Siria: Manifestaciones de Guerrillla en el centro de Damasco

Plazademayo.com publica esta crónica exclusiva de un colaborador que describe la situación política en Damasco. Por cuestiones de seguridad, reservamos su identidad.

 

 

 

 

Maher y Nadia, dos jóvenes activistas de Damasco, fuman en un café vacío de la capital de Siria. Ambos, (no pueden mencionar su verdadero nombre) constantemente miran a su alrededor y hablan en voz baja.

 

“Uno debe siempre asumir que alguien está escuchando”, explica después Maher. De la televisión viene el sonido del canal estatal sirio: “Grupos armados atacan a civiles para sembrar caos.” Maher, sacude su cabeza enfurecido.

 

Antes de que comenzaran las protestas Al-Jazeera era el canal sintonizado en ese mismo televisor, hasta que comenzó a mostrar las atrocidades cometidas por el régimen: “Todo el mundo debe fingir una preferencia por las mentiras del régimen”, suspira Nadia.

 

Los dos están convencidos de que la lucha contra “grupos armados” (denominados así en la ciudad de Jisr Al-Shoeghoer por los medios de comunicación estatales) es en realidad una batalla contra desertores.

 

Con un poco más de veinte años, ambos estudiantes de Derecho organizan protestas en Damasco, la capital de Siria, contra el régimen de Bashar Al-Assad. Junto a un grupo de veinte jóvenes activistas, se reúnen en el centro de la ciudad para desplegar carteles con leyendas en contra del régimen y gritar diez veces “¡hurría!” (libertad). Después se separan antes de que las fuerzas de seguridad lleguen.

 

En los suburbios de Damasco, las protestas masivas se realizan todas las semanas, esta frecuencia significaría un suicidio masivo en el centro de la ciudad.

 

Hay tres buses estacionados frente a una comisaría. En cada uno, alrededor de treinta hombres miran aburridos hacia afuera mientras sostienen una imagen de Bashar en sus manos. “Siempre que hay una manifestación pro-democracia, estos muchachos son enviados como testigos “espontáneos” de su líder”, comenta Nadia.

 

Detrás de la misma comisaría, un amigo activista de Maher, fue arrestado hace poco. Fue torturado en la cárcel y durante once días compartió con setenta hombres, una celda de menos de treinta metros cuadrados. Sin embargo, Maher está seguro de que su amigo lo acompañará en la próxima manifestación.

 

En el relativo resguardo de su casa, ambos activistas apagan sus celulares por protección. Me cuentan sobre los hombres de campera de cuero negra que aparecen en todas las esquinas para que ver qué pasa, sobre los soldados que se niegan a disparar a los civiles y  son ejecutados en ese mismo instante.

 

Los viernes, -el día tradicional de protestas de las revoluciones árabes- el servicio de Internet es clausurado, como consecuencia de su rechazo a la intervención extranjera, como sucedió en Libia.

 

La próxima manifestación se realizará en una hora. Las calles que cotidianamente son bulliciosas, están vacías. En la prestigiosa mezquita de Omayad Mosque, donde se realizó una de las primeras protestas, apenas hay algunos hombres rezando. Un comerciante de la calle donde se venden especias se queja por la falta de clientes.

 

“Esto significa que la situación no llevará mucho tiempo”, predice Nadia mientras caminamos, “si ni siquiera los comerciantes sacan ganancia de este status quo, está todo terminado para los sinvergüenzas”. Maher no está de acuerdo: “El régimen busca que los diferentes grupos sociales se enfrenten entre sí y,si tienen éxito, la democracia va a tardar mucho en venir”.

 

Llega el momento de la protesta. Bajo la sombra de una nueva cartelera de la cual sobresale la mirada severa del presidente vigilando las calles, Maher saca un pedazo de papel del bolsillo de su pantalón. En el papel está escrito “¡Bashar, andate!. Nadia frunce el seño arrugando sus cejas moldeadas y suspira nerviosa. Me piden que retroceda.

 

“Nos vemos mañana”, les digo. Pero Nadia me corrige “No sé cuándo nos volvemos a ver. Que estés bien.”

 

 

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