La escuela piquetera

Por Diego Rojas y Andrés Hansy

Los principales referentes piqueteros cuentan cómo vivieron el Argentinazo y debaten sobre la actualidad del movimiento. El relato de David, un chico de La Matanza: de piquetero a bolchevique.

I

 

El 20 de diciembre por la tarde los argentinos, en medio de todo el marasmo, podían contar, sin embargo, con una certidumbre: el país había cambiado, su sociedad acababa de derrumbar a un remedo de presidente, acababa de rebelarse. Ese caluroso día terminaba con los últimos manifestantes en las calles, grupos policiales y de civil todavía actuando, 33 muertos en todo el país y un De la Rua que se había ido de la Casa Rosada en un helicóptero hacia Olivos, para juntar sus últimas cosas e irse, ya para siempre.

Cerca del mediodía, los manifestantes habián comenzado a llegar a la zona de Congreso. Todavía regía el estado de sitio que el presidente de la Nación había declarado la noche anterior. Durante toda la mañana, la televisión  transmitía las imágenes de la policía arremetiendo contra los primeros manifestantes que, por iniciativa propia,  intentaban acercarse a la Casa Rosada. Las fuerzas del orden tenían la orden de mantener Plaza de Mayo despejada.  Los hombres y mujeres que mantenían la decisión de desafiar el Estado de Sitio, consigna que había copado toda la sociedad desde la noche anterior, no improvisaban su accionar. Habían
aprendido. Años de lucha piquetera, de cortes de ruta y movilizaciones de ese sector de la clase trabajadora sumergido en las peores condiciones, habían enseñado el qué hacer. El Estado de Sitio había querido separar a los sectores medios de los movilizados por el fragor piquetero. Había fracasado en ese intento.

 

Días antes, la “mesa de coordinación” de la Asamblea Nacional Piquetera había convocado a marchar desde Liniers hasta la Casa Rosada levantando las reivindicaciones sociales y políticas del movimiento de desocupados. Los acontecimientos hicieron que la cita fuera trasladada para salir desde Congreso. Alrededor de las 14, la columna se disponía a marchar por avenida de Mayo, pero tuvo su primer encontronazo con las fuerzas de seguridad a la altura de Plaza Lorea. Un destello de chalecos amarillos del Movimiento Independiente de Jubilados y Desocupados, dirigido por Raúl Castells, salpicó la avenida Rivadavia y los alrededores de la Plaza de los Dos Congresos. La policía había intentado dispersar la columna a fuerza de balas de goma y gases lacrimógenos.

 

Néstor Pitrola, que en aquel entonces se encontraba a la cabeza del Polo Obrero, recuerda: “Nos concentramos en Congreso, ya que teníamos una cita preestablecida mucho tiempo atrás con la CTA y la CCC, pero esas organizaciones decidieron la noche anterior no participar. Allí estábamos
nosotros, en un primer momento también participó Raúl Castells, estaba el SUTEBA de La Matanza, la AGD-UBA (sindicato de docentes universitarios) y otras organizaciones de izquierda. Avanzamos hacia la Plaza de Mayo, que se convirtió en nuestro objetivo, y sufrimos los primeros embates de la policía al llegar a la 9 de Julio”.
Castells, el barbado dirigente del MIJD, también recuerda que “no fueron todas las organizaciones que se habían comprometido, y me refiero a algunas grandes”, pero prefiere no dar nombres.  Los manifestantes se reagruparon después de ese primer embate policial. Iban a intentar llegar a Plaza de Mayo marchando a contramano por la avenida Corrientes.

 

La ciudad –especialmente, el centro de la ciudad, el centro político del país- iba colapsando. Los negocios bajaban sus persianas, las oficinas escupían a los oficinistas a las calles. Los “chicos de las motos”, los cadetes y mensajeros motorizados que desde hace tiempo venían peleando por su propio sindicato, se dieron cita en los puntos de encuentro habituales y deliberaban. La Plaza de Mayo, como un gigantesco imán, atraía todas las atenciones, todas las voluntades, todas las conciencias.

 

A las 15, la caballería atacaba las Madres de Plaza de Mayo que se disponían, como todos los jueves, a hacer su ronda alrededor de la Pirámide. La imagen de un pañuelo blanco ensangrentado –como nunca había ocurrido, ni bajo la dictadura ni bajo el menemismo- le dio el envión definitivo a la jornada.

