“¿Por qué llamamos desorden a los prostíbulos?”

Reportaje realizado a Eugenio Zaffaroni durante el final de la dictadura ´76 – ´84 publicada en la revista “El Porteño”.

 

Se me pregunta por el “desorden democrático”. La pregunta está vinculada, seguramente, a algo que es bastante frecuente oír en los últimos tiempos por parte de algunas personas de clase media que, con una expresión escéptica, ante la actual perspectiva democrática exclaman: “No te imaginás el desorden que se va a armar”. La palabra “desorden” no suele ser exactamente la que emplean, sino otra, que es la forma popular de designar el prostíbulo. En realidad, nunca supe por qué los porteños designan al prostibulo con la palabra brasileña que designa los lugares donde se concentraban los sublevados que huian de la esclavitud. Creo que es una cuestión que merece ser analizada por los psicólogos. Pero, volviendo a la pregunta, la observación que la motiva siempre me causa una cierta molestia dificil de ocultar, porque encierra en forma ultra-sintética toda la confusión conceptual de un manejo ideológico autoritario, por no decir totalitario, y todo el temor a la libertad, a tener que elegir y a ser responsable de la elección, que afecta a un sector de la población de esta ciudad.

 

Todos sabemos que por “desorden” -o la palabra a la que me refería antes- puede entenderse la explosión de una violencia terrorista. Esto es verdad, y tan verdad es, que los extremismos, prácticamente en todas su manifestaciones terroristas, tienen por objeto desestabilizar a las democracias. Es casi natural que aquí también lo intenten, porque no debemos considerarnos ninguna excepción. Podemos mirarnos en el ejemplo de Italia o de España y lo veremos bien claro. Cuando los antidemocráticos no tienen cómo combatir a la democracia, a la gran mayoría del pueblo que quiere vivir en libertad, entonces apelan al terrorismo. La democracia debe saberlo y debe saber cómo defenderse y, sobre todo, debe saber que sólo ella puede defenderse, porque si no se defiende sola no la defenderá nadie. En la medida en que se defienda será factor de “orden”, porque dejará bien claro que el Estado es éticamente superior al criminal terrorista y que el Estado no es terrorista y que no se trata de una competencia de fuerzas, como pretende el terrorismo, sino de confrontar un orden moralmente superior -que no deja de reconocer el carácter de persona ni siquiera a sus enemigos más crueles- y una actividad criminal. Un juez que, bajo amenaza de muerte para él y su familia, otorga garantías al terrorista y le juzga con la severidad del caso, pero con imparcialidad, es el único representante de ese orden moralmente superior que puede eliminar de raíz esta forma de criminalidad organizada.

 

Por supuesto que la democracia no debe ser ingenua, sino defenderse apelando a los medios técnicos necesarios para encarar cualquier fenómeno de criminalidad organizada, que no son los mismos que se emplean para enfrentar las formas tradicionales de criminalidad.

 

La criminalidad organizada dispone de toda una tecnología que sólo puede prevenirse mediante un mayor nivel tecnológico en la investigación. Esa es una de las cuestiones que encierra la mentada preguntita o expresión. Pero hay otra, que aparece confundida con ella. Esta se refiere a una falsa sensación de seguridad frente a formas tradicionales de criminalidad. Sabemos que en cualquier capital del mundo corremos el riesgo de que nos arrebaten el reloj o la carterita o el sobre de mano. Esto no llama mucho la atención, aunque parece ser un mérito que aquí no pase en ciertas zonas, particularmente en las que frecuenta nuestra clase media los días de semana (digo esto porque no puede afirmarse lo mismo respecto de las que frecuenta los fines de semana, donde suelen ver desvalijadas sus casas de “week end”), lo que debe hacerle reflexionar acerca de ese “orden” por el que teme.

 

Pues bien, es posible que en la medida en que las facultades de los órganos de control del poder ejecutivo vuelvan a sus límites constitucionales y tolerables en una democracia, en cierta medida nos pase aquí lo mismo que en casi todo el mundo civilizado. Sinceramente, no veo en ello un gran problema, al menos desde mi modesto punto de vista: me parece absurdo que a cambio de la relativa certeza acerca de que en ciertas zonas de la ciudad nadie me “manoteará” el reloj, deba pagar el precio de quedarme 24 horas o todo un fin de semana en una comisaria “en averiguación de antecedentes”, o de que se pueda clausurar cualquier local porque no le gusta a un censor de la moralidad pública o que se pueda interrumpir cualquier espectáculo y, lo que es peor, de que la policía de seguridad sea destinada a infundir miedo al público, cuando debe erigirse en custodia del público.

