Las góndolas son nuestras

Por Federico Gabermas

Plazademayo.com continúa publicando los relatos de los lectores sobre el 19 y 20 de diciembre de 2001.

 

 

 

Supongo que eran las dos de la mañana en aquel día inolvidable del 20 de diciembre del 2001, cuando me levanté sobresaltado por la radio. Me había acostado relativamente temprano pues el día anterior había sido agotador, y como todos los días, a la madrugada había ido a la empresa a recibir la verdura que debía repartir en los diferentes destinos. No recuerdo muy bien la lista pero la primera entrega correspondía al supermercado Norte, sucursal Garín, al que arribé pero nunca pude descargar.

 

 

Al llegar al supermercado, tuve que hacer espera en la playa de estacionamiento junto con otros camiones. Algo común en estas esperas era bajar y compartir una charla, unos chistes y mates con otros fleteros, pero ese día no pude despegarme de la viejita radio que tenía el Mercedes Benz: escuchaba las noticias de los primeros saqueos en Buenos Aires y cada tanto, intercambiábamos algunas palabras con los colegas; “esto se va todo la mierda…” Fue entonces cuando de repente irrumpió en la playa, exaltado, a los gritos, el gerente de la sucursal. Sí, el tipo que nunca se veía, aparecía dando las últimas y desesperadas órdenes emulando al capitán de un barco próximo a hundir.

 

Recuerdo sus palabras desaforadas indicándonos cómo salir lo más rápido posible tomando un camino no habitual entre las calles del barrio para escapar de la columna de gente que comenzaba a rodear el supermercado. Así, a las apuradas, logré salir a la colectora de la autopista Panamericana, asustado, porque sabía que era blanco del saqueo; pero contento. Primero porque la mercadería que trasportaba era elaborada por trabajo casi esclavo y segundo, porque hacía tiempo que reclamaba un estallido del pueblo argentino que a falta de moneda había retrocedido al club del trueque.

 

Fue en un frenar de una loma de burro -de las que abundan en las colectoras-, cuando un  joven se me cruzó delante del camión; en un instante parecía tener todo el barrio encima. En pocos minutos el camión estaba vacío, y los muchachos que me vigilaban, a los cuales les informé mi condición de empleado, me dieron el visto bueno para que siga circulando. Cuando subí la autopista la radio gritaba los saqueos en todas partes: recuerdo ver gente empujando los portones de un Walmart a la vera de la Panamericana y al llegar al peaje, el cual me negué a pagar, desde la garita me explicaron que muchos camiones habían sido saqueados.

 

 

Mientras emprendía la vuelta para mi casa en Temperley, el camino negro -para aquel entonces no era autopista-, era una zona agitada para camiones y comercios. Entre corridas y aceleradas llegué a casa. Lo primero que hice fue comunicarme con la gente del MST, organización en la que estaba militando desde las elecciones de octubre y compartí la euforia de lo que estaba sucediendo, aunque con mucha incertidumbre. Luego crucé unas palabras con mi viejo que me indicó que en el Coto Temperley, a solo 3 cuadras de casa, también había gente intentando saquear. Enseguida llegué a la puertas del supermercado y observé que había mucha gente sobre las calles. Entre la multitud recuerdo haber identificado a barras del club Temperley y punteros.

 

 

En tal excitación me dormí aquel 19 de diciembre con la radio encendida -como acostumbraba por aquellos días-, y sobresaltado desperté por los golpes de cacerola que transmitía Radio Mitre en directo. Ya en la madrugada del 20 de diciembre, todavía medio dormido, encendí la TV y observé la represión en la Plaza de Mayo. Maldije haber dormido y no estar allí, pero un en rato iba a llegar la hora de volver a cagar el camión, cosa que parecía complicada por el clima tenso.