 

Desde los barrios de la Ciudad y del conurbano, centenares, miles de cuerpos como imantados se dirigían hacia el centro. Había que llegar a la Plaza, terminar la faena iniciada la noche anterior, liquidar el estado de sitio, terminar con el gobierno. Las pasiones y los pensamientos parecían de golpe esclarecidos, destrozando todas las rutinas.

 

Ese jueves de diciembre, durante un rato, el tiempo pareció detenerse. Durante cinco o seis horas, centenares de escaramuzas, protagonizadas por pequeños grupos espontáneos, por partidos de izquierda que mantuvieron en alto sus banderas entre los gases, las piedras y las fogatas; por empleados que se aflojaban los nudos de las corbatas y que mientras que con una mano sostenían su maletín, con la otra lanzaban piedras a la policía, por motoqueros, por la juventud piquetera del Gran Buenos Aires.

 

Durante cinco o seis horas, los alrededores de la Plaza se convertirían en el escenario de una gigantesca batalla, de oleadas incesantes que arremetían contra la policía, contra sus caballos y sus grupos de tareas. Darían todo, hasta la vida, por conquistar ese pedazo de ciudad.

 

Según Pitrola, “estuvimos 7 horas intentando llegar. Avanzábamos, retrocedíamos, nos metíamos por calles internas o colaterales. Tuvimos compañeros lesionados. Vimos actuar a los grupos de tareas de civil. Presenciamos la gran acción de los motoqueros, que cumplieron un rol importantísimo ese día. En medio del fragor de la batalla, no nos enteramos de las muertes que se producían sino hasta más tarde”.

 

Cerca de las 7 de la tarde, un helicóptero parte de los techos de la Rosada y una nueva etapa política comienza en el país.

 

 

David

En ese momento tenía 19 años. Ese 20 de diciembre estaba trabajando de cadete en el microcentro porteño. Me volví temprano por el quilombo y porque ya está, no había nada que hacer. Vivía en el barrio Atalaya, en la localidad de Isidro Casanova, en el partido de La Matanza. Mi papá siempre había sido obrero metalúrgico, de toda la vida. Desde hacía tres años estaba desocupado y comenzaba a acercarse a los comedores y asambleas que hacían los piqueteros en el barrio. A mi familia la bancaban mis hermanas mayores.  Yo laburaba de de cadete y trataba de hacer el CBC. Mi viejo me comentaba que estaba participando de un comedor y trataba de interesarme, pero mucha bola no le daba. Mirá, tanto era eso así que ese 19 y 20 de diciembre me agarró sin saber qué hacer. ¡Fijate el grado de desorientación que tenía que a la mañana escuchaba a Bernardo Neustadt! Cuando llegué al barrio la confusión era mayúscula por la acción de la policía, que esparcía rumores en todas las esquinas. Estábamos en casa y en el barrio pasó lo que pasó en todo el conurbano: la policía decía que venían de otros barrios a saquear, que no nos movilizáramos, que nos quedáramos adentro de nuestras casas. La policía pasaba por la esquina y encaraba de a grupitos. Entonces los rumores venían de la otra cuadra, de acá, de allá… Un laburo de inteligencia terrible.
Perverso y efectivísimo”.

II

 

El 19 de diciembre por la noche, el presidente Fernando De la Rúa anunció por cadena nacional la declaración del estado de sitio.  La economía parecía haber llegado a un punto de colapso definitivo: proliferación de cuasi monedas (bonos) en todas las provincias, corralito, recortes salariales, hundimiento de la cadena de pagos en toda la industria y el comercio. El hambre arreciaba, los desocupados se contaban por millones. Proliferaban los cacerolazos convocados por las cámaras de los pequeños comerciantes y se empezaban a registrar saqueos en casi todas las ciudades importantes del país. Todas las clases sociales parecían querer sacarse de encima al gobierno, incapaz de retomar la iniciativa política e imponer un rumbo.

 

Con la declaración del estado de sitio, De la Rúa quemaba su último cartucho: pretendía ganarse el apoyo de la clase media y separarla del movimiento piquetero, esa creación peculiar de la clase obrera argentina que había cobrado un protagonismo enorme producto de su masividad y de su propia evolución política.

