Una interviú

 Por Mark Twain *

Plazademayo.com recuerda al escritor norteamericano en su cumpleaños. Una entrevista con su estilo.

Un joven nervioso, inteligente y atento, se sentó en la silla que le ofrecí, y dijo que era integrante de la redacción del Rayo Cotidiano. Y a continuación agregó:

-Espero no ser inoportuno con mi visita. Vine a interviuvarlo.

-¿A qué vino?

-A interviuvarlo.

-¡Ah!, muy bien. Perfectamente. ¡Hum!… Muy bien…

No me sentía muy lúcido esa mañana. En realidad, mis ideas me parecían un poco caóticas. Sin embargo, fui a la biblioteca. Después de haber buscado durante seis o siete minutos, tuve que recurrir al joven visitante.

-¿Cómo lo deletrea? -dije.

-¿Deletrear qué?

-Interviuvar.

-¡Pero…! ¿Para qué quiere deletrearlo…?

-Yo no tengo por qué deletrearlo, pero necesito buscar su significado.

-Pero… es increíble… perdone que se lo diga…. No tengo ningún problema en decirle qué significa esa palabra. Sí…

-¡Perfecto! Es lo que quiero… De verdad, se lo agradezco mucho.

-I-n, in, t-e-r, ter, ínter…

-Un momento, un momento… usted deletrea una i.

-Claro.

-¡Por eso no la encontraba!

-Pero, querido señor: ¿Con qué letra pensaba que comenzaba?

-En realidad, no sé…. Mi diccionario es bastante completo. Tenía la intención de hojear las láminas que hay al final, a ver si podía descubrir ese objeto entre los dibujos. Pero es una edición muy vieja.

-Mi estimado señor, no va a encontrar un objeto que represente una interviú, ni siquiera en la última edición. Perdóneme, no tengo la menor intención de herir sus sentimientos, pero usted no parece tan agudo como yo pensaba… Se lo digo sin intención de ofenderlo…

-¡No se preocupe! Este comentario lo escucho con frecuencia, y por personas que no quieren ofenderme, y que no tienen ningún motivo para hacerlo. Desde ese punto de vista, soy un ser verdaderamente interesante. Se lo puedo asegurar. Todos lo comentan entusiasmados.

-Le creo, sinceramente. Pero vayamos a lo nuestro. No sé si sabrá que ahora se acostumbra interviuvar a las personas conocidas.

-En realidad, lo sé por usted. Eso debe ser muy interesante. ¿Con qué se hace eso?

-¡Es verdad, usted es una persona muy desconcertante! En algunos casos se debería interviuvar con un látigo. Pero por lo general se trata de preguntas que el interviuvador plantea, y a las que el interviuvado responde. Es una moda muy popular. ¿Me permite que le proponga ciertas preguntas que darán cierta luz sobre los puntos sobresalientes de su vida pública y privada?

-¡Oh!, con mucho placer. Tengo muy mala memoria, espero que eso no importe. Quiero decir que tengo una memoria caprichosa, extrañamente caprichosa. A veces, parte al galope, otras, se queda retrasada durante una quincena en un lugar determinado; para mí es una gran molestia.

-No importa. Sé que responderá lo mejor posible.

-De acuerdo. Me esforzaré con mucho interés.

-Gracias. ¿Está preparado? Comienzo, entonces..

-Estoy listo.

-¿Qué edad tiene?

-Cumplo diecinueve años, en junio.

-¡Pero cómo! Yo le calculaba entre treinta y cinco o treinta y seis años. ¿Dónde nació?

-En Missouri.

-¿Cuándo comenzó a escribir?

-En 1838.

-¿Cómo puede ser, si no tiene más que diecinueve años?

-No sé. Parece extraño, es cierto.

-Muy extraño. ¿Qué hombre le parece el más notable de todos los que ha conocido?

-Aaron Burr.

-¡Pero si tiene sólo diecinueve años usted jamás pudo haber conocido a Aaron Burr!

-¡Bien! Si sabe sobre mis cosas más que yo, ¿para qué me pregunta?

-¡Oh!, solamente era un comentario. Nada más. ¿En qué circunstancias se encontró con Aaron Burr?

-Fue así. Yo había ido por casualidad a sus funerales, y él me rogó que hiciese un poco menos de ruido, y…

-Pero por Dios, si estaba en sus funerales, es porque él estaba muerto. Y si él estaba muerto, ¿qué le podía importar que usted hiciese ruido?

-No sé. Siempre ha sido un poco maniático con esos temas.

-Perdón, no comprendo nada. Dice que le habló, y que estaba muerto.

