La jerusalen entrerriana

Nota publicada en la revista CARAS Y CARETAS  en el año 1918.

Un periodista de CARAS Y CARETAS observa un pueblo llamado Basavibaso de la provincia de Entre Rios. Su caracteristica particular, la extrema población judía. Esta se ocupa de sobrevivir a toda carencia presentada por la precariedad y comodidad personal.

Escucha conversaciones, habla con comerciantes y calcula de acuerdo a los gastos de los alquileres el precio de los terrenos comprados . Su apariencia y la vida cotidiana de los habitantes no deja de sorprenderle más aún cuando se trata de visitas médicas y bancarias.

 

 

Dr. A. Vaccari.

Basavilbaso. Junio, 1918

A fuerza de ver señalado a Basavilbalso, en los mapas de los ferrovarriles, con un enorme círculo, cuyo centro es una bolilla negra de tamaño más que regular: verlo a este basavilbaso escrito en letras de molde, como punto obligado de concentración de todos los ramales, había llegado a formarme la idea de que se tratara de una población vastísima de tipo obrero, una especie de talleres en gran escala.

Sufrí una desilución completa.

Ni es vastísima, ni tiene las características de los centros obreros. Se trata muy bien de un conjunto de casitas de las que ninguna verdaderamente merece nombre de tal, con excepción del edicificio del Banco de la Nación, la que habita el doctor Accame y, hasta cierto punto… la que llaman hospital, sin que de hospital tenga casi nada.

Lo que si, Basavilbalso es interesantísimo, porque es ni más ni menos que una Varsovia, transplantada integra en pleno territorio Argentino. Y los enterrianos la llaman sin más trámites: la Varsovia chica.

Allí todo el mundo habla ruso y los poquísimos comerciantes, uno o dos en todo, que no son rusos, por lo menos lo entienden.

A la llegada del tren, levitones, galeras, botas y luengas barbas, dan inmediatamente una idea del ambiente, y hasta uno de los changadores, diremos oficiales, de los que son autorizados a subir al coche para sacar los equipajes de los pasajeros, no puede disimular su origen y su… género de alimentación.

 

– Zañor, zañor…¿baja valija?…¿Trez valija no máz?…¿Quiere que saca aquipaja?.

Y mientras habla deja llegar a vuestras narices un aliento perfumado de ajo purísimo, tanto que se parece más bien a un gasómetro de acetileno.

El ferrocarril divide el pueblo en dos secciones, cada una con su sinagoga. Una calle de unos cuarenta o cincuenta metros de ancho constituye la arteria principal, flanqueada por viviendas muy pobres. Como no existe aún en Basavilbaso ni municipalidad, ni comisión de Fomento, todo lo que se refiere a viabilidad, higiene y demás, queda confiado al criterio de la población, la que, viceversa, sabe que todo eso origina gastos y…. opina unánimemente que es mejor no gastar nada.

Se ha intentado nombrar una Comisión de Fomento, pero nadie quiso aceptar el honroso cargo de vocal de la misma, porque veía bien las resistencias que se encontrarían cuando se tratase de aplicar impuestos y establecer reglamentos.

Y, como todos los miembros indicados para integrar la Comisión de Fomento son comerciantes, no consideran conveninete tomarse dolores de cabeza, que indudablemente irían a repercutir sobre los bolsillos.

Empecé a recorrer el pueblo por mi cuenta, sin guía de ninguna clase, y en la calle ancha me llamó la atención un galponcito, que llevaba una inscripción mayúscula: BIBLIOTECA Dr. N.YARCHO y Dr. T. HERTZL.

 

– ¡Caramba!…

– ¿Una biblioteca?

Me acerqué al modestísmo edificio, y mientras unos diez o quince rubiecitos descalzos me miraban curiosamente, leí un avisito pegado en los vidrios de la puerta de entrada:

 

“Ponemos en conocimiento del público, que la Biblioteca recibe diariamente noticias telegráficas del Colegio Comercial de Concepción del Uruguay, sobre precios de cereales, ganados, frutos del país y noticias en general, las que ponemos a disposición. -La comisión.”