 

El resultado fue el inverso: la clase media se volcó definitivamente del lado de las capas más sumergidas de los explotados, convalidando todo lo actuado por esas masas hambreadas y miserables de obreros desocupados.

 

Luis D´Elía, dirigente de la Federación de Tierra y Vivienda que en aquellos años pisaba fuerte en la Central de Trabajadores Argentinos, es categórico: “los saqueos fueron armados por los punteros del PJ por orden de Duhalde, no te quepa duda. Pero eso también provocó que ocurriera el 19, la más autentica de las dos jornadas. Una reacción espontánea contra el estado de sitio y contra el régimen neoliberal, oligárquico y conservador”.

 

La acción espontánea de los grupos que arreciaron hacia plaza de Mayo no debería sustraerse de la conciencia que en la población forjaron una década de puebladas, cortes de ruta, movilizaciones contra la represión y huelgas generales. Tres meses antes del estallido, la II Asamblea Nacional Piquetera reunida en La Matanza, en medio de arduas deliberaciones, daba status programático a una consigna que desde hacía tiempo recorría al movimiento: Fuera De la Rúa-Cavallo. 

 

 

David

 

 

Para principios del 2002, yo había dejado el CBC y me metí a hacer el curso de ingreso en un profesorado de historia, donde hubo un conflicto muy grande por el cupo de ingreso. Estuve en el medio de una lucha… Una locura, tomamos el edificio. Fue de las clásicas primeras experiencias así, que a veces son medio  frustrantes… Finalmente entré a otro profesorado, porque a los más revoltosos nos echaron. Ahí conocí a otros partidos de izquierda y no me habían gustado. Me pareció que esa lucha había sido mal llevada, aunque a todo esto yo mismo no tenía idea de cómo habría que haberla llevado adelante y tenía una opinión muy vaga acerca de estas cosas.

Más o menos en ese tiempo, mi viejo se empezó a meter más. Él tenía una huerta y empezó a militar en el Polo Obrero con la huerta y después con el comedor. De repente, la gente empezó a entrar a casa porque había que cortar cebolla de verdeo o acelga y venían las cocineras, nos empezamos a conocer y después me acerqué a una asamblea de los piqueteros. En eso me invitan a un plenario de la juventud del Polo Obrero en el que éramos
cinco: tres chicas de un profesorado de Laferrere, un estudiante secundario que andaba dando vueltas y yo… pero bueno, ahí más o menos arrancamos.

Lo que me atraía era, por un lado, lo del comedor, que era importante, porque en el barrio se la pasaba mal. La Atalaya es un barrio netamente obrero, con metalúrgicos, gente de la construcción, obreros de las automotrices, o sea de gente acostumbrada a laburar y a tener laburo siempre, pero que de repente estaban todos desocupados y eso era como un caos. El barrio no era un barrio carenciado, pero había mucha gente desocupada, sobre todo en ese segmento de 45 años para arriba. Trabajadores que tenían la experiencia, pero que no podían conseguir laburo por la edad, como mi viejo. Entonces vi eso: los tipos tienen un comedor, organizan a los desocupados, a su vez tienen esta movida en la cuestión estudiantil… medio que eso fue lo que me atrajo. Todo el mundo pasaba por el comedor, todos. Hasta gente de la que nadie podía imaginar yendo a un comedor popular estaba ahí.  En ocasiones tipo Día del Niño, que juntábamos juguetes a lo loco, aparecían todos, absolutamente todos, a morfar y a ver si ligaban un juguete. Se comía ahí: ancianos, niños, todo el mundo. Era un espacio de sociabilización, de debate también. En un momento tomamos la delegación municipal de Casanova y arreglaron todas las calles por iniciativa nuestra, del Polo, así que se transformó en un centro de referencia para todos los del barrio.

Yo activaba en el instituto en el que estaba estudiando, pero mi militancia empezó en el Polo. Al  Partido Obrero lo tenía ahí, iba a una que otra reunión, pero estaba más que nada organizado con el Polo, en el comedor, en la cuestión de los desocupados. Organizábamos las asambleas, tratábamos de ordenar un poquito todo eso. Las señoras del barrio se mataban por lo que imagines: porque el arroz no alcanzaba, porque una usó un aceite que no tenía que usar. Había muchas cuestiones domésticas que había que ir manejando. Además, estaba todo el clima post 2001, anti partidos y eso también me influía. El 2002 fue la que considero mi etapa de formación.

