A la intemperie

Por Marina Dragonetti (@misantapeluca)

Mientras que los asentamientos y villas aumentan en tamaño y cantidad, todo el entramado de precariedad, violencia, pobreza y marginalidad se expande. Dos historias de inseguridad.

 

Domingo a las tres de tarde. Dos pibes se suben a un colectivo cerca de Puerta de Hierro. Están pasados y violentos. Hay mujeres con chicos en brazos, pero a ellos parece no importarle. Roban plata, celulares y zapatillas. Todos están muy nerviosos, nadie quiere hacer el más mínimo movimiento por miedo a cómo puedan reaccionar los pibes. Algunos lloran, una mujer se desmaya, el colectivero sufre una crisis nerviosa. Todo transcurre en minutos que parecen eternos y las treinta cuadras que recorre el vehículo dan tiempo suficiente para afanar a todos los presentes, ingresar a la villa y bajarse con un motín apreciable.

 

 

Esta escena podría transcurrir en cualquier lugar del conurbano, pero en este caso, La Matanza es el escenario y Osvaldo Bulacio su protagonista: “Uno sabe como empezó, pero no tenés idea a dónde va a terminar”, concluye su relato sobre el episodio. Esta es solo una de las tantas manifestaciones de la inseguridad, pero lamentablemente, la más visible para muchos.

 

 

Como todos los vecinos de San José, Osvaldo vive diariamente las consecuencias de un barrio de clase baja con calles de tierra, sin agua potable, cloacas o cualquier servicio básico, con excepción del teléfono y el cable de televisión.

 

 

En ese aislado paraje de Isidro Casanova conviven alrededor de 7000 personas en una situación que, en muchos casos, linda la marginalidad. “Yo siempre he sido un obrero industrial, por tener más de 40 años, una vez que perdiste tu trabajo, no podés volver a insertarte en un trabajo que te garantice lo elemental”, comenta Osvaldo, mientras advierte que su historia se replica en muchos vecinos que, como él, sobreviven de las changas y otros trabajos en negro. Con condiciones de vida en creciente deterioro, a la generaciones más jóvenes les resulta cada vez más difícil procurarse un futuro: “los chicos son discriminados para tener trabajo, tenés una pinta no agradable y no conseguís. Nuestros chicos no llegan a estudios secundarios o terciarios. Hay cada vez más chicos en las esquinas, los hijos de tus vecinos, los que viste crecer son los que aparecen en una esquina y te afanan”

 

 

Para un adolescente y para los padres de ese adolescente, la vida en el conurbano no se sobrelleva con facilidad y Osvaldo no necesita que se la cuenten, él lo sabe. Su hijo menor es adicto al paco desde hace varios años, y todos los intentos de la familia para rescatarlo fracasaron: “Esto tiene un principio, pero no tiene fin. Yo puedo educar a mi hijo lo mejor posible, pero cuando él pone sus patitas en la calle se encuentra con la droga, la violencia, la prostitución, la falta de trabajo. No se pudo avanzar con él porque hay algo que les impide avanzar: los chicos pobres no pueden tener acceso a un programa de rehabilitación o a un tratamiento, entonces hay un montón de pibes que quedan afuera”

 

 

El “afuera”: un mercado de trabajo, un sistema educativo, la posibilidad de acceso a derechos básicos. Y el “adentro”: un entramado de delincuencia, drogadicción, violencia y connivencia policial.

 

 

“No es fácil criar a los hijos acá. Hoy justamente, mi hijo que tiene 15 años, me pidió que se quiere ir a la casa de la abuela, que vive en un departamento, porque sentía que los amiguitos que tenía lo estaban forzando para ir al otro lado” comenta Diosnel Pérez.

 

 

Al igual que La Matanza, Villa 20 es terreno hostil para vivir y transitar: “el barrio empezó cuando vino la democracia, yo entré cuando éramos 50 familias, en este momento son 40 mil habitantes”, recuerda Diosnel que vive desde hace 27 años en un lugar que antes era “inhabitable”. Montañas de escombros y matorrales cubrían un predio que, a lo largo de los años, se fue mejorando con el esfuerzo de los vecinos pero que, sin embargo, aún no llegó a cubrir todas las necesidades básicas: “siempre nos sentimos abandonados por el Estado, este barrio está así por nosotros”. Una de ellas, los recurrentes problemas de salud por efecto de condiciones insuficientes de salubridad.

 

 

Diosnel, junto con otras cientos de personas, tomó parte durante la toma del Parque Indoamericano y actualmente se encuentra procesado, pero aclara con orgullo que “no fue por robar, fue por pedir una vivienda digna (porque) nosotros queremos salir de la miseria”. Vivir en la villa implica para Diosnel, ser blanco de la criminalización, del abandono y la discriminación por portación de cara. Para él, la militarización de los barrios, con la consiguiente presencia de fuerzas de seguridad significa más un control hacia los vecinos que una medida a su favor: “Acá la seguridad no es la policía. Hay gente que no hace la denuncia porque saben que nunca se lleva adelante ninguna denuncia que se haga desde la villa. Yo creo que con la gendarmería no nos están dando seguridad, nos están controlando porque ellos creen que somos todos delincuentes. Ellos son los mismos que llevan a los chicos de los barrios de emergencia. Los que sufrimos la inseguridad somos nosotros”

 

 

La desconfianza en la policía parece un sentimiento generalizado. Osvaldo recuerda que varios vecinos del barrio llamaron a la policía para denunciar la venta de drogas en un esquina cercana a su casa. El patrullero local montó escenográficamente un operativo de control que demostró, más que otra cosa, cómo la zona estaba liberada para que los delincuentes pudieran continuar con su actividad sin problemas. “En todos lados se vende, en todos lados se consume droga. El otro día fui a comprar cigarrillos al kiosko, había un pibe de trece años adelante mío y le pide al kioskero dos papelitos ¿para qué van a ser?, y el kioskero se los vendió. Frente a esa situación no se pueden hacer grandes cosas sin recursos. La abundancia de oferta hace que sea una batalla durísima y casi imposible de ganar”

 

 

Y es una batalla que va en aumento cuanti y cualitativo. A la pobreza y marginalidad palpables, se agregan otros datos de contundencia: en los últimos cinco años, se formaron 90 nuevos asentamientos en el conurbano bonaerense, y solo en el distrito de La Matanza existen 156 villas, según un relevamiento de la organización Un Techo para mi país. Más del 80% no tiene acceso a la red cloacal, ni a una red de gas, y un porcentaje significativo sufre los efectos de las inundaciones (35%) y los basurales (21,9%). Así, el mismo estudio muestra que más de 500 mil familias conviven a diario con la falta de recursos, la indigencia, y un nivel de precariedad lacerante.

 

 

 

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Comments

  1. daniela says:

    El conurbano bonaerense es el lugar más discriminado. Hospitales, escuelas, en condiciones deplorables que existen sólo para que alguien pueda decir que existen pero no porque prestan un servicio. Los más vulnerables somos los que diariamente transitamos las calles, lo hacemos con miedo a ser agredidos, robados, violados. sabemos que si tenemos un accidente no tenemos ambulancias o emergencias. en la zona de ituzaingó, castelar, merlo, etc sólo existe el htal posadas y no son un secreto sus condiciones. los patrulleros cirulan las calles pero en realidad están para la tv.
    doy el ejemplo de ituzaingó, el intendente va a ser reelecto y está allí hace casi 20 años.