 

– ¡He aquí una característica de la raza!… Gente práctica estos judíos… Está bien leer, saber, todo lo que se quiera; pero… sobre todo, procuremos de estar al tanto de lo que puede influir sobre la mayor afluencia de moneda nacional en los bolsillos…

– Unos viejos de larga barba se me aproximaron y los oí transmitirse sus impresiones sobre mi persona. Escribo con letras castellanas las palabras que más o menos me llegaban al oído, pues igmoro el ruso:

– “Kte za chelovek starei chto prischold siú dá?” (¿Quién será ese viejo panzón que se mete por ahí?)

– “Viaseur o inspector uchilische”… (Un viajante o un inspector de escuelas).

– “Niet: imeied machína fotográfica?” (No: ¿no ves que lleva máquina fotográfica?). En el salón de la biblioteca estaba sentada una señorita de anteojos y pelo cortado a la nazarena:

– ¿Puedo visitar la biblioteca, señorita?…

– ¡Cómo no!… Y siguió entregada a sus lecturas.

– En unos humildes estantes hay alineados unos mil docientos volúmenes de los que la mitad están en hebraico. En una mesa los diarios principales de Buenos Aires y Paraná y los órganos judíos; colgados de la pared los retratos de los esposos Hirsch, del doctor Yarcho y del doctor Hetzl.

– Señorita, ¿quién fue este doctor Yarcho?

– ¿Zañor?…¿El doctor Yarcho? Una filántropo… Médico muy “caritatoza”de los premeros que vinieron acá …. Curar toda enferma casi sin plata… No cobrar nada… ¡Muy “bandadosa”!…

– ¿Y cómo funciona la biblioteca esta?… Usted es la bibliotecaria, ¿verdad?

– Paga doz pesos deposito, ¿no?… y cincuenta zentavos mensuales, ¿no? Y antonze recibe usted el libro que quieres, siempre que no se encuentre atrasada, ¿no?

– …si…¿Y quién fundó la biblioteca?

– El señor Braslavki. ¿Usted no lo conoce?

– No, señorita; no tengo el gusto…

– Ah, ah…

– ¿Quiere decirme donde está la sinagoga?

– Dos cuadras de acá sobre la misma varedas…

Ese edificio grandote … Esa mismo.

– Otra cosa y me voy: ¿Cuáles son los libros más leídos por los socios?

– Mira, señor… Pasa una cosa extraña, ¿no?… Las navelas que léo yo quieren leer toda la mochacha… Aburridora, lo que sea… Lée yo, léa ellas tambíen. ¿Y para qué preguntas usted eso, señor?

– Nada…soy de CARAS Y CARETAS…

– Ay…No me vayas a sacar la retrato, ¿no? No quiere… Vas a poner en caricatura…No quiere, no quiere…

– Faltaría más…

– No, no, no… ¿No quiere, sabes?… Mira que me inojos.

Basavilbaso es un pueblo de mujeres lindas y hombres feos.

Estaba sacando fotografía de la sinagoga, cuando mi vió el dueño del Hotel Italia en que he ido a parar, y:

 

– ¡Qúe tal!…¿Qué hace?… ¿Sacando vistas?

– Ya lo ve…

– Véngase por acá, que le voy a presentar un paisano que está de luto…

Me acerqué al joven, un hijo de colonos rusos, muy despierto, que me estrechó la mano con energía. Estaba por dirigirle la frase acostumbrada:

 

– ¡Le acompaño en su sentimiento!…cuando el hotelero me hizo notar que el muchacho tenía el chaleco roto, debajo del segundo botón:

– ¿Sabe usted lo que quiere decir eso?

– No sé…

– Pues, precisamente que ha habido un fallesimiento reciente en la familia: ¿Verdad?

– Sí, señor, – agregó el muchacho – Cuando muere uno de los nuestros, en lugar de llevar el crespón negro al brazo derecho, nos desgarramos el chaleco…

– Y no se pueden sentar nada más que en el suelo, es cierto?

