Ya no hay tigres en el monte

Por Gabriel Levinas

La perseverancia de Félix Díaz, logró restituir a los Qom su dignidad.

 

Con la voz pausada, con palabras cargadas de consonantes y vocales secas Juan Pérez, un curtido anciano que no aparenta tener un siglo de vida, cuenta en su idioma quién era considerado cacique en otros tiempos, cuando el blanco era claramente un extraño, cuando la caza era la que ordenaba la vida de los Qom.

El más hábil, el más “gvapo”, el que era capaz de matar al tigre, naturalmente era el líder. El tigre en el norte es lo que los porteños conocemos como yaguareté. Cazar al animal más feroz y temido del monte, era símbolo de fuerza. Y el más fuerte era quien mejor podía proteger a su comunidad.

En Formosa ya no quedan tigres, y los cazadores hace tiempo fueron obligados a cambiar su modo de vida, terminaron necesitando un plastiquito incomprensible y llegar hasta el banco para poder cambiar algún billete por yerba, harina y grasa.

Desde hace mucho, el hábil cazador quedó relegado de toda su cultura y los lenguaraces, los que mayor vocación de puntero obsecuente tienen, son quienes en estos tiempos tienen más chance de ser caciques. Ninguno de ellos resistiría la mirada de un tigre.

La mañana fresca cubierta de nubes amenazantes, contrastaba con cierto alegre fervor en las inmediaciones de la casa de Félix. Cerca de una decena de carpas en los alrededores atestiguaban la presencia de visitas mayormente de Buenos Aires. Casi todos los que en su momento participaron del acampe en la 9 de Julio, hippies incluidos, estaban allí. Nora Cortiñas nos acompañó a buscar a Juan Pérez. El camino estaba lleno de barro y teníamos miedo de quedarnos varados. Cuando Juan Pérez se sentó en el coche, Nora de 81 años de edad, se reía diciendo que le encantaba estar con un anciano. Antes de llegar a la escuela 308, pudimos observar estacionadas varias decenas de camionetas 4×4, algo inusual en La Primavera. Un grupo de punteros políticos, apoyados en una Toyota blanca, dirigían su despreciativa mirada hacia la escuela.

Una vez adentro, vimos las mesas destinadas al comicio y largas filas de mujeres con sus niños, ancianos y jóvenes esperando su turno para votar. En el medio del patio, custodiado por dos hombres de campera negra, estaba Cristino Sanabria, luciendo orgulloso el sombrero regalado por Gildo Insfrán.

Algunos pequeños incidentes fueron rápidamente resueltos por los veedores y los intentos de trampear casi siempre eran detectados por una abogada de nombre Patricia que representaba los intereses de los Qom. Promediando la tarde, antes de cerrarse las elecciones, muchos de los punteros, policías de civil y demás personajes del aparato de Insfrán fueron abandonando el lugar, como si su experiencia en estas lides les indicaba que el resultado no iba a ser el esperado. A las cuatro en punto fuimos desalojados para iniciar el escrutinio. Nora Cortiñas, que se encontraba en la otra escuela, tal como lo había anticipado, volvía agarrada de las urnas para evitar las trampas. Escoltada por la Gendarmería, llegó a la escuela donde se iban a contar los votos. La noche cayó rápidamente sobre La Primavera y la mayoría de quienes habían votado, con el agregado de muchos de los que lo habían hecho en la escuela a varios kilómetros de allí, estaban parados bajo el frío esperando el resultado final. Las cámaras de televisión estaban en la reja, junto al resto de los periodistas, atentos a cada movimiento en el interior de la escuela. Una llamada desde adentro al teléfono de la antropóloga, anticipó el resultado: 610 contra 369 votos. “No alcanzaron los colchones, ganó Félix”, fue el grito que inició los festejos. Un rato después, un funcionario del Ministerio del Interior se acercó a la reja para dar los resultados oficiales. Inmediatamente, todos quienes estaban esperando afuera, caminaron unos 250 metros y se dirigieron a la casa donde estaba Félix Díaz esperando el resultado. Abrazos, llantos, daban cuenta de la trabajosa lucha que lleva a La Primavera a liderar a los pueblos originarios de la Argentina en su conjunto, lucha que recién comienza.

Félix Díaz y los suyos lograron despertar al viejo cazador capaz de vencer al tigre y resistir el fuego de su mirada. Los ancianos y ancianas de la Primavera, después de un siglo de humillaciones y vejaciones pudieron presenciar al final de sus vidas, la recuperación de su dignidad. Gildo Insfrán, con todas sus artimañas y estrategias prebendistas, demostró ser sólo un tigre de papel.

 

Comments

  1. @Seleccione says:

    Recuerdo que de joven un viejo me decía que hasta Perón la pulseada política era entre conservadores y radicales, y que después de él fue entre radicales y peronistas, dándome a entender a dónde habían ido a parar aquellos señores feudales.
    Como fuera, mucho joven porteño “nac and pop” y “rebelde way” sigue convencido de una revolución cuya limitación al poster del Che le sería evidente con recorrir el país del modo en que otros lo hemos hecho. Dicho de un exstalinista que también un día debió abrir los ojos ante todo lo que había defendido.

    • raul says:

      los señores feudales estan a la vista, la gran mayoria sigue en el peronismo. habitan en el norte del pais y en el conourbano
      por suerte, son una raza en extincion

  2. Martina says:

    digo lo que dije en tuiter. A veces basta con permitir que los mecanismos de la democracia funcionen. Cuando esto ocurre así, sin rimbombancias pero sin ninguna trampa, aparece como por arte de magia, como en un susurro sostenido e inapelable, la voz de la gente. La mucha o la poca, la pobre o la rica, la culta o la ignorante. Y así, sólo contando los votos, gana el que tiene que ganar, el que merece ganar, la mayoría de las veces, otras veces no, pero esta vez sí, ganó Felix. Mi largo abrazo para él, para Amanda y para los demás hermanos.
    Martina