 

 

 

III

 

Durante el mes de mayo, un gigantesco piquete se apostó durante varias semanas sobre la ruta 3 en La Matanza, pleno corazón del conurbano bonaerense. Los movimientos que lo impulsaron convocaron al mes siguiente, en julio del 2001, a la I Asamblea Nacional Piquetera, que sesionó también en ese distrito, en el gimnasio de la Iglesia del Sagrado Corazón. Por primera vez, el movimiento piquetero se dotaba de un programa y un plan de lucha de alcances nacionales. Las agrupaciones que la convocaron fueron la FTV de D´Elía, la CCC y el Polo Obrero, entre otros.

La II Asamblea Nacional Piquetera, que “oficializó” entre sus consignas aquello de “Fuera De la Rúa-Cavallo”, realizada en septiembre del mismo año, marcó sin embargo un punto de inflexión. El ala vinculada a la CTA y la CCC pretendían limitarla al entonces ministro de Economía del gobierno de la Alianza y se produjo una candente disputa política. Según Pitrola, del PO, “la CTA y la CCC decidieron no participar de la movilización acordada para ese 20 de diciembre para preservar las instituciones”. Los representantes del PO aseguran que la noche del 19, mientras las cacerolas tronaban en todos los barrios porteños, dirigentes de la CCC les anticiparon que no participarían de la marcha convocada para el día siguiente porque lo que estaba ocurriendo era el producto de “una conspiración duhaldista”.


D´Elía y Juan Carlos Alderete (CCC) sostienen otra versión.  Aseguran que ambas agrupaciones concentraron fuerzas en La Matanza, pero que la policía les cortó el paso. “Nosotros veníamos viviendo el clima que desembocó en esas jornadas y las posteriores desde hacía bastante tiempo antes –dice Alderete–. Lo vivíamos en cada movilización piquetera, con el corte largo de mayo de 2001 en la ruta de La Matanza. Durante los primeros días de diciembre habíamos acordado con otras organizaciones hacer una movilización el 18 y quedarnos en la plaza, pero nos dejaron solos. La orientación que dimos el 20 fue ´no a los saqueos´ y salir a la calle a protestar. En La Matanza salimos a la ruta junto a 5000 compañeros y nos quedamos allí porque no teníamos movilidad como para ir a Plaza de Mayo. La policía bonaerense nos atacó y tuvimos 110 heridos, tres de mucha gravedad, con bala de plomo. Ese día nos quedamos en La Matanza resistiendo, ahí nos pudimos enterar de la caída de De la Rua”. Para D´Delía, de todos modos, “lo del 20 fue una versión tardía de algunos grupos, una continuación espasmódica de lo ocurrido la noche anterior”.

 

El 20 de diciembre fue también un punto de inflexión para el movimiento popular que más había influido en la larga etapa de gestación de aquella rebelión popular.

 

 

 

David

 

En un momento se planteó el problema de armar listas para las elecciones de Centro de Estudiantes en el instituto. Estaban otros partidos de izquierda, pero eran tan aparatos que lo que provocaban en la gente del profesorado era rechazo, hasta a mí me generaban rechazo. Entonces se armó un frente y yo me fui con los pibes con los que me llevaba bien, que eran medio anarcos. Ahí sí que me reuní después con los pibes del PO y discutimos: ´no, mirá, nos tendríamos que manejar de esta manera, charlando más de política´ y qué se yo, me pareció que tenían razón. Entonces empecé a tomar un rumbo más militante dentro del partido. Empecé a militar en el Partido Obrero y me hice trotskista. Bueno, nunca me dieron nunca el diploma, pero así fue.

 

 

 

IV

¿Qué es hoy el movimiento piquetero? La reactivación de la industria y los servicios trasladaron el ámbito central de las luchas de las clases trabajadoras de las calles y rutas a las fábricas y empresas, del comedor y las
asambleas barriales a los sindicatos y comisiones internas.  Néstor Pitrola reconoce que “el movimiento piquetero no tiene la centralidad política que tuvo en 2001 y 2002. Habiendo perdido, por lógica de la recomposición
capitalista de estos años, la participación central que tenía, sin embargo, sigue siendo una posición conquistada contra los punteros en las barriadas del Gran Buenos Aires”.