 

 

En esas horas ya se hablaba de las invasiones del barrio aledaño: “se vienen de tal o cual barrio”, decían y el estado de paranoia hacía que los vecinos patrullaran las esquinas armados como algo nunca visto. En este panorama de la madrugada del 20, llamé a la empresa preguntando si debía ir a  trabajar, la respuesta; un contundente sí. Parece ridículo imaginarlo, pero a las 4 de la mañana salimos de Temperley camino a la empresa en Tapiales, con mi viejo de acompañante armado con un revólver. La idea llegó solo hasta unas cuadras pues en cada esquina se repetía la misma escena de los vecinos armados incluso con barricadas que bloqueaban las calles. Entre nosotros cruzamos unas palabras que eran algo como: “volvamos que nos van a cagar a tiros”.

 

Esa noche nos quedamos un rato largo mirando tele y charlando. Porque a medida que se acercaba el día se presagiaba algo raro.

 

 

Cuando me levante a la mañana, sonó el teléfono. Había dormido unas horas y la cita era en el Congreso con el partido. Recuerdo el calor del pavimento en esa tarde agobiante y la marcha que emprendimos hacia Plaza de Mayo, recuerdo que durante el trayecto, desde las ventanas, la gente saludaba tirando papelitos e incluso comenzaban a sumarse gente de traje que bajaba de alguna oficina, hasta recuerdo una anciana con su caniche.

 

 

Cuando llegamos a la Avenida 9 de julio se desató la represión en la Plaza: comenzaron a escucharse los ruidos y enseguida corrió la voz, “en la plaza están reprimiendo a las Madres”. En un rato, buena parte de la columna ya estaba desordenada, y con un grupo de compañeros comenzamos a correr hacia Plaza de Mayo por Diagonal Norte, pero la represión ya se extendía por las calles periféricas y era imposible llegar a la plaza, pues desde allí en adelante no paraba de llegar gente. A partir de ahí mi memoria no logra ordenar los sucesos, quizá por lo vertiginoso de esas horas. Sí  recuerdo, entre balazos de goma y gases, llamar desde un teléfono público a mi vieja para tranquilizarla y escuchar su insistencia para qué me raje a casa.

 

 

Recuerdo haber tirado piedras a la policía primero en Diagonal Norte, luego en Avenida de Mayo, Congreso,  y por cualquier lado pues la represión irrumpía al instante, por ejemplo cuando frenaban patrulleros y motociclistas disparando contra la gente. En esa corrida me crucé a la madre de un amigo que llevaba piedras del tamaño de su cabeza -algo que me pareció gracioso-, también recuerdo a un motociclista policía que, en plena embestida represiva, se le detuvo la moto y asustado salió corriendo mientras la gente le destruía la motocicleta y alguien gritaba “¡no la rompan es del pueblo!”. Recuerdo a alguien en el piso siendo asistido y gente gritando que estaban tirando con balas de plomo. Recuerdo sobre Avenida de Mayo y 9 de julio haber entrado al supermercado Norte, haber tomado algo frio y encontrarme con alguien de la cancha, y entre todos sacar los changos para hacer una barricada en la calle.

 

Todavía tengo la imagen en la cabeza de un policía tan asustado que no podía recargar su escopeta y un camión hidrante surcando el boulevard de la 9 de julio, destruyendo los bancos de cemento. Recuerdo que desde una camioneta fletera alguien con la radio a todo volumen trasmitía la renuncia de De La Rúa y los gritos de alegría entre la gente parecían aullidos. Recuerdo no haber tenido miedo en ese momento, más bien llegó cuando, finalizando aquella jornada, comprendí lo que pasaba, mientras me enteraba de los muertos y heridos. Entonces la ciudad se volvía hostil y la policía merodeaba las calles pareciendo buscar revancha de lo que quedaba. En ese momento me encontré con un amigo que había perdido entre el desorden y nos volvimos por la calle Perú, bajo la mirada amenazante de la montada donde nos refugiamos en un local del partido.

 

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