– Es cierto, señor… Nos sentamos en el suelo: por ocho días, en lugar de sillas o bancos nos servimos del suelo limpio no más, y vamos sin botines. Esto a más de las ceremonias religiosas, que se hacen en casa todos los días, entre parientes y amigos…

 

 

No es posible darse una idea del punto a que ha llegado la especalación edilicia en Basavilbaso. Se verifica allí un fenómeno que podría parecer imposible, si desgraciadamente los hechos no fueran demasiado elocuentes. He dicho ya, que, afuera de dos, no hay casas que merezcan tal nombre. Son en mayoría cuatro ladrillos amontonados hasta una altura de tres o cuatro metros, completados por unas chapas de cinc.

Piecitas de tres por dos, donde viven familias de cinco, seis y siete personas en una promiscuidad lamentable; casas de ocho o diez piezas, que rinden alquileres fabulosos.

Y no hablo porque alguien me haya suministrado datos; yo mismo he ido de puerta en puerta, en las casas de familia y en las de negocio, preguntando uno por uno a los moradores lo que pagaban de alquiler, y las contestaciones fueron todas como para quedarse admirados:

 

– Treinta pesos… Veinte y cinco pesos … Cuarenta pesos…

Una habitación como una caja de fósforos… ¡quince pesos!… Es lo menos que se pueda pagar en Basavilbaso. Y las casas de negocios, que pagan cuarenta y cincuenta pesos, no pasan de lo que en otras parte sería una salita común. Y allí los dueños comercian, comen y duermen.

Hay… edificios, llamémoslos así, que costaron al dueño 3.000 pesos con terreno y todo, y rinden al felíz propietario la friolera de 140 pesos mensuales.

El dueño de unas cuantas casitas de éstas, una al lado de la otra, se saca 500 pesos mensuales, habíendole costado a él todo, terreno y material, 5.000 nacionales, ¡digo 5.000!… es decir, que cada año recura el importe del capital empleado, con creces.

En otro términos tenemos el conventillo, la casa de inquilinato transplantada en pleno campo… Familias que viven encajonadas, habiendo al rededor de ellas leguas y leguas de tierra.

Y se explica.

La Jewish Colonization Association no vende los lotes que forman el pueblo sino a judíos, y si rarísimas veces se resuelve a vender a otros, lo hace despúes de poner trabas de todas clases, que suelen cansar al que tenga intenciones de éstas, tanto que prefiere desistir de su propósito. Los que han tenido y tienen dinero disponible para comprar lotes en Basavilbaso hacen su agosto.

Basavilbaso cuenta unas 2.000 a 2.500 almas, diversas escuelitas hebráicas, una escuela provincial, a la concurren unos 300 alumnos y que está dirigida por que el señor Carlos Troncoso. La colonia se compone de 43.000 hectáreas, unas 17 leguas más o menos, en las que se hallan instaladas 230 familias judías, que viven todas en sus propias chacras. Cada chacra es de 250 hectáreas término medio, y mide 3.000 metros de largo por 500 de ancho, con su casa colocada en el medio de la chacra.

Casi todos los colonos pertenecen a las provincias de Chersán, Besarabia, Kief, Poltava, y para llegar a recibir el título de sus tierras, deben vivir 20 años en el terreno que han adquirido. Aunque llegaran a pagarlo mucho antes de esta época, el título de propiedad no le es entregado si no cumplen la condición de permanener en él el tiempo establecido.

Esta medida, sin duda, ha sido muy acertada, y el barón Hirsch al exigirla como condición -sine qua non- para la entrega del título, quiso despertar en las familias israelitas el apego a la tierra, el amor al suelo que cultivan y produce, y apagar en cierto grado el espiritu comercial tan poderoso en los semitas, y que los habría impulsado bien pronto a establecer casas de negocio.