 

“En aquel momento fue la fracción avanzada de la clase obrera que se unió a los paros generales, por un lado, y a las cacerolas de la clase media, por el otro. Hoy, el movimiento piquetero moviliza alrededor de 12 mil personas por sus demandas. En 2008, cuando hubo miles de despidos, volvió a jugar un papel y probablemente lo vuelva a jugar con el desembarco de la crisis al país. Por otro lado, la juventud obrera ha tomado sus métodos, el corte de calle, de ruta, la ocupación de fábrica, como suyos propios y los ejercita en su propia lucha. No  hay que
olvidar que el movimiento piquetero participó de las tomas de más de 200 fábricas que se pusieron a andar en aquella época”.

 

Para Castells, “el movimiento piquetero y el Argentinazo están empíricamente presentes en todas las expresiones de rebeldía de las masas populares, desde el aliento de las tribunas en las canchas de fútbol hasta en las movilizaciones contra el gatillo fácil y la inseguridad. Su espíritu y el ´que se vayan todos´ pueden ser hoy expresiones minoritarias, pero siguen vigentes”. El flamante diputado –ingresó al Congreso en la lista de Alberto Rodríguez Saá– sostiene que “la mayoría de dirigentes piqueteros fueron cooptados. El plan Argentina Trabaja, que abarca a 250 mil personas, fue diseñado para subsidiar a los punteros del gobierno. Así se maneja este gobierno. La Cámpora es toda militancia paga”.

 

Para Alderete, “el gobierno, como hizo con los símbolos de los setenta, querría apropiarse del escenario del 2001. Siempre tuvimos la concepción de que no debemos depender de gobiernos ni patrones, en cambio otros han sido cooptados por el oficialismo y esto ha sido dañino. Le hizo daño al movimiento piquetero. Por otro lado ha habido un crecimiento económico que ha goteado muy poco para abajo. Creemos que esas brasitas del 2001 siguen encendidas. Por eso en su discurso de asunción la presidenta habla de la extorsión y la huelga, porque se viene un escenario de ajuste para que paguemos la crisis. La gente va a salir a las calles nuevamente. Y allí estaremos otra vez peleando”.

 

Desde la vereda del oficialismo, Luis D´Elía afirma que “lo que era el movimiento piquetero es hoy un movimiento social pujante aunque en un escenario distinto. Hoy está presente en la obra pública, en las cooperativas de trabajo. Hay 150 mil compañeros empleados a través del plan Argentina Trabaja”. D´Elía advierte que de todos modos “hay una atraso en materia de inversiones en los programas sociales. Hoy un compañero que presta servicios a través del plan Argentina Trabaja cobra $1220, cuando debería estar cobrando el doble”.

 

 

 

David

 

Ahora tengo 29 años, trabajo en una embotelladora de gaseosas y también me dedicó con pasión a la música electrónica, que siempre escuché, desde chiquito en el barrio, porque mis hermanas escuchaban cosas como Depeche Mode. Una rara combinación pasaba en ese barrio. En el trabajo estoy sindicalizado y soy como la referencia ante todos los problemas políticos y económicos que hay, mis compañeros vienen y me preguntan a mí. Yo me hago el boludo, les digo que me mantengo informado porque leo los diarios, porque está la burocracia moyanista furiosa adentro y hay que tener mucho cuidado para  que no te manden al frente. Ahora no estoy militando a pleno, pero sé que si en algún momento hay que cambiar el delegado, es muy probable que digan ´y… David siempre sabe, tiene respuestas´… y sé que entonces ahí voy a tener que golpear la puerta de nuevo para ponerme a tono. Es que yo no dejé de ser trotskista. Una noche, más o menos en 2004, estábamos de madrugada tomado cerveza en la casa de un compañero, reunidos con otros militantes. Dos de los más viejos se miraron y riendo dijeron: “Lo sacamos bolchevique a este, no?”. Yo los miré y asentí. “Y sí. Ganaste”, le dije.   

 

 

 

 

 

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