Los niños del Brasil, son de acá

Por Manuel Rud

En 1937 se duplicaron los Adolfos en el padrón nacional. Esta progresión geométrica avanzó durante la guerra y declinó abruptamente con los juicios de Nuremberg. La influencia y el amor por el nazismo de muchos argentinos también está presente en las estadísticas.

 

 

Llamarse Hitler

 

La semillería Carozzo Hnos., la fábrica de soutiens Pezzoni, la ortopedia Caminitti. La fábrica de escaleras de Zuviría, el mecenas homosexual Pirovano, o el Coronel de intendencia Mango, son sólo una muestra de la posible influencia del nombre en el futuro de quienes lo poseen. O tal vez podamos concluir que, de algún modo, los nombres nos poseen a nosotros. Porque el nombre, en definitiva, es lo que primero habla de uno: se declara previamente a cualquier intercambio, precede a cualquier gesto. En nuestro país, a pesar de una muy estricta política de registro – que entonces sólo permitía nombres que provinieran de los evangelios, nacieron, entre 1932 y 1942, diez niños y una niña con la extraña singularidad de llevar por nombre propio el apellido del ejecutor del asesinato de más de veinte millones de individuos. Estos argentinos llamados Hitler, bien sirven para advertir nuevamente – gracias al nombre propio del horror- que el huevo de la serpiente también se empolla en las pampas.

 

Los ‘Hitler criollos’

 

Hitler Emilio Palmas, carpintero, 1937 // Hitler Fernando Destefanis, chofer, 1934 // Hitler Manuel De Melo, comerciante, 1932 // Hitler S. Colautti, ganadero, 1936 // Hitler R. Casagrande, Albañil, 1940 // Hitler Félix Conti, docente, 1939 // Hitler E. Alberione, empleada doméstica, 1940 // Hitler Ignacio Jofre, jornalero, 1942 // Hitler Federico Annaheim, empleado, 1936 // Hitler Ramon Rosales, 1933, empleado.

 

‘Mi nombre es todo lo que tengo’

 

Hijo de inmigrantes piamonteses, el señor Casagrande nació en 1940 en la provincia de Córdoba. Albañil, aficionado a la actuación, participó durante los años 60 de la exigua compañía de “teatro nacional” de su pueblo. Hitler Rudecindo Casagrande piensa que su nombre “lo ayudó” para formar lo que llama “la personalidad del actor duro y recio”. En otra etapa de su juventud, reclutado para la Armada Argentina, donde pasó 3 muy buenos años, su nombre jugó un rol principal. Aún recuerda, divertido, el grito ario que la mayoría de sus camaradas le dedicaba a modo de saludo, acompañado del brazo extendido y un golpe de talones. Nada de esto le producía (ni le produce) antipatía alguna a don Hitler Casagrande: no solo no le molesta, explica, sino que le genera orgullo por él y por su padre, que tuvo el “impulso” de ceder a su sangre el apellido del influyente Führer. Esta decisión de su progenitor no fue obra de politiquería, porque apenas sabía escribir, sino un “simple homenaje”, destacado, aclara, por un dato cómico: “hubo que convencer al cura, porque al principio no había caso”. Claro que al final, el ecuménico sacerdote accedió a bautizar al pequeño Hitler Rudecindo, nombre que lleva desde siempre y aún hoy, con manifiesta “alegría y respeto”.

 

“Nadie sabía lo que iba a pasar después”

 

En otros casos, como el del carpintero marplatense Hitler Emilio Palmas, hoy con 63 años y también descendiente de italianos del norte, el asunto parece no tener demasiada relevancia. Con voz recelosa, acepta que es preferible a veces optar por una H. discreta para disimular el significado encerrado en su gracia, simplemente porque “en ciertas situaciones puede producir algún rechazo”. “Es muy simple”, justifica, “nadie sabía lo que iba a pasar después”. “Y yo no le pregunte nada sobre esto a mi padre, porque cuando murió era rnuy chico, Y tampoco fue un problema para mí”. Si un común dato político, como el ingreso de muchos oficiales nazis a la Argentina después de la segunda Guerra, sirve rnuchas veces para cifrar la historia pasada, oscura y pavorosa, Hitler Palmas, como el resto de sus tocayos es, en sí mismo, el portador inocente de un pánico que no se ha diluido y vive, como símbolo durable, en las letras de su nombre.

 

“Por qué no me puso Adolfo … “

 

También están aquellos para quienes esta marca significó dificultades algo mayores. Como para Hitler Félix Conti, maestro de escuela clase 1939, que durante sus primeros años de ejercicio docente debió tolerar con resignación los repetidos chistes de sus estudiantes. Por su nombre, paradójicamente, el maestro Hitler sentía con frecuencia debilitada su autoridad ante la clase. A causa de esto y de sus diferencias con su célebre homónimo, prefirió durante un largo tiempo el enigmático H. Félix para presentarse al mundo. lncluso más tarde, ya cansado de explicaciones, guiños y gestos de asombro o estremecimiento, decidió cambiarlo por otro más íntegro. Pero, pese a su insistencia, las férreas reglamentaciones de registro civil (las mismas que habian aceptado anotar en su Libreta Cívica el extraño deseo de su padre) esta vez no permitieron modificaciones: los tiempos que corrían no eran los mejores para discutir aquel asunto. El señor Conti, el que no quería ser Hitler, trató de rectificar su documento en 1977, justo cuando el estado argentino ejecutaba su propio homenaje al Tercer Reich, mucho más evidente y material que simbólico, en manos de los implicables y aplicados copistas del genocidio y la tortura.

 

No alcanza con uno

 

También encontramos que entre 1935 y 1946, por primera vez apareció una combinación de nombres antes ausente en el padrón electoral: Adolfo Benito 59 empadronados, Benito Adolfo 44. Además de 2 Benitas Adolfas. Los Adolfos crecieron abruptamente durante la guerra y decrecieron a niveles más bajos que en la década del veinte – es decir niveles normales de Adolfos – luego del juicio de Nuremberg. Los Jorges Rafaeles, seguramente se multiplicaron hasta el juicio a los comandantes, para dejar paso a los Raúles, que fueron reemplazados por los Diegos Armandos.

 

 

*Nota publicada en El Porteño, Año 1- Nº 1, segunda época.

 

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