Ni almacenes, ni despachos de ninguna clase son tolerados en la campaña, y esta es la razón por la que los colonos se vienen al pueblo a cada momento, para comprar cualquier cosita insignificante, y Basavilbaso presenta siempre aspecto animado y está siempre lleno de carros y carruajes de toda especie.

Y los colonos llegan a decenas todas las horas del día, charlan, discuten, mascan cantidades fabulosas de semilla de mirasol y aprovechan para ir a verlo al médico por cualquier insignificancia.

Le tienen un miedo bárbaro a la muerte y… se curan en salud haciendo un consumo increíble de tónicos y especialmente de aceite de bacalao. Por lo que se refiere a salud no ahorran nada y no es raro el caso de que se tranladen a Buenos Aires y consulten a los mejores facultativos de allá, sin reparar en gastos.

Sin embargo tienen un Hospital, una especie de Hospital, donde vienen a ocupar una cama; pero tienen que traer consigo la persona que los cuide, pues allí no hay ni enfermeros, ni cocina, ni remedios. Nadie más que el médico, pagado por la Jewish, el doctor Debenedetti, que los atiende.

Como tuve ocación de decir más arriba, suelen hacerse visitar por los más afamados facultativos, pero en los casos corrientes se limitan a consultas casi gratuitas, pues pertenecen a una sociedad, en la que pagan tres pesos mensuales, con derecho a médicos y medicinas.

Por otra parte, generalmente sus enfermedades se reducen al mal de estómago, debido al género de alimentación y al abuso del pescado seco, sábalo especialemente, y picantes fortícimos. En los colonos se va desarrollando el tracoma.

Las costumbres y el modo de ser de esta colectividad, por cuanto pueda parecernos extraña y rara, está completamente justificada y se explica: y la nueva generación, si bien por respeto a los viejos mantiene en apariencia los ritos y las tradiciones seculares, se ha acriollado notablemente y muy pronto, atenuados los defectos, brillarán en toda su fuerza las cualidades excelentes de la raza, que no son pocas.

Bastarán unos datos para apreciarlas.

El Banco de La Nación Argentina, que abrió aquí una simple agencia, bien pronto se vió obligado a elevarla a sucursal en vista de los resultados obtenidos, pues no solamente trabaja en una forma increíble, sino que no ha tenido nunca ocación de protestar un efecto cambiario por falta de cumplimiento.

Con decir que en Basavilbaso, sede de una sucursal de Banco, no hay escribano público, está dicho todo. Yno hace falta, pues no hay protestos.

Hubo días en que el Banco tuvo que habilitar horas para atender a los clientes, que venían a retirar documentos y hacían cola delante de la entrada del edificio.

La rectitud en las transacciones está totalmente hecha carne entre ellos, pues el que deje de cumplirlas está perdido y es mejor que se traslade a otra parte. El que no pague puntualmente su abastecedor, el que se olvide del alquiler, es hombre al índice. No encontrará un perro que le suministre siquiera un vaso de agua.

Su modo de vivir es por cierto muy diferente del nuestro, ignoran lo que son higiene y confort, ¿pero acaso es de ellos la culpa?…

No se puede emitir un juicio sobre un ambiente, cualquiera que sea, sin tener en cuenta los factores que han contribuído a formarlo. Y estos pobres y perseguidos judíos, que en su país de origen han sido víctimas de las más infames vejaciones, que ni siquiera eran considerados hombres, que estaban relegados en los barrios más infectos, no es extraño que no se hallen preparados a un ambiente de libertad y de bienestar, que nunca habían soñado.

Pero quieren sobresalir, lo quieren intensamente con la tenacidad característica de su raza; aprecian en todo su valor la moneda y no sueñan otra cosa: saben vivir con pocos centavos en la paciente espera de los miles de pesos y no se les importa de lo que digan, del sarcasmo, de las chanzas, de nada: ¡venga plata!

Tienen ejemplos a montones de que la plata crea virginidades morales, convierte los burros en celebridades, y, sin haberlo oído, saben de memoria aquello del faust:

 

“Dio del or,

sei del mondo signor!”

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