¡Vamos Morocha! ¡Vamos al Dólar!

Por Luis Gasulla

A una semana del triunfo oficialista en las elecciones presidenciales del pasado 23 de octubre, el gobierno tuvo que frenar la corrida hacia el dólar disponiendo una especie de corralito nacional y popular hacia la codiciada moneda estadounidense. ¿Cuál es la explicación que tiene el gobierno y sus voceros mediáticos del fenómeno? ¿El 54% de los votantes que creen en el modelo están exentos del deseo frenético por la moneda del Pato Donald? Otra historia más de cinismo y doble discurso.


Anoche, en el programa televisivo de Gustavo Sylvestre, el futuro vicepresidente de todos los argentinos, Amado Boudou, relativizaba el supuesto problema de la fuga masiva hacia el dólar y le echaba la culpa a los medios monopólicos, fundamentalmente, los diarios Clarín y La Nación. Fiel al manual de estilo, esa mañana, el Ministro de Economía le pidió a Víctor Hugo Morales que todos tengamos tranquilidad, sobre todo los que tienen sus cuentas en orden porque solo cuatro son las empresas que han comprado masivamente dólares en la Argentina. No dio nombres ni explicó planes para modificar la actitud de esos empresarios “hostiles” hacia el país. Menos aún, hizo referencia hacia los supuestos verdaderos culpables de todo: Los Medios.
El viernes pasado, en un acalorado debate radial en el que participó Adriana Amado Suárez, el editor periodístico de Libre, Pablo Blanco, el bloggero y empleado de 678, Lucas Carrasco y el intelectual de Tiempo Argentino, Alejandro Horowicz se debatió, entre otros temas, sobre el dólar. El verborrágico Carrasco simplificó en que “la derecha” que, según él va del falso socialismo de Hermes Binner a Eduardo Duhalde pasando por las gordas amas de casa que encarna Elisa Carrio, desean una devaluación encubierta para perjudicar al pueblo y, por eso, buscan desestabilizar al modelo nacional y popular. “Hay que encontrar los mecanismos institucionales para frenar esto”, anticipó Carrasco. Amado Suárez, con buen tino, preguntó quiénes tenían esas herramientas si, como el nombre lo dice, debería ser responsabilidad del propio gobierno tomar decisiones en ese sentido. Carrasco habló de “metodologías delincuenciales” de la derecha que está oculta y debe aprender a moverse de forma democrática porque ya quedó demostrado que perdieron las elecciones y ejemplificó como la supuesta alma máter de las instituciones que representaba Martín Redrado. Horowicz fue más allá y minimizó el fenómeno pues “el dólar no es más la moneda de reserva que la gente ni las corporaciones cree”. 

La calle, donde en algunas oportunidades reluce el sentido común y en otras, la intolerancia y la desmesura, se comentaba que, la clase media, luego de años de prosperidad económica pudo cambiar la heladera, comprar el plasma, remodelar el living y hasta viajar al exterior. Luego del infierno económico, social y político que significó el derrumbe del corralito financiero instaurado por Domingo Cavallo y su correlato en la revuelta popular del 19 y 20 de diciembre, aquel que tiene capacidad de ahorro huye al dólar por la desvalorización constante del peso argentino ante la inflación. Aquel que compra dólares no necesariamente está en la vereda contraria al gobierno nacional y popular. En organismos públicos, empleados administrativos corren en el horario de almuerzo a hacerse de unos pocos billetes verdes para guardar debajo de la almohada o para ir juntando para un viaje a Punta del Este, Brasil o el Caribe. En la Televisión Pública, cinco días antes de las elecciones, la Presidenta recorrió las instalaciones, felicitó a los empleados y les pidió seguir trabajando en conjunto porque “ahora estamos en el dial” (sic). Fue recibida con bombos y platillos, aplausos, llantos y ovaciones. Siete días después, la cola del cajero del banco Itaú, que funciona dentro de las instalaciones del majestuoso edificio del antiguo ATC, se encuentra atestado de deseosos compradores de dólares que averiguan la forma de hacerse del preciado tesoro. Molestos por la negativa del cajero a satisfacer sus deseos festejan el triunfo electoral y aún gritan: ¡Vamos Morocha!