentarios, los periodistas. Pero en los momentos decisivos, cuando el orden establecido se hace insoportable para las masas, éstas rompen las barreras que las separan de la palestra política, derriban a sus representantes tradicionales y, con su intervención, crean un punto de partida para el nuevo régimen. Dejemos a los moralistas juzgar si esto está bien o mal. A nosotros nos basta con tomar los hechos tal como nos los brinda su desarrollo objetivo. La historia de las revoluciones es para nosotros, por encima de todo, la historia de la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos.”

 

 

 

 

 

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