-Nunca dije que estuviera muerto.

-En fin. ¿Estaba muerto o vivo?

-¡Por Dios!, unos dicen que estaba muerto, y otros que estaba vivo.

-Pero ¿usted que cree?

-¡Bueno…! Ese no era asunto mío. Yo no era el que lo enterraba.

-Pero, sin embargo… este… me parece que así no llegaremos a ningún lado. Permítame que le haga otras preguntas. ¿Cuál es la fecha de su nacimiento?

-Lunes 31 de octubre de 1693.

-¡Es imposible! Usted tendría ciento ochenta años de edad. ¿Cómo explica eso?

-Yo no lo explico, para nada.

-Pero acaba de decirme que no tiene más que diecinueve años, ¡y ahora llega hasta los ciento ochenta! Es una contradicción evidente.

-¡Es cierto! ¿Se dio cuenta? (Le estreché las manos.) A menudo me doy cuenta de que hay una especie de contradicción. Pero por otra parte, nunca pude resolverla. ¡Con qué rapidez observa las cosas!

-De todos modos, gracias por el elogio. ¿Tenía o tiene hermanos y hermanas?

-¡Mm!, yo… yo… yo creo que sí, pero no me acuerdo.

-¡Nunca escuché una declaración más asombrosa!

-¿Por qué? ¿Por qué piensa eso?

-¿Y qué podría pensar…? A ver. Mire ahí. Ese retrato que está sobre la pared, ¿quién es?, ¿no es uno de sus hermanos?

-¡Ah!, sí, sí, sí. Ahora me acuerdo. Era mi hermano. William, Bill, como nosotros le llamábamos. ¡Pobre viejo Bill!

-¡Cómo! ¿Está muerto?

-Eso creo. Al menos, es lo que me imagino. Nunca se supo bien. En todo eso hay un gran misterio.

-Es triste, muy triste. Desapareció, ¿no?

-Sí, de cierta manera, hablando en general… En realidad, lo enterramos..

-¡Lo enterrraron!, ¡lo enterraron sin saber si estaba vivo o muerto!

-¿Quién dijo eso? Estaba completamente muerto.

-¡Mi Dios!, le confieso que no entiendo nada. Ustedes lo enterraron porque estaban seguros de que estaba muerto…

-No, no, sólo pensábamos que lo estaba.

-¡Ah!, ya entiendo. Revivió.

-Por supuesto que no.

-¡Pero entonces…! Nunca oí nada igual. Alguien estaba muerto. Lo enterraron. ¿Cuál es el misterio?

-¡Pero eso, justamente eso! Eso es extraño. Es fundamental que le explique que el difunto y yo éramos gemelos. Un día, nos mezclaron en el baño, cuando no teníamos más que dos semanas, y uno de nosotros se ahogó. Pero no sabemos cuál. Unos creen que era BilI. Otros piensan que era yo.

-Es muy extraño. ¿Y usted qué opina sobre eso?

-¡Vaya a saber! Daría cualquier cosa por saberlo. Este impresionante y terrible misterio ha ensombrecido mi vida. Pero ahora voy a decirle un secreto que nunca le conté a nadie. Uno de nosotros tenía una marca, un lunar, muy destacado, sobre el dorso de la mano izquierda. Era yo. Ese es el hermano que se ahogó.

-Perdóneme pero pensando bien las cosas, no encuentro ningún misterio.

-Usted no lo ve, pero yo lo veo. No puedo entender cómo fueron tan estúpidos como para enterrar al niño que no lo necesitaba. ¡Pero silencio!… no hable nunca de esto frente la familia. Dios sabe que mis padres tienen ya bastantes causas de sufrimiento.

-Y bien, por ahora tengo, creo, bastantes datos y le quedo muy agradecido por la molestia. Pero me interesó mucho el relato que me hizo sobre los funerales de Aaron Burr. ¿Querría contarme qué fue lo que le hizo pensar en Aaron Burr como un hombre tan notable?

-¡Oh!, un detalle insignificante. Entre cincuenta personas no encontraría una que lo hubiese tomado en cuenta. Cuando se terminó el sermón, y el cortejo se disponía a partir hacia el cementerio, y el cuerpo estaba bien instalado, confortablemente en el ataúd, él dijo que no le molestaría dar una última mirada al paisaje. Así que se levantó y se sentó sobre el pescante, al lado del cochero. Cuando terminé de hablar, el joven me saludó y se fue. Su compañía había sido muy agradable, y me entristeció verlo partir.

* De Autobiografìa, en Escritos con humor.