 

Es bien claro que si todos estuviésemos presos y el país fuese una cárcel no habría delitos, pero no creo que nadie quiera vivir así. La seguridad absoluta no existe, y la libertad absoluta tampoco. La cuestión es obtener el mayor grado de seguridad con el menor sacrificio de libertad.

 

Y aquí viene la tercera cuestión que confunde la pregunta y la expresión de referencia y que, en definitiva, se vincula con la palabrita que en Brasil significa el afincamiento de la huida de la esclavitud y aquí quiere significar algo corrupto, prostituido, desordenado: aquí me pregunto si esa expresión no está encerrando el miedo y la incapacidad de convivir democráticamente. Porque convivir democráticamente implica varias cosas, pero, ante todo, una gran responsabilidad: la de tener que jugarse, que elegir, que dar opinión, que participar, que enfrentar la violencia, que respetar al prójimo, que aguantarse que mucha gente -o poca, no importa- haga cosas que a uno no le gustan, que nadie pueda actuar irracionalmente, sino que otra tenga derecho a pedirle cuentas de lo que hace o quiere hacer, que la orden seca debe cambiarse por la persuasión y, sobre todo, que el otro, el que tenemos enfrente nuestro, deba ser considerado en todo momento una persona, con derecho a elegir, tan legítimo como el mío, aunque se vista de arlequín, de traje negro con cuello y corbata o se haya trasvestido.

 

En realidad, lo que me incomoda de la expresión es que en buena parte éste sea su contenido: la resistencia a asumir la responsabilidad de respetar al “otro”, que no es nada sencilla, y que va acompañada de otra no menos difícil, que es la de exigir el propio respeto por parte del otro. En definitiva es esta tercera cuestión, la que resume las tres: para quien tiene miedo a la empresa de convivir co-existiendo, el espacio democrático es algo que se debe denigrar como corrupto, como sucio, como cualquier cosa indeseable, porque es peligroso, porque obliga a asumir la propia identidad.

 

-¿No será demasiado sencilla su respuesta?

-Parece sencilla, porque la digo en estas palabras, pero no lo es. No hago más que sintetizar simplificadamente, en lenguaje llano, lo que la Humanidad ha tardado demasiados años y siglos en construir: el concepto de persona -de cuño cristiano-, la distinción entre pecado y delito, las consecuencias de reconocer la autonomía de la conciencia en el plano político, en fin, toda una historia del pensamiento por la cual se atraviesan muchos senderos convergentes y muchos descaminos, y, en el fondo, es todo eso lo que me parece pisoteado con la expresión que motiva la pregunta y que me irrita, por no decir que me da mucha “bronca” porque ningún mediocre hedonista tiene el derecho a ironizar los esfuerzos del hombre en la historia para lograr su reconocimiento como persona, porque está ironizando sobre millones de muertos y refugiándose en su resistencia a elegir, con la cual ya habrá elegido su destino más trágico: el de sumarse irremisiblemente a los millones de víctimas.

 

-¿Y en cuanto al temor de algunos que ven a la democracia como una posible difusión de la inmoralidad?

-Supongo que el temor se referirá a la inmoralidad privada porque, respecto de la pública, es evidente que el control público servirá para reducirla. En cuanto a la privada, no me cabe duda que permitirá una mayor posibilidad de conductas que muchos consideran inmorales o algo así.

No me alarma en lo más mínimo, porque es lo normal en una sociedad pluralista y en un Estado de derecho, en que debe reconocerse que la moral privada es una cuestión estrictamente personal, tal cual dice el art. 19 de nuestra Constitución, y que ir a ver un filme pornográfico es una decisión que pertenece al ámbito de la conciencia individual. Precisamente, si elegir no ver el filme pornográfico es un mérito moral, ese mérito lo tendré cuando elijo no ir, pero no lo tendré cuando no voy porque no puedo, porque no hay ningún mérito moral en no hacer lo que no se puede hacer.

 

Una frase de uno de los más grandes juristas de nuestro siglo, Gustavo Radbruch, sintetiza el concepto: “El derecho es moral, justamente porque es la posibilidad de lo inmoral”.

 

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Comments

  1. daniel osvaldo says:

    Eugenio Zafaroni demuestra tener una inteligencia asombrosa, ya que esta nota podría aplicarse perfectamente a cierto comentarios de ciudadanos retrógrados de la actualidad que dicen por ejemplo: 2POR FIN VIENE LA VEDA ELECTORAL ASÍ NO TENEMOS QUE AGUANTAR MÁS A ESTOS POLITICOS ” !!!!!